Martín Doria es medico y escritor. Actualmente cursa el taller de novela a cargo de Carlos Busqued en la Fundación Tomás Eloy Martínez. Compartimos un extracto de Los Quemados, adelanto de su nueva novela que trabajó en el taller.

Por Martín Doria*
1.
La noche (calurosa, estática, sin una estrella) debió gritarlo. Pero cuando justo salís de treinta y seis horas de trabajo duro tus radares no son de mucha ayuda. De cualquier forma a Luna no le pareció una noche distinta a las demás. La vida alrededor del hospital —esto puede parecer un lugar común pero en vista de las circunstancias funciona como un sarcasmo feroz— continuaba con su propio latido y sus propias reglas, que ya no asombraban a nadie. Una manada de entes (parduscos, malolientes, todo andrajos) le interrumpió el paso con su ruego de comida o cigarrillos. Los que no dormían ya en el pavimento arrastraban sus pasos hasta la basura, la desmenuzaban con sus manos y se llevaban a la boca los restos de algún alimento. Luna se acostumbró a verlos allí cada noche como siluetas acechantes, repeliéndolos con asco. Con el tiempo se habían juntado tantos por techo y comida caliente que el hospital debió prohibirles la entrada. Como de costumbre, Luna esquivó aquellos balbuceos inentendibles, lastimosos como un quejido animal y apuró el paso hasta el estacionamiento. Esa noche lo único que quería era volver a casa, sacarse el ambo pegado a la piel y arrancarse bajo la ducha el olor acumulado a sudor, iodo, vómitos y excrementos de gente cuyo rostro ya no recordaba. Así que no lo vio venir en la playa casi vacía de autos, mientras escapaba de aquellas sombras y abría la puerta de su Renault 9. Hasta que sintió la puntada dolorosa del caño contra el flanco izquierdo.
—Quieto que te quemo —escuchó antes que pudiera reaccionar. Ni siquiera pudo verles el rostro ni ver cuántos eran antes de que lo metieran en el auto.
—Salí a la Ruta y no mirés porque te vuelo la cabeza, eh.
Él manejaba. Tenía el caño apoyado en la sien cuando pudo ver recién al que lo amenazaba desde el asiento acompañante. No era distinto a cualquier otro púber asesino de los que produce este país a ritmo industrial. Recordó al último que vio en la tele secuestrando rehenes en un supermercado. Atrás venían dos. Vio a uno apenas y sus once, doce años resultaban tan inapropiados en la escena que Luna necesitó el beso frío del caño en la sien para salir de la confusión.
—Arrancá hijo de puta y no mirés.
Salieron de la playa y siguieron dos cuadras en contramano para salir rápido a la ruta 8.
—A la izquierda.
La pistola le apuntaba ahora a la altura de la cintura. Sentía a los de atrás retorcerse. Se habían apoderado del maletín y revolvían las cosas vertidas en el piso.
—Derecho, gato.
El tránsito era rápido en la avenida. Nadie se detenía ya en los semáforos. De lo contrario te podía asaltar un grupo de piratas. Los márgenes de la Ruta se habían poblado con los años de asentamientos salvajes y villas oscuras. Ahí no entraba ni la policía, salvo para buscarse un problema grande. Luna conocía esa gente. Trabajaba para ellos todos los días.
—Te dejo ya el auto, no me matés.
—Seguí. En Bonafide te tirás a la derecha.
Los carteles luminosos de las pocas fábricas que aún no habían cerrado eran los únicos vestigios de una civilización reconocible al costado de la carretera. El auto dobló en una calle contigua a la villa y a doscientos metros se detuvo. El del arma le dijo al médico que dejara las llaves puestas, lo hizo bajar y entraron los cuatro a la ciudad oculta. Una sombra fugaz los cruzó en dirección contraria. Luna escuchó el motor de su auto que arrancaba y se iba definitivamente. Lo guiaron por las calles de tierra anegadas de podredumbre, entre los ranchos de ladrillo y zinc, siguiendo la ruta de un laberinto imposible. Pensó que nunca podría hacer solo el camino de vuelta. Alguna gente se asomaba. No había piedad en sus rostros, sólo la alienación helada de los moribundos crónicos. Luna se pensó muerto. Pensó en todo lo que iba a dejar aquí, en la gente a la que no volvería a ver. La muerte no se le hizo entonces un paso difícil. Se trataba tan solo de evitar un acto violento, una muerte prolongada y dolorosa. Tuvo la imagen de su cuerpo retorcido, abandonado en un charco de sangre y barro. Quizás lo dejasen terminar con su propia vida. Incluso les parecería algo divertido, una anécdota para contar entre cumbias y vino el sábado por la noche.
Lo detuvieron en un pasillo estrecho entre dos casas.
—Aquí llegó el final gato —el otro no dejó de apuntarle todo el tiempo que caminaron hasta el inicio del pasillo. Luna apretó los dientes, giró y los enfrentó a cinco metros. Se tocó el pecho del lado izquierdo.
—Yo te marco dónde. Un sólo tiro en el corazón y listo.
El del arma se lo quedó mirando. El niño lo escoltaba a tres pasos.
—¿Qué?
—Soy médico. Un solo tiro aquí ¿ves? …debajo de la… no me dejen sufriendo, por favor…
—Tirate al piso.
—De pie, por favor —les pidió Luna.
Como si el médico mismo le hubiera dado una orden, el tercero se vino con furia, le asestó una trompada que lo llevó al suelo y le pateó el costado varias veces.
—Si te dice que te tirés, te tirás, gil.
Luna no miró más. Apretó los dientes.
[…]
*Martín Doria es médico y escritor. Acaba de ganar el premio de novela Manuel Zapata Olivella por su obra La extranjera (Colombia, 2011). Su novela Diciembre recibió el premio del IV Congreso Internacional de médicos escritores y El lector de policiales (su tercera novela), fue finalista del Premio Nacional de Novela Corta de la Universidad Central. Ha publicado cuentos en varias antologías galardonadas por la Fundación El Libro, Ediciones al arco y el Premio Haroldo Conti a nuevos narradores. Actualmente trabaja en el taller de la Fundación TEM su próxima novela, Los Quemados.

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