Compartimos Ballet, un relato del escritor cordobés Federico Falco. El texto está incluido en La hora de los monos, libro editado por Emecé. El escritor brindará desde el mes de agosto un taller de producción de cuentos en la sede de la Fundación TEM. Las inscripciones están abiertas.

FEDERICO FALCO / Foto: Archivo autor

Las persianas están cerradas, los viejos del frente se deben haber ido de vacaciones. Antes, todas las mañanas, la viejita salía a regar las plantas del balcón. El viejito se quedaba adentro, caminaba con un andador. Algunos días venía una chica joven con chaquetilla celeste, una enfermera o una fisioterapeuta. Los domingos los visitaban otros amigos, viejos como ellos. Se instalaban alrededor de la mesa y jugaban a las cartas hasta tarde.

Tienen un lindo balcón, haciendo ele. Muchas plantas, una azalea que florece cada primavera. Del techo del balcón, en una esquina, cuelga un llamador de ángeles que los días de viento se escucha desde lejos, desde la calle, incluso. Más allá hay un atrapa sueños de hilo rojo, con una pluma que se mueve a la menor brisa. Me imagino que se los regaló un nieto, aunque nunca se ven nietos en su departamento. Tal vez fue un regalo de la fisioterapeuta.

El departamento de abajo de los viejitos está desocupado. Un piso completo. Dejaron las persianas levantadas y se ve el parquet cubierto de polvo. En una de las habitaciones, tirado en el suelo, hay algo largo y blanco. Parece la base de un tubo fluorescente. En el balcón se juntan las palomas, sus cagadas cubren las baldosas. Hay dos nidos, uno en cada extremo. En uno de los nidos hay tres huevitos blancos que quedan al descubierto cuando la paloma sale a comer.

Del edificio marrón que está detrás del edificio de los viejitos, sólo puedo ver la terraza con sus jaulas para tender la ropa. También dos antenas de Direct TV que miran hacia las sierras. En una de las jaulas hay colgada una camisa negra, boca abajo. Los puños cercanos al suelo. No corre viento, pero igual la camisa se balancea y, de tanto en tanto, roza la malla herrumbrada del tejido. El departamento del último piso tiene las persianas bajas. En el del penúltimo, junto a la ventana han instalado una mesa blanca con una lámpara de arquitecto. La luz suele quedar prendida hasta muy tarde en la noche. A veces veo una mano pasar una hoja o garrapatear algo en un papel. Muy pocas veces, en la mano, he visto un cigarrillo. La cara queda siempre oculta, mientras el hombre lee, o trabaja, o estudia, o dibuja. Si me lo cruzara en la despensa de abajo, no podría reconocerlo.

En mitad de la cuadra construyen dos edificios, uno junto al otro. El más cercano ya está casi terminado. Dos hombres colocan las aberturas. Nada más. Ayer por la tarde las han traído en un camión. Treinta o cuarenta marcos de hierro exactamente iguales, pintados de gris. Los albañiles dejaron caer una soga desde la terraza. La soga pasaba por una roldana. Un albañil se quedó en el piso más alto, los otros bajaron a la calle, ataron el primer marco a la soga y comenzaron a tirar. Desde arriba, el albañil en el último piso miraba subir el marco metálico. Una de las esquinas tocó en la saliente del balcón del tercer piso. El albañil maniobró la soga para que se alejara de las paredes. Subieron primero todos los marcos de los pisos más altos y luego los que eran de los departamentos más cercanos a la planta baja.

Hoy, estos dos hombres con camisas grises comenzaron a poner los marcos y el aire está lleno de amoladoras y metal cortado.

Son las cinco de la tarde. Los albañiles se van y queda el ruido de los autos, lejos. Me gusta el silencio en el departamento, como resuena en él cada uno de los sonidos que yo produzco. Los dedos sobre las teclas, el botón del mouse, un vaso que apoyo sobre el vidrio del escritorio, el respaldar de la silla, que chirría si me reclino, cada paso. Parece el audio de una película argentina de los ochenta, con sus ruidos sobreimpresos en el doblaje. Sonidos agregados sobre el silencio, que nunca terminan de ser creíbles. Como si uno se moviera en un ambiente irreal, o submarino. Sólo falta la fritura de la película que corre.

No quiero pedir comida por teléfono. Eso significaría bajar, saludar al portero, hablar con el cadete. Significaría también tener que cambiarse, sacarme el pijama y las pantuflas. Prefiero cocinar para mi solo. Pongo agua a hervir y dejo caer dentro de la cacerola un mazo de tallarines secos. Son de la mejor marca. Claudia, antes de irse, me lo indicó un día en que fuimos juntos al supermercado.

Tenés que comprar siempre de estos, te salen un poco más caros, pero quedan igual que los caseros, dijo.

Sobre la tabla dejo un par de ajos y aplasto cada diente con el canto de la hoja de mi cuchillo preferido. De nuevo, un ruido que cualquier director de sonido hubiera deseado tomar.

Llaman por teléfono.

Un momento que le van a hablar, anuncia una voz de mujer.

Después aparece otra voz y me pregunta si yo soy yo. Digo que sí, que yo soy yo.

Espere un momento, ya lo comunico, me dicen.

Espero y aparece una tercera voz, también de mujer. Vuelve a preguntar si yo soy yo.

¿Usted es escritor?, se asegura la voz.

Digo que sí.

El Secretario de Cultura quiere hablarle, me dice.

¿A mí?

Sí, a usted.

¿Puede venir a la Secretaría mañana?

¿Algún horario en especial?

De nueve a doce está bien.

Mañana paso, digo y corto.

Hay Secretario nuevo. No conocía al anterior, al que acaban de despedir, y tampoco conozco a este. Llamo a una amiga para pedirle referencias. Tampoco lo conoce. Al parecer nadie lo conoce. Mi amiga queda en averiguarme algo, pero no tengo más noticias de ella.

Al secretario le ha surgido una reunión urgente, para esperarlo me ofrecen un sillón demasiado hundido. Cuarenta y cinco minutos después llega con un montón de legajos debajo del brazo, transpirado y con la camisa un poco afuera del pantalón. Él mismo se encarga de presentarse, me hace pasar a su oficina y le ordena a la mujer, que se llama Elsa, que me traiga un café.

Elsa, un café para el muchacho, le dice y después me mira.

Vos escribís, ¿no?

Asiento con la cabeza.

Un gusto, dice el secretario y me extiende la mano. Me hablaron muy bien de tus cosas.

Gracias, digo.

El secretario quiere renovar los aires, incluir gente nueva, propiciar el intercambio. Desde que asumió está trabajando en un proyecto llamado Cruces. Junta a gente de diferentes generaciones y diferentes disciplinas para que hagan una obra de a dos. Arma dúos. Un pintor joven con un escritor viejo. Un músico viejo con un actor joven. Busca a los artistas consagrados de la provincia y los hace interactuar con las jóvenes promesas.

Vos sos una joven promesa y te hemos puesto con Gripa Castellano, la coreógrafa, me dice el Secretario. Después me pregunta si conozco a Gripa. Es una de esas artistas de los setenta que se exilió en Europa, que más o menos triunfó allá y que volvió a mediados de los ochenta. Yo conozco sólo su fama. Supongo que alguna vez la habré visto, pero no puedo unir su cara con su nombre. Al parecer, Gripa va a adaptar uno de mis cuentos en un ballet. El secretario me dice que Gripa quiere conocerme cuanto antes. Tengo que alcanzarle mi libro porque ella preguntó en El Ateneo y no lo consiguió.

Me da el número de teléfono de la asistente de Gripa, para que la llame y me ponga de acuerdo con ella.

A vos te corresponden honorarios, dice después. Doscientos pesos ¿te parece bien?

Me parece bien.

¿Tenés factura a tu nombre? ¿Sos monotributista?

Sí, soy.

Bárbaro, entonces. Ha sido un gusto, dice el Secretario mientras se levanta y vuelve a estrecharme la mano. Suerte con Gripa y nos vemos en el estreno.

Enseguida llamo al celular que me dio anotado en un papelito. Digo mi nombre y explico que necesito hablar con Gripa por el proyecto Cruces.

¿Gordo, sos vos?, me pregunta una voz de mujer. Hace años que no me dicen Gordo, sólo mis amigos de la secundaria me llamaban así.

¿Quién habla?, pregunto.

Angelita.

¿Quién?

Angelita Marolier, ¿no te acordás de mi?

Hago un intento de rastrear en mi memoria pero no hay manera. Pido disculpas y digo que no, que no me acuerdo.

Angi, Angi Marolier, te tenés que acordar. Cuando me veas te vas a dar cuenta enseguida. Venite ahora, Gripa está ensayando, pero en un rato hace un descanso. Vení así charlamos.

Angelita me pasa un dirección en las afueras, en un Centro Comunitario. Me explica que Gripa suele montar sus obras en espacios no tradicionales y que en este momento trabaja en una villa miseria. Tomo el colectivo y tardo una hora y cuarto en llegar. Me bajo donde me indican. Hay un eucalipto y un barranco. Detrás del barranco está el río y, del otro lado del río, la villa. Un basural con un caballo y bolsitas de nylon ocupa el espacio entre el río y la villa. De este lado del río, debajo del eucalipto, se levanta una capilla evangelista y, pegada a ella, una casa de ladrillos huecos y techo de zinc, con una única puerta de lata. Es el centro comunitario. Toco la puerta, me atiende una mujer grandota, que está llenando una planilla.

Busco a Gripa, digo.

La mujer no sabe de qué le estoy hablando.

Los del ballet, explico.

¡Ah, los bailarines! Abajo, en el río, me dice. Venga que lo acompaño.

¡Angelita!, grita la mujer hacia el barranco, detrás de la casa. ¡Angelita! Llegó el muchacho que esperabas.

Me asomo y veo, en esta orilla del río, cerca del agua, una plataforma de madera sobreelevada a un metro y medio del suelo. Sobre ella hay un grupo de gente formando un círculo. Un montón de chicos de la villa los mira desde abajo. Alguien me hace señas para que baje.

Siga el caminito, me indica la mujer. Apóyese a la tierra así no se cae.

Angelita sale a mi encuentro. Tiene puesto unos pantalones de jeans, botas de gomas, un pulóver tejido a mano que le queda un poco apretado y el pelo suelto. Está embarazada de cinco o seis meses. Me abraza como si en verdad nos conociéramos. Es un abrazo que dura un instante más de lo que debería.

Después me aleja de sí, me mira de arriba abajo y dice:

¡Gordo!, qué flaco que estás. ¿Cuánto bajaste?

Diez, doce kilos, contesto en automático, sin pensar lo que estoy diciendo. Después me enojo conmigo mismo. Estoy hablando con una extraña, nunca antes la vi en mi vida.

Le pregunto de dónde nos conocemos y ella me dice que era amiga de mi hermano, cuando mi hermano estudiaba acá y que una vez fue a una fiesta que hicimos en la terraza, en el departamento de la calle Independencia. Recuerda exactamente la dirección del departamento. Es cierto, con mi hermano vivimos ahí un par de años, pero nunca hicimos una fiesta en esa terraza. Ni siquiera se podía subir a la terraza en ese edificio.

Gripa está en medio de una charla de motivación. Angelita me informa que odia que la interrumpan en momentos como ese, pero que en cinco minutos termina. La esperamos al pie del escenario. Los chicos de la villa miran muy atentos lo que pasa arriba, aunque arriba no pasa nada, sólo es gente parada en círculo, hablando, no llego a escuchar de qué. Hay olor a humo y a barro podrido. En el basural, del otro lado del río, han prendido una fogata. Cerca de la orilla sobresale del agua un bloque de cemento con unos hierros negros enroscados sobre sí mismos. Sobre la pequeña isla, un biguá se seca al sol con las alas abiertas.

Angelita me explica que están preparando una nueva coreografía. Gripa quiere crear desde los conceptos de pobreza y miseria, por eso el escenario se montará allí.

Pero no pobreza material, me dice Angelina, sino pobreza espiritual. ¿Se entiende? El adentro y el afuera, los dos están relacionados. Son uno el reflejo del otro. La villa es una metáfora, ¿te das cuenta?

Me habla con la cara llena de dulzura y las dos manos apoyadas sobre la panza. El viento le ronda el pelo y, de tanto en tanto, ella retira hacia atrás un mechón molesto.

El día del estreno, sigue, vamos a alquilar ómnibus para que la gente pueda venir sin miedo. Igual, todo esto va a estar lleno de luces. Gripa quiere poner yodinas a los costados y reflectores sobre el río. Y uno grande, de esos que forman un haz que se va moviendo, para que ilumine la villa. Queremos que dé un efecto de película de espías y fugitivos, como si el haz del reflector buscara gente que se quiere escapar. Es otra metáfora, se le ocurrió a Gripa. Va a quedar bárbaro. Para bajar el barranco vamos a armar una escalera con pasamanos de sogas, bordeada de antorchas.

El círculo de gente sobre el escenario se desarma. Los bailarines se dispersan, toman agua, estiran las piernas, ensayan algún paso. Una mujer gorda, envuelta en una túnica fucsia y naranja con grandes círculos teñidos al batik baja por la rambla del costado. Tiene el pelo de color zanahoria. La había imaginado más pequeña, delgada, una ex bailarina seca y frugal, pero enseguida me doy cuenta de que ella es Gripa. Me abraza y su abrazo también dura un poco más de lo normal. Sonríe.

Qué gusto conocerte, me dice. Va a ser un placer trabajar con tus textos. ¿Me trajiste el libro? No lo pude conseguir por ningún lado.

Le digo que sí, que le traje uno. Lo busco en la mochila y se lo doy.

Gripa pasa rápido las hojas. Lee el título de uno de los cuentos. Mira el dibujo de la tapa.

Ni bien termine con esto, me pongo a trabajar en lo tuyo, dice y le entrega el libro a Angelita. Después se disculpa, gracias por venir, me dice, me da otro beso y se va.

Vuelve a subir al escenario. Un bailarín le ayuda en la rampa y Angelita me cuenta que, desde hace un tiempo, Gripa tiene problemas con su rodilla izquierda. Enseguida me pregunta si necesito que me llame un remís por celular.

Le contesto que no hace falta, que voy a volver en colectivo.

Pasa el tiempo. Terminan de construir el edificio a mitad de cuadra. De a poco la gente lo va ocupando. Cubren las ventanas con cortinas de diferentes colores. Por lo que veo desde mi balcón, la mayoría son estudiantes. La primera semana, sólo en uno de los pisos, en el noveno, hay luz durante la noche. Un chico se pasea en cueros por el departamento. Sale a comer al balcón. Yo lo miro y me pregunto qué se sentirá dormir solo en un edificio vacío, recién estrenado.

Las persianas todavía están bajas en el departamento de los viejitos. No hay quien las riegue y las plantas se secan en sus macetas.
La mano del arquitecto sigue fumando muy de tanto en tanto, tarde en la noche.

Una mañana, suena el teléfono. Es Angelita. Me dice que ya empezaron a ensayar el ballet nuevo, basado en uno de mis cuentos.

Gripa quiere que lo veas, ¿podés dentro de un rato?, me pregunta.

Le digo que sí. Los lunes son mi días libres.

Bien, en el subsuelo del Museo Caraffa. ¿Te parece tipo dos, dos y media? Explicale al de la puerta que Gripa te invitó, así pasás sin pagar entrada.

Como algo y salgo. Llego a las dos y cuarto. Me acerco al guardia de seguridad y le digo que voy a ver el ensayo. Él me pide que hable con la chica de la caja. La chica ni siquiera sabe que hay alguien trabajando en el subsuelo.

Es que recién entro, se disculpa.

Después intenta llamar por teléfono a su jefa, que no contesta. Marca otro número y vuelve a esperar. Yo la miro un poco más fijamente de lo que se debería mirar a alguien. La chica se pone nerviosa y marca otro número más.

¿Seguro que están en el subsuelo? Porque llamo y no atiende nadie, dice.

Entonces se abren las puertas del museo y aparece un montón de chicos de jardín de infantes. Los varones tienen guardapolvos a cuadritos azul y blanco y las nenas, rosa y blanco. La maestra se ha puesto una vincha con dos antenitas que terminan en pompones y rebotan cada vez que ella se mueve. Las antenas son iguales a las del Chapulín Colorado, pero de color verde. También hay un par de madres que acompañan la expedición. Los chicos van formados de dos en dos, pero al llegar a la escalera uno grita y todos comienzan a correr. Las madres intentan calmarlos mientras la maestra de antenas verdes viene hacia la caja y acapara la atención de la chica que cobra entradas. Tiene una carta en la mano, se la muestra y lee en voz alta algunos párrafos. El guardia de seguridad, mientras tanto, habla por radio con otros guardias y protege con su cuerpo una escultura de mármol blanco que los chicos de jardín de infantes han sitiado. Con su camisa celeste, su corbata azul marino y la gorra de policía de película, el guardia parece un gigante demasiado flaco, parado allí, en medio de una masa humana que apenas le llega a la pelvis. Los chicos no le prestan atención y acarician el mármol con sus manitas.

La escultura representa a una mujer desnuda que abraza un pez. Los chicos le tocan el seno y dicen teta, teta, teta, teta. Hasta que uno dice concha, entonces todos corean teta, concha, teta, concha, teta, cocha, una y otra vez. Enseguida le agregan la palabra culo y siguen. Teta, concha, culo. Teta, concha, culo. Teta con concha con culo. Culo con tetas. Teta conchuda. Las madres los retan, pero ellos no les hacen caso.

¡Pito!, grita uno, bajito y bien rubio.

Pito con teta con concha con culo, lo siguen sus compañeros.

Me escabullo y bajo al subsuelo por las escaleras. Está desierto. Ya no se oyen los gritos de los chicos del jardín de infantes. Recorro una serie de pasillos con paredes de hormigón. En el techo hay una andanada de cañerías que de tanto en tanto regurgitan. El agua corre en su interior.

¿Angelita?, llamo, pero nadie me responde.

Encuentro una habitación iluminada, paredes blancas. En el centro hay una mesa cubierta de potes de pintura y pinceles y pinzas y lupas de diferente tamaños. El olor a acetona me hace picar la nariz. Sobre la mesa, alguien ha dejado una taza de té a medio tomar. En el techo zumban diez o doce tubos fluorescentes.

¿Angelita?, vuelvo a llamar.

Regreso al pasillo e investigo el otro extremo. Hay un baño con una canilla que pierde, una oficina también vacía, una mesa con un paquete de galletitas a medio comer. Al final, una escalera que baja. Me parece oír ruidos en esa dirección. Es una escalera en tramos. Me detengo en el segundo descanso. Vuelvo a escuchar. Creo reconocer la voz gruesa de Gripa.

Abro una puerta y me encuentro con un gran espacio vacío, de paredes altas, hormigón sin cubrir. Una cuadrícula de columnas sostiene el techo. Veo gente sentada en un grupo de sillas, pero están en la oscuridad. Lo único iluminado es una esquina forrada con plástico semitransparente, como una gran pecera de plástico. Dentro, se mueven los bailarines. Gripa camina entre ellos, apoyada en un bastón. Marca el compás.

Sentada en las sillas, reconozco a Angelita. Su perfil ha cambiado. Está más gorda. Mira atentamente lo que pasa en la pecera. Le toco el hombro y, cuando lo hago, me doy cuenta de que no me escuchó entrar. Tal vez se asuste al verme allí. Pero Angelita gira lento, como si no quisiera apartar la vista de los bailarines y no se sorprende.

Viniste, dice. Con la mano me indica que me siente junto a ella. Angelita vuelve a mirar la zona de luz. Detrás del plástico, los bailarines cruzan el escenario llevando en alto grandes astillas de madera. Se mueven lentamente y hacen girar las astillas sobre sus cabezas. Las sostienen como si fueran una ofrenda. En un primer momento me parecen que están desnudos, pero enseguida me doy cuenta de tienen mallas de color carne. En el lugar hay mucho silencio, sólo se escucha la voz de Gripa.

Uno, dos, tres, cua. Bien, lo hacemos una vez más. Vuelvan a sus lugares.

Los bailarines corren rápido y comienzan nuevamente. Sus pasos son largos, gráciles, las espaldas se les arquean.

Angelita se vuelve, me mira. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Sonríe.

¿No es bello?, me pregunta.

Digo que sí, aunque no estoy muy seguro.

¿Qué se siente? ¿Qué te pasa cuando vez esto y sabés que vos ayudaste a crearlo, que surgió de un libro tuyo?

Yo no sé qué contestar. En ninguno de mis cuentos aparecen astillas de maderas, ni peceras de plástico, ni bailarines semidesnudos.

¿Qué cuento eligió?, le pregunto.

Ni idea. Gripa me prestó tu libro pero todavía no tuve tiempo de leerlo. A ella le gustó mucho.

¿Pero no sabés qué cuento adaptó?

No me dijo. Me parece que todos. Gripa trabaja desde las sensaciones.

Ah, digo, y me quedo callado.

Angelita vuelve a mirar la pecera. Gripa ha detenido una vez más la acción. Los bailarines regresan a sus puestos y comienzan otra vez. Repiten lo que ya hicieron. Cruzan el escenario en diagonal, contorneándose con las astillas sobre sus cabezas.

Esta es la segunda parte, me explica Angelita. La primera parte es una performance grabada en video que se proyecta sobre el plástico mientras los chicos bailan adentro. ¿Querés verla?

Le digo que sí y Angelita revuelve en un gran bolso de cuero. Tarda un poco, pero al fin saca una cámara de video chiquita. La prende y abre la pantalla a un costado.

Se filmó en este mismo lugar, me explica. Durante la obra, se va a proyectar sobre el plástico desde el mismo punto en que se filmó, así coinciden los espacios. Las columnas filmadas se van a superponer a las columnas de verdad y esa parte no va a parecer una proyección. La idea es que los bailarines sean una especie de espectros, como fantasmas ¿me entendés? La filmación va a interactuar con los bailarines de verdad.

Digo que si, que entiendo. Es una buena idea.

Angelita rebobina la cinta y me pasa la cámara.

Le das play de acá, me dice, y si querés parar, este es el botón de stop.

En la pequeña pantalla de la cámara de video veo el mismo espacio rectangular, las paredes de hormigón, una mancha de humedad en una esquina. Del centro del escenario cuelga una lamparita desnuda. Sólo un foco. Enseguida pienso que es una referencia a Bacon. Nunca en mi vida vi un cuadro de Bacon personalmente, lo conozco por reproducciones en libros, pero es uno de mis pintores favoritos y me alegro de que aparezca allí.

Por un costado de la pantalla entra un bailarín. Esta vez no caben dudas, está desnudo. Por el costado opuesto ingresa una bailarina, también desnuda. Se juntan ambos en el medio. El hombre tiene una escopeta en la mano. Están los dos muy juntos, mirando a cámara. Entonces se escucha un ruido y aparece un chancho. Alguien lo ha soltado desde afuera. El espacio de la pecera está cercado y el chancho recorre los bordes. La pareja de bailarines se queda muy quieta en el centro. El chancho es un chancho grande, de color negro. De pronto el bailarín le apunta con la escopeta y le dispara. El parlante de sonido de la cámara de Angelita satura. Ha sido un estruendo importante. El chancho corre desesperado. La bailarina se abraza a la espalda del bailarín, protegiéndose con su cuerpo. El bailarín vuelve a disparar. El chancho aúlla de dolor y grita con un quejido agudo, que de nuevo satura el parlante. La bailarina saca más cartuchos de una bolsita de tela que lleva colgada de la muñeca y se los pasa al bailarín, que recarga la escopeta, apunta y dispara otra vez. El chancho comienza a perder sangre y deja un reguero en el suelo, corre más lentamente, se choca contra la pared del fondo y el rastro de su cuerpo queda marcado en rojo sobre el hormigón. En un momento, encara a los dos bailarines. Por única vez la bailarina grita de verdad. Pero el bailarín ya le dispara otro escopetazo en la cabeza y el chancho cae al suelo. Más o menos en el centro de la pecera. Entonces la bailarina saca un pequeño puñal de su bolsita y lo clava en el cuello del chancho. Sale sangre, mucha. Un foco de luz blanca brilla en ella. La bailarina se abraza al cadáver y llora a los gritos. El bailarín se pone en posición marcial justo detrás del chancho muerto. No mira el cadáver. Mira hacia adelante con ojos fríos. Por el costado de la pantalla entran ocho bailarines vestidos con ropa negra. Uno lleva un taladro neumático. Lo enciende y comienza a romper el piso de hormigón, en el centro de la pecera, delante del chancho. El taladro hace un estruendo insoportable que llena la escena. Los otros bailarines tienen palas. A medida que el taladro rompe el piso, los bailarines cavan la tierra que aparece debajo. Es una tumba. Tardan veinte minutos en acabarla. Después, entre todos, tiran el chancho a la fosa. La bailarina desnuda está cubierta de rojo. El llanto y la sangre le chorrean de los cabellos. El bailarín desnudo sigue en su posición, sin moverse. La bailarina grita, desgarrada de dolor. Extiende la mano. No quiere separarse del chancho muerto, pero ya caen sobre él las primeras paladas de tierra. Mientras se termina de llenar la tumba, por el otro costado entran más bailarines. Llevan una carretilla de cemento fresco, la vierten sobre la tierra y emparejan el suelo de hormigón. Después salen. El último es el bailarín desnudo, que en ningún momento vuelve a mirar al chancho o a su tumba.

¿Te gustó?, me pregunta Angelita cuando le devuelvo la cámara.

No sé qué contestar.

¿Lo mataron de verdad?, averiguo.

Sí, claro. Lo dopamos un poco antes para que no lastimara a los chicos. Igual viste que en una parte los quiso atacar.

¿Y lo enterraron ahí? ¿Está ahí abajo? Mientras pregunto miro a través del plástico, hacia el centro de la pecera. La marca de la tumba en el piso de hormigón se ve con claridad. El relleno de cemento es de otro tono, más claro.

Ahí abajo está enterrado, dice Angelina. Para Gripa era muy importante que fuera de verdad y que el espectador se diera cuenta poco a poco.

Desde que matamos al chancho este no es un lugar cualquiera. Tiene otra carga, es un espacio activado.

¿Estás segura de que se basó en mi libro?, digo. No hay chanchos en mi libro.

El chancho no es el chancho. Es un símbolo, me explica Angelita.

¿Símbolo de qué?

De algo que está en tu libro. Gripa lo leyó.

¿La gente del Caraffa los dejó hacer esto? Es una locura, enterraron un chancho ahí.

Gripa es amiga del director. A él le encantó la idea. Enseguida se dio cuenta de que lo del entierro era importante. También leyó tu libro, le gustó mucho.

Entiendo, digo.

Dentro de la pecera los bailarines siguen con sus astillas de madera. Las hacen volar por los aires.

Gripa los alienta a hacerlo cada vez con más fuerza.

¿Querés que llame a Gripa así hablás con ella?, me pregunta Angelita.

No, está bien, dejá, ya me tengo que ir. En todo caso, paso otro día.

Ensayamos acá lunes, miércoles y viernes a la tarde. Vení cuando quieras.

Salgo. Arriba se escucha la voz aguda de una guía, que les habla a los chicos del jardín de infantes.

El guardia no me mira al cruzar la puerta.

Una semana después la noticia aparece en el diario, en la sección de Artes y Espectáculos, no demasiado grande. Han despedido al Secretario de Cultura. Al día siguiente publica una carta de lectores en La Voz del Interior. El ex Secretario dice que a él nadie lo ha echado, que él renunció. Llamo a la Secretaría. Me dicen que por ahora se han congelado todas las actividades. Pregunto puntualmente por el proyecto Cruces y me dicen que también está congelado.

La llamo a Angelita al celular. No sabe qué va a pasar. Por lo pronto, Gripa suspendió los ensayos y ya comenzó a trabajar en un ballet nuevo que quiere hacer en el aeropuerto.

¿En el hall?, arriesgo.

No, dice Angelita. En la pista. Estamos en tratativas, parece que no va a haber problemas. Dejame que veamos cómo sigue esto de Cruces y te aviso, me dice.

Después no sé más nada. Vuelvo a llamar al teléfono de Angelita y me atiende una voz de mujer. Pregunto por ella y me explican que Angelina no me puede contestar porque está internada. Acaba de nacer su bebé. Por un momento me parece que es la voz de Gripa la que me habla del otro lado del teléfono.

¿Gripa, es usted?, pregunto pero ya han cortado.

El proyecto Cruces se suspende definitivamente. No pagan honorarios por el trabajo realizado porque el presupuesto de ese expediente nunca llegó a aprobarse.

Dejo que pasen un par de meses y marco otra vez el número de Angelita. Una voz metálica, pre grabada, anuncia que el número ya no corresponde a un abonado en servicio.

Los viejitos del departamento del frente nunca volvieron de sus vacaciones. Los ha reemplazado una pareja joven. Por unos días pensé que serían los nietos de los viejitos, porque los muebles permanecían intactos. Después, una tarde, vino una empresa de mudanzas y embaló todo, hasta las macetas con sus plantas secas. Al día siguiente los recién llegados trajeron sus cosas, muebles modernos, uno sillones de color crema, un mesa de vidrio y acero, un cuadro con una gran mancha verde. Cada mañana el hombre sale temprano, vestido con traje y corbata. La chica duerme hasta tarde. Se levanta y da vueltas por el departamento en desabillé. Lee revistas en el sillón hasta que el hombre vuelve. A la noche miran televisión. Veo el reflejo azul de la pantalla en la pared del dormitorio.

El departamento de abajo sigue desocupado. Cada vez hay más palomas.

Por el diario me entero de que Gripa estrena su ballet en el aeropuerto. Son pocas funciones, en horarios especiales, momentos en que no hay tráfico aéreo. Me cuesta conseguir entradas. Le mando un mail a un conocido que trabaja en la sección de Cultura, preguntándole si tiene. Como no me responde, lo llamo por teléfono. Hace años que no hablamos y eso lo descoloca. Podría mentirme, pero lo agarro con la guardia baja y me pasa dos entradas. Invito a un amigo, que a último momento no puede ir, así que voy solo. En el aeropuerto hay una avioneta estacionada en medio de la pista. Al frente, unas cien sillas plegables, acomodadas en fila. Nos hacen sentar allí. Se apagan los reflectores y comienza la función.

Desde la oscuridad del fondo de la pista aparece una chica, corriendo. Lleva una antorcha en la mano. Rodea la avioneta y, después de darle dos vueltas, enciende una fogata frente a la hélice. El fuego crece en la oscuridad. Durante un rato, no pasa nada y todos nos quedamos mirando el fuego, primeros llenos de expectativa, después, aburridos, o conmovidos, o lo que sea. Cuando ya casi se apaga, se vuelven a encender todas las luces. Un montón de bailarines en mallas negras rodea la avioneta. Cada uno de ellos sostiene astillas de maderas en las manos y la levanta por sobre su cabeza. Una caravana de mujeres cubiertas con mantos oscuros ingresa por la izquierda. Empuja una jaula sobre ruedas. Dentro de la jaula hay un chancho negro. No me cuesta demasiado imaginar lo que sigue. En esta versión, en lugar de enterrar el chancho muerto, los bailarines lo meten en un cajón y, por una rampa, lo elevan hasta la bodega de la avioneta. Enseguida se encienden las luces rojas que bordean la pista. Aparece un piloto que se sube a la avioneta, le da marcha, y la posiciona con la nariz mirando a la pista. Los bailarines la custodian hasta que la avioneta está alineada. Después se apartan. La avioneta acelera, se aleja por la pista, despega y se pierde en la oscuridad de la noche. Su zumbido se amortigua poco a poco, hasta confundirse con el ruido del viento y desaparecer. En la pista sólo ha quedado la jaula donde trajeron al chancho, vacía y con la puerta abierta. Gripa sale a saludar.

Todos nos ponemos de pie y la aplaudimos.

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*Federico Falco nació en General Cabrera, Córdoba, Argentina, en 1977. Ha publicado los libros de cuentos 222 patitos, 00 y La hora de los monos. También la plaqueta de poemas Aeropuertos, aviones y el libro Made in China. Entre otras, participó de las antologías La joven guardia, In Fraganti, Replicantes, Es lo que hay, Hablar de mí y Asamblea Portátil. En 2010 la revista Granta lo eligió para integrar su número dedicado a los mejores narradores jóvenes en español.

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