Dos décadas después de los crímenes perpetrados por el odontólogo Ricardo Barreda, la novísima editorial Libros de Cerca inaugura su catálogo con Conchita, el nuevo libro del periodista y escritor Rodolfo Palacios. El libro se puede comprar online a través de su página web. Compartimos, como adelanto exclusivo, la introducción: Conchita etimológica. 

Esta es una historia que puede resumirse en pocas palabras. Un día, un hombre que hasta ese día había sido inofensivo, se levanta, se mira al espejo y sabe que en pocos minutos será otro. No tendrá intimidad. Frente al espejo, ese hombre sabe que vive sus últimos minutos de anonimato. De hombre honesto que nunca ha matado. Un hombre que por el curso de los acontecimientos ocupará la tapa de los diarios y será el tema central de los noticieros. El caso de estudio preferido de psicólogos, psiquiatras y sabihondos del delito y de la mente humana. Un hombre que ha decidido matar a su familia. Un hombre como cualquier otro. Un hombre cabizbajo que dirá:

–Me decían conchita todo el tiempo. No me veían como a un hombre.

Por cosas de la vida, el apodo que supuestamente lo hizo estallar de furia de un día para el otro es el mismo que lo convirtió en motivo de burla y hasta de sorprendente idolatría.

En la Argentina, cada vez que hablan de un hombre que lava los platos, hace la cama, cocina y se ocupa de las compras, no son pocos los machistas que le dicen conchita. Hasta hay mujeres que bromean con ese calificativo.

En cambio, otros hombres enarbolan el conchita hasta lo más alto. Como si fuera un trofeo de guerra.

El conchita puede ser un descalificativo humillante. El disparador de una masacre. El dedo decidido a apretar el gatillo. Pero decir conchita también puede ser todo lo contrario. Lo dice una sexóloga: un paciente le confesó que comenzó a tener mejor sexo cuando le pedía a su esposa que le dijera conchita.

Desde que pasó lo que pasó, decir conchita es sinónimo de Ricardo Barreda.

Para los psicólogos, Barreda se reivindicó a través del crimen. Si le decían conchita, afeminado, mujer con barba, la mejor manera de demostrar lo contrario era matarlas a tiros. Y no con una pistolita, sino con una escopeta. El caño largo, brilloso, frío, ancho. Eso, dicen los psicólogos, es el falo. Es como si en los asesinatos Barreda hubiese hablado. Como si a medida que las víctimas caían una por una, como los patitos de una feria, el dentista hubiese dicho:

–Qué conchita ni conchita. Miren el falo que tengo, turras.

Hay otros que le dicen conchita por admiración. Es un coro de machos que alienta a Barreda. Acaso porque ellos no pudieron cumplir la fantasía. Conchita se animó. Aguante conchita. Conchita ídolo. Conchita viejo y peludo nomás. Conchita mía. No te mueras nunca, Conchita. Firmame un autógrafo para mostrárselo a los muchachos. Su familia también le decía conchita. Eso dijo él. La suya es la única versión. Sólo ellas podrían desmentirla, pero están muertas. Según él, lo humillaban día y noche. Conchita, andá a lavar los platos. Conchita, limpiá la casa que las tareas de mujer son las que mejor te quedan. Barré, conchita. Conchita, lavános las bombachas. Bien limpias, conchita, nada de mojarlas una vez y ponerlas a secar al sol. No conchita, así no. Conchita esto. Conchita la otro. Conchita egoísta. Conchita vago. Conchita afeminada. Conchita rebelde. Conchita al aire. Conchita sucia. Conchita aburrida.

Y mientras ellas decían conchita, él decía que sí con la cabeza. Como un perro amaestrado. Un pusilánime de manual. Eso dice él. Los jueces le creyeron.

La palabra conchita tomó otro sentido desde que Barreda la mencionó como disparador de su ira. Ser un conchita, el conchita argentino, es una de las marcas que arrastra Barreda.

Carga otras cruces. Todo aquel que mata descubre, horrorizado, que no sólo mata a su víctima. También se mata a sí mismo. No se vuelve de ese acto único y fatal. Nadie que haya matado ha vuelto a ser el mismo. Hasta cambia de cara: sus rasgos se vuelven rígidos, como una máscara funesta. Ver las fotos de un asesino antes y después de su crimen es como si se vieran las imágenes de dos personas distintas. El asesinato se adueña de la expresión de quien lo comete. Es un signo imborrable, como la marca bíblica de Caín. Esa marca que Dios le adhirió a su alma después del crimen de Abel: “Ahora estás maldito y vagarás eternamente sobre la tierra”. Los que matan, a veces, son eso: malditos que vagan sobre la tierra. No hay manera de evitar esa cicatriz. Todos los asesinos llevan su crimen en la cara.

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*Rodolfo Palacios nació el 22 octubre de 1977 en Mar del Plata. Es periodista desde 1995. Trabajó en el diario La Razón y en las secciones policiales de los diarios El Atlántico, de Mar del Plata, Perfil y Crítica de la Argentina. Colaboró en el semanario La Maga, en la revista Playboy y en el programa “Cárceles”, de Telefe. Fue subeditor de Información General de la revista Noticias. Actualmente es secretario de redacción de la revista El Guardián. En 2001 ganó la beca de perfeccionamiento organizada por la UCA y el diario Clarín, donde se desempeñó en policiales. Escribió los libros El Ángel Negro, vida de Robledo Puch, asesino serial (Aguilar), Pasiones que matan, 13 crímenes argentinos, Adorables criaturas, crónicas grotescas de ladrones y asesinos (Editorial Ross)  y coautor del libro Nora, la vida sobre patines (Editorial Corregidor, de próxima aparición). Además es autor de dos biografías de la colección “200 argentinos, vida, pasión y muerte (1810-2010)”, dirigida por Jorge Lanata para la Revista 23. Además recibió tres premios Perfil a la Excelencia Periodística por la mejor nota de Sociedad en el diario Perfil (2006 y 2007) y  mejor investigación en la revista Noticias (2011). También ganó el premio Tea en el rubro Periodista de Diario (2008) y junto a María Fernanda Villosio obtuvo una mención especial en los premios ADEPA (2011). Realizó talleres de periodismo, entre ellos el de reportajes dictado por Jon Lee Anderson para la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y el taller de crónicas y perfiles dictado por Cristian Alarcón. En la actualidad dicta cursos de crónica policial en el Centro Cultural Ricardo Rojas.

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