Compartimos en el ciclo de textos de los lunes, Cirila Renga, un cuento de la escritora argentina Ana Cerri.


Por Ana Cerri*

La mujer escribía. Era así de simple. Escribía. Tenía bien organizada su pila de papeles. Los había blancos, grisáceos, amarillentos y todos estaban prolijamente cortados y ordenados sobre el mármol gastado de su cocina.
En realidad no sobre el mármol sino sobre un ladrillo apoyado sobre el mármol. Uno de esos viejos ladrillos usados en las construcciones que hicieron los ingleses. Ladrillo liso, color terracota parejo y con una prolija inscripción en el centro; un bajo relieve indicando el nombre del fabricante y la procedencia.
El ladrillo era la señal de su prudencia. No fuera a ser que en un descuido se escapara el agua (porque a veces, en los días tormentosos la canilla se enfurecía) y los mojara. Así que ahí estaban los papeles, al resguardo, sobre el mármol, entre el ladrillo para que no se mojasen y bajo un cacho grande de piedra de la vía, para que no se volasen.
Alguna vez, mientras los cortaba después de medirlos con una escuadra de aquellas que usaban las modistas, esas de madera, llegó a pensar que le dedicaba más tiempo a los papeles que el que había dedicado a sus hijos y mientras esto pensaba, no pudo dejar de decir en voz alta:
− Debe haber sido por eso que los pobrecitos se fueron muriendo por cosas con nombre color de papel…
Era cierto.
El primero, rápidamente, se fue de muerte blanca. El segundo, amarrillo hasta las uñas, no resistió la hepatitis y la última…que por ser mujer dejaba alguna esperanza, se fue consumiendo sin explicación. Tomó el color de las cenizas y duró un poco más que los otros, pero se murió de lo que ella llamó para sí “muerte gris”.
Cirila Rengo escribía y vivía por su cuenta. No daba explicaciones ni las pedía a nadie. Paría hijos y los enterraba sin dar explicaciones. Iba y venía con la tristeza concentrada de los que andan con paso anárquico. Pero prefería esa tristeza al otro sentimiento cargado de sentimientos más pequeños que produce el depender, amar, querer, esperar o desesperar por alguien. Así que Cirila, con humor y en soliloquio, pensaba a veces:
− Mi apellido no es casualidad. Andar la vida como yo la ando es andar renga…en una pata y sin muleta.
Y se sonreía sola con esa mueca libre que tiene la sonrisa cuando es para uno mismo y no hay que andarse preocupando si los dientes faltan, están blancos o manchados.
Tenía lo necesario en la pieza única: catre, máquina de coser, una silla, un armario pequeño con doble puerta, colgadero y estantes, tres; lámpara a kerosene, fogón y lo indispensable para hacerse su comida y comer decentemente. Huerto propio pegado a la puerta y bajo la ventana.
La mesa era la máquina de coser con la tapa cerrada y un hule con tulipanes que parecían orquillas rojas y desdentadas de tan gastado. Limpio todo. Ordenado. El único problema era la canilla de bronce y manilla simple que de vez en cuando y, sobre todo con los truenos, se enfurecía y empezaba a echar agua sin orden ni concierto. Cirila había probado trabarla con un palo, atarla con alambre, hablarle mansamente, dejarla chorrear despacito cuando los refucilos apuñalaban el cielo y amenazaban entrar por la única ventana. Una vez, después que murió la niña de muerte gris, Cirila, tal vez porque no había terminado el duelo, probó cantarle una canción de cuna de su propia autoría a ver si soportaba esa tormenta que se avecinaba negra e impiadosa. Pero no hubo Cristo. Al primer galope desbocado de un trueno, la canilla enloqueció de tal modo que Cirila debió tapar sus papeles con el hule para estar más segura de tenerlos a salvo.
La cuestión la preocupaba a veces y se ponía a discurrir seriamente sobre el comportamiento de la canilla y el desastre que podía ocasionar en sus papeles si alguna vez, la tormenta le ganaba de mano y ella estaba fuera de la piecita. El agua subía a un pequeño tambor que estaba apoyado en las cargas angulares del techo por el impulso de una bomba de mano que, meticulosamente, Cirila accionaba todas las mañanas hasta ver cómo empezaba a rebalsar el tambor. Era trabajo pesado y quería hacerlo cuando la fuerza estaba entera aún. Después limpiaba y ordenaba. Se aseguraba que sus papeles estuviesen en orden y fuesen suficientes y salía. El primer objetivo de su recorrido era el tacho grande de basura que estaba afuera, en la puerta de la escuela. Con rigor de cirujano revisaba cada cosa y apartaba lápices mínimos, restos de goma de borrar, hojas desechadas, plumas, tinteros, secantes y cuando tenía suerte, ese deseado frasco dispensador de tinta que siempre, tenía un resto considerable en el fondo. Ahí el corazón le latía descontrolado y su ánimo anárquico desaparecía: entraba en éxtasis de amor con el frasco de tinta y las promesas que su contenido escaso le hacía. Se llenaba los bolsillos con las menudencias, ponía las hojas debajo del brazo y con el frasco apretado contra el pecho, volvía a la pieza. Tanta pasión le desataba en el magro cuerpo que la aterraba pensar que pudiera caerse, romperse, malograrse. Y no bien llegaba, con cuidado obsesivo, lo repasaba con un trapo húmedo, despacio; ajustaba el corcho y sin el menor remordimiento, lo reclinaba, envuelto, en la que ella había preparado como cuna de sus hijos y que, aunque no fue nombrada antes, también estaba en la pieza.
La cuna, como los tres muertitos de Cirila, era fruto de las únicas tres veces en que, sin decir aguavá, desapareció por dos días. Y la verdad es que solo se notó su ausencia cuando la vieron regresar en el espejismo de la distancia por el camino como un signo de interrogación que se viene agrandando. Pasó impávida delante de las miradas llevando la panza del signo interrogativo debajo de su brazo izquierdo. Una especie de cajón con barrotitos trabajados y de un tamaño considerable. Alguien determinó, por fin, que era un antiguo costurero algo más grande de lo habitual, de esos que tienen una bolsa adentro y dos tapas que este, por cierto, no tenía. Y alguien más entendido dijo que era un costurero de sastre ambulante, con patas plegables. Fuese lo que fuere, Cirila se metió en su pieza y dejó que elucubrasen.
Se vio la lámpara toda la noche encendida a través de la ventana. Debió haber recuperado su tiempo de escribir. Desde ese momento, se notó que salía menos hasta que, debajo de su batoncito gastado se agrandó apenitas su vientre y ella lo llevaba, sosteniéndolo, pero sin cambiar la expresión.
Así pasó con los tres hijos. Los llevaba como quien lleva una indigestión. Los paría solita su alma y los enterraba igual, sola y sin que se le moviera un músculo.
Le quedó el costurero-cuna y en el recostaba los frascos de tinta casi vacíos que el azar le ponía en las manos. Agregaba poquitas gotas de agua, sacudía esmerada pero suavemente el botellón y cuando el contenido se volvía de un celeste oscuro parejo pasaba, con equilibrio inusitado, un poco a un dedal. Tomaba alguna pluma arreglada por ella misma con golpecitos mínimos de mango de cuchillo, la ensartaba en el cuerpo de madera y se disponía ritualmente a escribir. Antes de traer los papeles a la mesa ajustaba el dedal con un broche de la ropa a modo de pie. De la mesada retiraba algunas hojas y con todo ordenado, sin hule, sobre la mera tapa de la mesa, se inclinaba como en oración y empezaba a escribir. Interrumpía solamente cuando el dedal se vaciaba y debía rellenarlo.
Podía pasarse la noche entera Cirila. Si se terminaba el kerosene recurría a las velas y seguía hasta el amanecer. Allí, invierno o verano, salía a la puerta y estiraba el cuerpo dando una mirada a la noche en fuga. Se frotaba la mano izquierda (era zurda) y después, lentamente, caminaba entre las hileras de la huerta hasta la esquina de la piecita. Allí descansaban los tres hijos de Cirila. Ella miraba el piso mientras el sol se levantaba. Cruzado los brazos, de espaldas a la luz naciente. Volvía, por fin a la pieza. Guardaba todo y especialmente lo escrito, en uno de los estantes del armario. La verdad, en el único que quedaba un poco de espacio últimamente, porque los demás, estaban llenos y sin posibilidad de un papel más.
Con el sol ya alto, se tiraba en el catre y dormía unas horas no sin antes verificar que todo estuviese en su justo lugar y el frasco de tinta en el costurero-cuna.
Hubo una cuarta vez.
Cirila se fue después de su rato frente al lugar en el que descansaban sus hijos y antes de que nadie pudiera tener registro de su partida. Y nadie lo registró pero, tal y como ella se lo temía, esa tarde de finales octubre se desbocó una tormenta que escupía demonios. La canilla, sola la pobre, se puso más que furiosa y empezó ella también a escupir agua sin control. Cielo y canilla eran un solo chorro. Pero la tormenta amainó. El tambor del techo se había llenado y rellenado con tanta agua por lo que la canilla no amainó y siguió y siguió hasta que el agua empezó a salir por debajo de la puerta de la piecita, a juntarse con la de la lluvia que ya había caído y a meterse por los surcos de la huerta hasta llegar al descanso de los niños muertos con muerte color papel.
Los que notaban su ausencia cuando la veían volver, esta vez tuvieron el aviso del agua. Sin trabajo abrieron la puerta y en el cuarto encharcado, intentaron detener a la enloquecida. No hubo caso. Solo se calmó cuando el tambor quedó vacío. Ella, la canilla, como exhausta, fue afinando el chorro, hasta terminar en goteo y, como para no darse por vencida, se dejó para sí una gota a modo de lágrima balanceando en la boca. Se la quedaron mirando hasta que, como siempre, la curiosidad los fue llevando y se volvieron a mirar el resto de las cosas. Todo salpicado, húmedo. Un desquicio. Ni hablar de los papeles tan prolijamente acomodados. Una mano abrió el roperito y ahí estaban los tres estantes llenos y a salvo.
− Menos mal, dijo alguien.
Otra mano sacó la primera hojita del primer estante, y la segunda, y la tercera…
− ¿Es una novela?− preguntó el que había abierto el roperito.
El otro le tendió el manojo de papeles blancos, amarillentos, ceniza y después de un rato, se miraron desconcertados.
Cada hojita estaba llena con letra infantil pero pareja, salvo alguna claridad en el azul por el exceso de agua en la tinta. Una palabra tras otra, apretada, como queriendo robarle hasta el último rincón al papel.
Una palabra tras otra…pero siempre la misma: mamá-mamá-mamá…
Cirila Renga nunca volvió desde aquella tormenta.
*Ana Cerri nació en Rosario en 1947. Estudió Periodismo y Ciencias de la Información en la Universidad Católica Argentina y Teología en el Instituto Teresianum (Roma). Su cuento Excelsum superbum fue publicado en la Revista Ñ. La poeta argentina Diana Bellessi leyó dos de sus cuentos (El llanto y Concierto) en el blog de Patricia Kolesnicov.

21 thoughts on “Cirila Renga

  1. Ana, la historia de Cirila, como comenté en La comisión de lectores, tiene una veracidad que lastima. Es un personaje al que uno quisiera abrazar para sostenerla contra la dureza de su vida. Cada lector, encontrará su propia alegoría en la riqueza simbólica del relato, yo quiero creer que en los papeles están las voces de sus hijos, la posibilidad de salir de esa soledad y de una constante frustración; pero tal vez otros sientan que los hijos no existen y que ella es parte de esa agua o que se funde en el agua, y se arrasa a sí misma… La personificación de la canilla, no es casual. De todos modos, más allá de las interpretaciones, es un relato profundamente femenino, lo digo en el sentido de la hondura de nuestro género. Cuando se refiere a “la última…” que “por ser mujer dejaba alguna esperanza” me hace pensar en Cirila arañando una mínima alegría por traer al mundo un ser capaz de parir todas las letras y todas las palabras, alguien que fortalezca sus pasos en su desolado mundo de privaciones que representa ese lugar pequeño y marginal donde lo único verdadero, lo que hay que proteger, su tesoro, son las hojas. Y las hojas son sus hijos, y los hijos son el agua. No lo sé… pero lo importante, creo, es poder buscar en tu escritura nuestros propios símbolos, como sucede con los buenos narradores que siempre se asoman a la sensibilidad y a la difícil simpleza de nuestro corazón.

  2. Un cuento triste con una pizca de humor negro, como es la vida misma. Un personaje que nos haces sentir, paso a paso, en su existencia solitaria y no a la vez, el mundo de esta mujer es tan particular, tan universal tambien. En lo individual de ella nos vemos reflejados, en su soledad y sus alegrias, en esta tinta que es como su propia sangre, su vida, su existencia… Muy bonito cuento, Ana. Como una canción triste de jazz.

  3. Ana Bello Querida Ana: Me conmovió hasta las lágrimas como la primera vez que lo leí…Volví a ver la imagen de alguien acunando tinta y papel….Quizás porque yo siento que escribir es tu maternidad y en este cuento transmitíss todo el dolor de ser/no ser madre…Espero pronto se refleje toda la alegría y felicidad por ver crecer a tus cuentos/hijos y que seamos muchos los que disfrutemos de la belleza de leerte!!
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    Comisióndelectores Clubdelatarde a través de Ana Cerri
    Queridos amigos en la lectura: con muchísimo orgullo (el orgullo de “yo la conozco”), quiero compartir con ustedes la alegría de esta publicación. Es un cuento (una genialidad) de nuestra compañera de blog ANA CERRI. Disfruten de un maravilloso relato! FELICITACIONES ANA!!!!

    Fundación Tomás Eloy Martínez / Blog: Cirila Renga
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    Ana Cerri Gracias Flavia, pero más que por el cuento, por el “yo la conozco”, eso vale por una biblioteca entera …
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    Jorgelina Taveira Hola Ana, aprovecho que te veo por aquí (no nos conocemos), para decirte que tu cuento me pareció encantador, me emocionó mucho. Para quienes estamos intentando desde hace… años! escribir anque sea UN cuento como la gente, resulta más que inspirador, muchas gracias y lo mejor para vos!
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    Ana Cerri gracias jorgelina! me siento alagada!
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    Ana Cerri no dejes de intentar y compartamos, dale!
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    Jorgelina Taveira Pero claro, yo sigo cual mulita! mi cuento, tarde o temprano, va a salir! 🙂
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    Ana Cerri dale mandamelo, te paso mi mail?
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    Jorgelina Taveira me tenés mucha fe! pasame el mail, dale!
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    Angelica Lorenzo Hermoso!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
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    Ana Cerri Gracias, Angélica!
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    María Isabel González Bulnes una ternura, una tristeza, una soledad…qué bien escrito, me encantó, felicitaciones Ana!
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    Angelica Lorenzo Ana, me encantó el cuento, tiene toda la magia, es bello!!!!!!!!!!!!!
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    Ana Cerri Bueno chicas, me apabullan, gracias. Armemos un té y leemos lo que cada una escribe!!!
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    María Isabel González Bulnes Hecho, te tomo la palabra!!
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    Ana Cerri Pero de ésto hay que toar algo esencial chicas: la generosidad de Flavia. Miremos atentamente lo que ha logrado y como nos cuida,nos promueve, nos motiva. Se lo digo siempre en privado y ahora lo hago público: acá, donde siempre se nivela para abajo, lo de ella es un apostolado.
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    Susana Buti Hermoso cuento y tan triste. Pobre Cirila que será de ella… Gracias Ana!!!
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    Ana Cerri Cirila, Susana, anda por las calles de donde quieras, con uno de esos lápices gordos rojo de un lado y azul de otro, escribiendo por las paredes lo mismo que en los papeles; a veces me da pena pensar que también busca aquellos frascos de tinta para rellenar los tiemteros de los viejos bancos…y no sabe que yano existen
    Hace 6 horas · Me gusta · 2 personas

  5. Dolores Güiraldes Ana es maravillosa esta obra, podria releerla mil veces y encontrar siempre algo que me sorprenda por su riqueza expresiva. Lo mejor para alguien que debe salir del anonimato!!!!
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  6. Hola Ana
    La historia de Cirila provoca “calambres en el alma”. No estoy segura si es Cirila o es tu escritura ya que lo mismo me pasó con los otros dos que escuché . Tenés un estilo muy definido y eso te vuelve singular, lo cual no es poca cosa. Te felicito ¿Se te ocurrió publicar un libro con tus cuentos? Estaría bueno. Quise publicar este comentario en el blog, incluso me suscribí, pero no se cómo hacerlo así que lo hago de este modo
    Un beso

  7. SOY CHUCHI…… TU AMIGUITA DE LA NIÑEZ…… NO PUEDO CRITICARTE PORQUE TE QUIERO Y ADEMAS NO SOY CRITICA DE ESCRITORES….. SOLO TE DIGO …..ME EMOCIONASTE…SENTI EMOCION…EMOCION….EMOCION… Y PUDE VER EL LUGAR DONDE TRANSCURRIA LA HISTORIA….GRACIAS POR VOLVER A COMUNICARNOS Y COMPARTIR PARTE DE TU VIDA……UN ABRAZO CON TODO EL AMOR Y LOS RECUERDOS QUE TENGO DE VOS Y TU FAMILIA….. TE ABRAZO DESDE MI CORAZON…. FELICITACIONES…SOS UNA GRAN PERSONA!!!!!!!

  8. Claudia Blanco
    Sobre el cuento de Ana Cerri que lamentablemente no pude acceder a comentar a traves del blog : Es sencillamente desgarrador,para mi logra desmenuzar la esencia del genero, en su mas basica expresion,mis felicitaciones!!!

  9. Querida Ana, me alegra el alma ver que sigues desparramando el gran don que Dios te dió.- Bàrbaro …….me trae a la memoria , los otros que leí hace años , pero que como èste no se pueden olvidar .-
    Se te quedan colgados en el alma!…….
    Mil gracias y cariños, Hna. Flora

  10. hola ana,

    un placer el relato. intenso y tallado ahí: casi como los movimientos de una mujer acompasados a la rebelión apasionada de esa canilla.

    gracias por enviarme el vínculo y me encantaría leer más.

    beso, an

  11. Guillermina Estrada
    ANA,EL CUENTO ME PARECIO MUY BUENO.CON ECONOMIA DE RECURSOS PODES CREAR UN PERSONAJE COMO EL DE CIRILA RENGA. MUY BUENA LA METAFORA DEL NOMBRE.ADEMAS BUSQUE LA ETIMOLOGIA DE CIRILA Y SIGNIFICA “GRAN SEÑORA”,DE ESA MANERA JUGAS CON LOS CONTRASTES:LA POBREZA, PERO DIGNA. UN AMBIENTE PRECARIO PERO UN PERSONAJE OBSESIVO POR LA LIMPIEZA, METICULOSA ,ORDENADA.CON POCOS ELEMENTOS LOGRAS UN CLIMA DE TRISTEZA QUE COINCIDE CON EL SENTIMIENTO DE CIRILA :EL LADRILLO, EL HULE ROTO Y VIEJO, LA CUNA-COSTURERO DE SASTRE;UN MUNDO DE DOLOR ENCERRADO EN ESA PIECITA DONDE ELLA ESCRIBE.PERO QUE ESCRIBE? EL SECRETO SE DEVELA AL FINAL.Y REAPARECE UNA CIRILA ENGRANDECIDA POR SU AMOR MATERNAL,AFECTADA POR LA MUERTE DE SUS HIJOS ,QUE AL PRINCIPIO PARECE NO AFECTARLA.BUENISIMA LA IDENTIFICACION DE LOS COLORES DEL PAPEL, CON LAS CAUSAS DEL DECESO DE LOS NIÑOS. AL LEER EL CUENTO ENTRAMOS EN UN MUNDO DE OPRESION, DONDE EL ELEMENTO MAS DISCORDANTE Y QUE COBRA VIDA, ES LA CANILLA DE BRONCE ENFURECIDA… ENFURECIDA, SEGURAMENTE , COMO ESA MUJER QUE OCULTA SUS SENTIMIENTOS Y QUE TERMINA CON UNA GOTA COMO LAGRIMA, SINTESIS DEL PROFUNDO PESAR DE ESTE PERSONAJE.GRACIAS POR REGALARME TU CUENTO,LO DISFRUTE MUCHO. UN BESO, GUILLERMINA

  12. Ana Bello Querida Ana: Me conmovió hasta las lágrimas como la primera vez que lo leí…Volví a ver la imagen de alguien acunando tinta y papel….Quizás porque yo siento que escribir es tu maternidad y en este cuento transmitíss todo el dolor de ser/no ser madre…Espero pronto se refleje toda la alegría y felicidad por ver crecer a tus cuentos/hijos y que seamos muchos los que disfrutemos de la belleza de leerte!!

  13. Después de mirar los comentarios volví a leer, detenidamente,Cirila. Esta nueva lectura ( que ya era la 3 o 4! )fue mil veces más rica, mas pensada.Reparé en los distintos detalles que a cada una de uds les impactó mas, sus didtintas interpretaciones. Esta es,para mi,la magia de un buen cuento!!!!
    Gracias Ana de nuevo.

  14. Querida Ana: La primera lectura de tu cuento me desgarró a tal punto que no podía sentir. El personaje es avieso en estas cuestiones de escatimar expresiones y palabras y hacer del silencio un recurso de resguardo. Una nueva relectura posibilitó habilitar la riqueza de ciertas comparaciones que no pueden escapar a la interpretación del lector que sólo tiene el relato pero no conoce a la autora. Me detengo en el misterio y no sé si no estoy entre la tinta de esos papeles casi esotéricos en donde se esconden las palabras. En definitiva un cuento que se cierra en la profundidad de una gran incognita. Felicitaciones

  15. Anna: tu Cirila toca justo allí,donde quedan enterrados los primeros desamparos,recubiertos de dureza,indiferencia o”paso anárquico”.
    Desgarra y enternece en la persistencia de acunar
    sus diluídos lazos con la vida.
    Magia de tu estilo de narrar!!!
    Esperamos un libro que reuna y ampare a los personajes de tus cuentos.
    Un fuerte abrazo. Fernanda.

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