Compartimos el primer capítulo de Partitura para mujer muerta, una novela del escritor mexicano Vicente Alfonso editada por Random House Mondadori. “Vicente Alfonso aborda un tema recurrente de la música clásica -el sacrificio de las doncellas- y lo narra con sangre en el México contemporáneo”, escribió Juan Villoro.

Ciudad de México

Agosto 20, 2004

«La verdad perfecta es una duda». La frase flota en la cabeza de Álvaro envuelta en el humo de la mariguana. Afuera el cielo sumerge a la ciudad en una luz grisácea que no alcanza a iluminar todo el taller. Mientras fuma, Álvaro pasea por el local, hojea el periódico, busca el anuncio y vuelve a leerlo. Al fondo, como reses abiertas en canal, cuelga una hilera de guitarras. En la mesa hay latas con solventes, barnices cuyo olor se mezcla con el humo de la hierba. Da otra calada al cigarro, lo deja sobre un trozo de lámina mientras retiene el humo en los pulmones. Más de nueve años sin ir a un concierto. Demasiado. Nueve años sin saber qué hizo Laura después de estar con él por última vez.

Toma una broca, observa el borde, repasa el contorno con el índice y la deja junto a las otras herramientas. Sus dedos van otra vez al cigarro, sus ojos van del desarmador a la gubia, al botador, se detienen en un formón gastado: quizá tenga filo suficiente. Apaga la brasa y guarda la colilla. Luego empuña el formón, y lo mete en el bolsillo de la chamarra. Su mano tiembla.

Casi ha oscurecido cuando sale. Avanza con un andar impuesto por la cojera, esa cojera a la que no se acostumbra después de tanto tiempo y que ahora le dificulta el tránsito por una zona abarrotada de vendedores. Calles ruidosas, llenas de gente. Baratijas, comida, películas. Mientras camina trata de imaginar que ya está frente a Perla: debe mostrarse tranquilo, dominar los nervios, impedir que lo traicione la ansiedad. Lo importante por ahora es enterarse de la parte de la historia que nadie le ha contado.

Llega al Palacio de Bellas Artes, hay fila para entrar. Se forma tras una anciana que se apoya en un bastón: respira con dificultad, abre y cierra la boca. Al llegar a la entrada ve los arcos detectores de metal. Carajo, no había pensado en eso, ya no le queda tiempo para esconder el formón. ¿Qué hacer, salirse de la fila? Mete la mano al bolsillo, aferra la herramienta y aprieta los dientes. Imagina que los guardias se acercan, le cierran el paso, lo interrogan y lo registran. Pero el detector no suena y él está ahora dentro del palacio. La gente avanza, empuja; él apenas reacciona. Por dentro el teatro le parece enorme, un mausoleo de mármol y granito. Deja atrás a la vieja del bastón y sube por la escalinata. Sus ojos topan con el programa que le ofrece una muchacha y al querer recibirlo se da cuenta de que su mano derecha sigue dentro del bolsillo, aferrada al formón. El sudor se acumula entre sus dedos. Cuando recibe el programa crecen el temblor en su pulso, el vacío en su estómago, el miedo que empuja y paraliza al mismo tiempo.

Entra en la sala principal, se sienta en la octava fila. Lee en el tríptico la semblanza de Perla, repasa sus rasgos en una foto en blanco y negro: lo ataca otra vez esa desagradable sensación. Perla, cómo es posible. Mira a su alrededor: quedan sólo unos lugares al fondo de la sala. Entre la gente sentada en la primera fila reconoce a un hombre alto y calvo: Carlos Prieto, el violonchelista. Entonces debe ser cierto lo que decía el periódico, Perla es ahora alumna de Prieto. Ella ha cambiado tanto. Todo ha cambiado tanto en nueve años.

La luz se apaga. Los nervios lo empujan contra el asiento. Lo asalta la tentación de levantarse, de olvidarse de todo, pero ya está aquí, a unos  metros, a unos minutos de enfrentarse a Perla. Palpa el formón a través de la tela de la chamarra. Se acomoda, intenta sobreponerse al miedo. Observa cómo los músicos toman sus lugares, cómo el director sale al estrado. Empieza el concierto.

 

Después del intermedio el director vuelve al escenario y llama a la solista. Sí, es la misma Perla, pero ahora lleva el cabello corto y teñido de rojo. Una salva de aplausos la cubre y ella responde con una reverencia, luego instala el violonchelo entre sus piernas, toma el arco, se concentra como lo haría un esgrimista al medir a un contrincante. El director se vuelve hacia los músicos y a una indicación resuena un la impecable. Después un silencio invade el aire hasta que el director alza los brazos y desata el concierto para violonchelo de Édouard Lalo. Una lluvia de notas potentes, agresivas. La solista lucha con la orquesta. Álvaro querría estar más cerca, ver su frente perlada de sudor, sus ojos cerrados, su falda protegiendo un par de muslos acostumbrados a abrazar al violonchelo.

Acaba la ejecución y los aplausos truenan. Álvaro deja su butaca para esperar fuera del camerino. Antes de abandonar la sala, alcanza a escuchar cómo el arco se arrastra pesadamente sobre las cuerdas. Bach, el preludio de la Suite No. 5 en Do menor para violonchelo solo. ¿Qué dirá Perla cuando lo vea? ¿Lo reconocerá? Ya en el vestíbulo se topa con un par de fotógrafos. Poco a poco el sitio se llena de personas ansiosas de saludar a la violonchelista: reporteros, estudiantes de música, funcionarios del teatro. Hay demasiada gente, los minutos pasan. Él permanece junto a la puerta, esgrime el formón en su bolsillo. ¿Y si Perla no se da tiempo para atender a la gente? Tal vez tenga otros compromisos, quizá le fastidia escuchar una y otra vez los mismos comentarios. Quizá sólo desea descansar.

Tras un rato, Perla sale.

Los asistentes se apretujan cerca de ella; Álvaro siente un empujón, trata de abrirse paso hasta la concertista. Aferra la herramienta en el bolsillo y entonces, casi a gritos, le lanza la primera frase:

―Qué concierto, eh.

Ella se vuelve, le agradece con un movimiento de cabeza, con una sonrisa quizá ensayada muchas veces.

―¿No te acuerdas de mí? ―insiste Álvaro.

La mujer lo ve con aire enrarecido, como si no comprendiera. Álvaro intenta empuñar con fuerza el mango del formón, pero su mano tiembla. Busca con la mirada un indicio de que ella comprende lo que acaba de escuchar.

―Gracias, pero… ―ella se interrumpe, murmura algo y comienza a caminar hacia la puerta.

Uno de los fotógrafos la aborda, le pide una foto, pero ella sigue su marcha rumbo al camerino.

La puerta se cierra. Álvaro tiembla, incapaz de reaccionar. La gente empuja, algunos repiten el nombre de Perla, Perla, Perla. Alguien aplaude. Álvaro toca a la puerta, llama dos, tres veces. Nadie abre.

Los fotógrafos son los primeros en dejar el pasillo.

Álvaro restriega sus manos, después golpea la puerta con los puños. Algunos espectadores se retiran. Perla. ¿Se acordaría de él? Vuelve a golpear la puerta. Sólo quiero saber qué sucedió, grita, es todo.

Pero la puerta no vuelve a abrirse.

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*Vicente Alfonso nació en Torreón, México, en 1977. Su novela Partitura para mujer muerta (Mondadori, 2008) obtuvo el Premio Nacional de Novela Policíaca. Por el volumen de cuentos Contar las noches (UACM, 2012) obtuvo el Premio Nacional de Cuento María Luisa Puga. Ha publicado también El síndrome de Esquilo (Ficticia, 2007) y el volumen de ensayos La Laguna de Tinta (UA de C, 2006). Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2005-2007 y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila en 2002-2003. Obtuvo la beca de Coahuila para Creadores con Trayectoria en 2009. Su labor como reportero y articulista le ha valido premios como el Armando Fuentes en 2003 y Estatal de Periodismo Coahuila 2007. Entre 2002 y 2004 fue editor del diario El Siglo de Torreón. Sus trabajos han sido publicados por revistas como La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Este país, Tierra Adentro y Proceso.

 

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