En el marco de un nuevo aniversario de la masacre de Trelew ocurrida en 1972, compartimos aquí la historia de “La pasión según Trelew”, uno de los grandes clásicos del periodismo argentino escrito por Tomás Eloy Martínez y publicado en 1973. Además, reproducimos cinco páginas originales mecanografiadas por TEM, con sus correcciones, que fueron una versión preliminar de esta investigación.

En la madrugada del 22 de agosto de 1972, dieciséis guerrilleros detenidos en la base aeronaval Almirante Zar, de Trelew, fueron fusilados por sus carceleros, acusados de un intento de fuga. Un poco más tarde, esa misma madrugada, mientras revisaba los últimos detalles de la edición del semanario Panorama, Tomás Eloy Martínez oyó el repiqueteo de una teletipo. Se acercó a ver qué novedad podía emitir a esa hora la agencia de noticias oficial y encontró un texto incomprensible: “Durante un fallido intento de fuga, quince delincuentes subvers ANULAR ANULAR ANULAR”. Sospechando una ejecución masiva, Martínez cambió la tapa de Panorama. “Cuando un Estado elige el lenguaje del terror, destruye todo lo que le da fundamento -instituciones, valores, proyectos de futuro- e impregna de incertidumbre la vida de los ciudadanos”, escribió entonces. El capitán de navío Emilio Eduardo Massera llamó al dueño de la empresa que editaba la revista y le exigió que se lo despidiera.
TEM viajó a Trelew para reconstruir los hechos, y al llegar se encontró en medio de una de las rebeliones populares más encendidas y secretas de la historia argentina. Ante una ofensiva militar que encarceló a un grupo de respetados ciudadanos, el pueblo se declaró en estado de vigilia y se movilizó para exigir la libertad de los cautivos.
La pasión según Trelew narra la masacre y la rebelión como una misma tragedia, uniendo documentos y personajes en un relato magnífico. Como Martínez relata en segundo el prólogo escrito en 1997, el libro apareció a fines de agosto de 1973 y alcanzó cinco ediciones antes de que, en noviembre, fuera prohibido por un decreto municipal. Más de doscientos ejemplares fueron quemados tres años después y durante la dictadura militar, la lectura del libro fue declarada “subversiva”. El libro fue reeditado con epílogo de Susana Viau.

TRE­LEW

Era una de esas ciu­da­des en las que nun­ca pa­sa­ba na­da: só­lo el vien­to. Los úni­cos te­mas de con­ver­sa­ción de los ve­ci­nos eran las es­ca­le­ras rea­les en las me­sas de pó­quer, las pe­lí­cu­las de la te­le­vi­sión y los na­ci­mien­tos de ele­fan­tes ma­ri­nos en la pe­nín­su­la Val­dés du­ran­te la pri­ma­ve­ra. Por las tie­rras ama­ri­llas del sur de la ciu­dad se des­pe­re­za­ba el río Chu­but; del otro la­do, en el pá­ra­mo, ha­bía co­li­nas ba­jas y ma­to­rra­les de mo­lles y ja­ri­llas. Na­die hu­bie­ra di­cho que Tre­lew, fun­da­da en 1865 por una ca­ra­va­na de ex­pe­di­cio­na­rios ga­le­ses, iba un día a vi­vir his­to­rias que ca­len­ta­rían la san­gre de la gen­te.

A fi­nes de si­glo, la al­dea te­nía dos­cien­tos ha­bi­tan­tes, dos pas­to­res an­gli­ca­nos, una ter­mi­nal de fe­rro­ca­rril a la que lle­ga­ban dos ve­ces por se­ma­na los tre­nes de Raw­son y un pe­rió­di­co, I Dra­fod, es­cri­to en ga­lés, que de­fen­día los in­te­re­ses de los co­lo­nos y ad­mi­tía co­la­bo­ra­cio­nes es­pon­tá­neas siem­pre que no afec­ta­sen los sa­cro­san­tos de­re­chos de la em­pre­sa fe­rro­via­ria.

En­tre 1957 y 1972, la po­bla­ción ha­bía cre­ci­do de do­ce mil a vein­ti­séis mil ha­bi­tan­tes. Al­re­de­dor de las nue­vas fá­bri­cas de te­ji­dos apa­re­cie­ron en­tre las lo­mas cua­tro ba­rria­das po­bres con ca­sas de la­tas y car­to­nes; con el tiem­po, los ope­ra­rios más afor­tu­na­dos las iban sus­ti­tu­yen­do por otras de ma­te­rial y blo­ques de hor­mi­gón, que cons­truían los do­min­gos con ayu­da de los ve­ci­nos. So­bre la la­de­ra de las lo­mas se ex­ten­dían los mo­no­blo­ques de co­lo­res y los pro­li­jos cha­lets de los ma­ri­nos que ser­vían en la ba­se ae­ro­na­val Al­mi­ran­te Zar, sie­te ki­ló­me­tros al nor­te.

El cen­tro se fue po­blan­do con fa­mi­lias que lle­ga­ban des­de Bue­nos Ai­res y La Pla­ta en bus­ca de una co­mu­ni­dad me­nos afie­bra­da por el con­su­mo. Eran mé­di­cos, abo­ga­dos, pe­rio­dis­tas, pro­fe­so­res, es­cri­ba­nos, ar­qui­tec­tos y em­plea­dos pú­bli­cos que se ha­bían har­ta­do de ha­cer mé­ri­tos só­lo pa­ra ga­nar la ad­mi­ra­ción de los ami­gos (o que ha­bían fra­ca­sa­do en el in­ten­to y no que­rían re­pe­tir­lo). “Es­te pa­ra­je es ideal”, di­ría más tar­de Ce­lia Ne­grín. “Vi­vi­mos sin fa­mi­lia pe­ro tam­bién sin pa­sa­do. Al en­trar aquí nos pu­si­mos otro cuer­po.”

Ca­si to­dos ha­bían lle­ga­do a la ciu­dad so­los, po­bres, sin in­quie­tu­des ve­ci­na­les o po­lí­ti­cas, só­lo im­pa­cien­tes por en­con­trar una ca­sa có­mo­da y una vi­da apa­ci­ble. En un par de años se con­vir­tie­ron, sin es­fuer­zo, en bue­nos bur­gue­ses aco­mo­da­dos que via­ja­ban a Bue­nos Ai­res una vez ca­da dos me­ses pa­ra po­ner­se al día con los tea­tros, los li­bros y la mo­da. Pa­sa­ban los fi­nes de se­ma­na en Puer­to Madryn o en Pla­ya Unión, jun­to a Raw­son, re­fle­xio­nan­do so­bre la sa­lud de los hi­jos, los pro­yec­tos mu­ni­ci­pa­les, la edu­ca­ción que pro­por­cio­na­ba el ins­ti­tu­to uni­ver­si­ta­rio de Tre­lew o so­bre si ya era tiem­po de cam­biar el au­to de se­gun­da ma­no por un ce­ro ki­ló­me­tro que pu­die­ra pa­sar de los 160 en los ri­pio­sos ca­mi­nos del Chu­but.

“En me­nos de un año nos sen­tía­mos pa­ta­gó­ni­cos —con­ta­ría Luis Mon­tal­to cuan­do lo li­be­ra­ron de la cár­cel de Vi­lla De­vo­to—. De­sem­bar­ca­mos sin pa­rien­tes y con po­ca pla­ta. Co­mo no dis­po­nía­mos de nin­gún me­ca­nis­mo de eva­sión, for­ma­mos pe­que­ños cír­cu­los de ami­gos: no por afi­ni­dad in­te­lec­tual si­no por esas sim­pa­tías del co­ra­zón que se ex­pli­can di­fí­cil­men­te. An­tes de ve­nir, yo no con­ce­bía ser ami­go de al­guien que no hu­bie­ra leí­do a Pla­tón o que no fue­ra ca­paz de dis­cu­tir la úl­ti­ma pe­lí­cu­la de Ing­mar Berg­man. Po­co a po­co me abrí y fui apren­dien­do que la amis­tad no es eso si­no una ma­ne­ra co­mún de mi­rar el mun­do.”

La paz era tan co­ti­dia­na co­mo las cha­cras del va­lle o los co­rra­les de ove­jas. No ha­bía me­mo­ria en Tre­lew de una huel­ga vio­len­ta, de una ma­ni­fes­ta­ción po­pu­lar, de una vi­drie­ra ro­ta. Las con­vul­sio­nes de Cór­do­ba, Ro­sa­rio y Tu­cu­mán, en ma­yo de 1969, les ha­bían pa­re­ci­do his­to­rias de otro pla­ne­ta, y cuan­do el ca­nal de cir­cui­to ce­rra­do pro­yec­ta­ba por los te­le­vi­so­res esos dra­mas in­ve­ro­sí­mi­les, los ma­tri­mo­nios se fe­li­ci­ta­ban por es­tar en la Pa­ta­go­nia re­mo­ta, al abri­go de las ca­la­mi­da­des.

Has­ta que les lle­gó tam­bién a ellos la ho­ra del so­bre­sal­to. Fue a me­dia­dos de 1971, cuan­do por pri­me­ra vez el go­bier­no mi­li­tar en­vió pre­sos po­lí­ti­cos a la cár­cel de Raw­son. La vi­da em­pe­zó a res­pi­rar de otra ma­ne­ra.

Raw­son, la ca­pi­tal de la pro­vin­cia de Chu­but, es­tá a vein­te ki­ló­me­tros de Tre­lew y no tie­ne otra vi­da que la bu­ro­crá­ti­ca: los em­plea­dos de la ad­mi­nis­tra­ción pú­bli­ca via­jan dos ve­ces al día en­tre am­bas ciu­da­des y de­jan a Raw­son de­so­la­da ape­nas ano­che­ce. Has­ta que apa­re­cie­ron los pre­sos —así, a se­cas, co­mo apren­die­ron a lla­mar en Tre­lew a los cau­ti­vos po­lí­ti­cos—, la cár­cel no sus­ci­ta­ba si­no apren­sión. Los va­lo­res se mo­vie­ron en­ton­ces de lu­gar. En la ima­gi­na­ción de la gen­te el bien y el mal em­pe­za­ron a con­fun­dir­se.

Los pre­sos can­ta­ban a co­ro ca­da vez que la po­lí­ti­ca ar­gen­ti­na da­ba un vuel­co. Na­die po­día dor­mir en Raw­son du­ran­te las no­ches de can­to. Hu­bo fun­cio­na­rios que con el pre­tex­to del ven­ta­rrón pa­ta­gó­ni­co pu­sie­ron bur­le­tes de go­ma pa­ra que la mú­si­ca no se fil­tra­ra en los des­pa­chos, y una vez hu­bo que pos­ter­gar la con­fe­ren­cia de pren­sa con­vo­ca­da por uno de los mi­nis­tros has­ta que se cal­ma­ron los es­tri­bi­llos car­ce­la­rios.

A la gen­te de Tre­lew aque­llos en­cen­di­mien­tos les pa­re­cían de otro mun­do. No sa­bían en qué ca­te­go­ría hu­ma­na cla­si­fi­car a los pre­sos; ni si­quie­ra pen­sa­ban de­ma­sia­do en ellos. Muy pron­to, Ce­lia Ne­grín lo apren­de­ría en car­ne pro­pia. Uno de sus her­ma­nos, Ma­nuel, fue con­fi­na­do en el pe­nal du­ran­te los pri­me­ros me­ses de 1972. Des­de en­ton­ces, ya nun­ca re­pi­tió an­te los ami­gos que un pre­so po­lí­ti­co es al­go que na­die tie­ne cla­ro.

An­tes de la pri­ma­ve­ra de 1971, Tre­lew se con­vir­tió en el apea­de­ro obli­ga­do de los pe­re­gri­nos que te­nían fa­mi­lia­res en la cár­cel de Raw­son. De tan­to ir y ve­nir, no tar­da­ron en anu­dar amis­ta­des con la gen­te del pue­blo. “Des­cu­bri­mos que se pa­re­cían a no­so­tros —iban a de­cir más tar­de Ce­lia y Mon­tal­to—: téc­ni­cos, pro­fe­sio­na­les, co­mer­cian­tes, con ro­pas nor­ma­les e ideas nor­ma­les. Só­lo se dis­tin­guían de no­so­tros por­que los pre­sos eran de su mis­ma san­gre y se es­for­za­ban más por en­ten­der­los. Cuan­do con­ver­sá­ba­mos, el te­ma obli­ga­do era la vi­da com­ba­tien­te que los pre­sos ha­bían ele­gi­do y las ra­zo­nes que da­ban pa­ra jus­ti­fi­car su lu­cha. Nos leían las car­tas que les en­via­ban, los li­bros que pre­fe­rían, las no­ti­cias que los emo­cio­na­ban. A no­so­tros, que es­tá­ba­mos en otra co­sa, se nos abrie­ron puer­tas des­co­no­ci­das. Así co­men­za­mos a in­te­re­sar­nos por la po­lí­ti­ca y a ima­gi­nar una Ar­gen­ti­na di­fe­ren­te de la que te­nía­mos.”

Que­ri­da ma­má —le­ye­ron en una car­ta—: No ele­gí la vio­len­cia por la vio­len­cia si­no por­que era el úni­co ca­mi­no que nos que­da­ba. Vos me co­no­cés, soy pa­ci­fis­ta por na­tu­ra­le­za. Pe­ro no pue­do que­dar­me cru­za­do de bra­zos cuan­do sé que la mor­ta­li­dad in­fan­til ha au­men­ta­do más que en nin­gún otro país del mun­do du­ran­te los úl­ti­mos cin­co años: ya es del cien por mil en Sal­ta y Ju­juy, del se­ten­ta por mil en La Rio­ja. ¿Te das cuen­ta? El go­bier­no re­pri­me cual­quier ma­ni­fes­ta­ción, por chi­ca que sea, así se tra­te de una ma­ni­fes­ta­ción que ha­cen vein­te obre­ros con ham­bre por­que no pue­den pa­gar la cuen­ta de la luz. Mi obli­ga­ción, nues­tra obli­ga­ción, es es­tar jun­to a ellos, jun­to al pue­blo, por­que so­mos par­te del pue­blo.

Se reu­nían pa­ra leer las car­tas. Le­ye­ron cien­tos de ellas, y lue­go no po­dían con­ci­liar el sue­ño.

Al mar­char­se, los fa­mi­lia­res de los pre­sos les ro­ga­ban que fue­ran a vi­si­tar­los al pe­nal y que les lle­va­ran ci­ga­rri­llos, ca­ra­me­los y ro­pa. Los pa­seos a Raw­son se con­vir­tie­ron, así, en una cos­tum­bre de los jue­ves. A la ma­ña­na, la gen­te del pue­blo par­tía en ca­ra­va­na, car­ga­da de re­ga­los, se acer­ca­ba un ra­to al mar cuan­do el tiem­po era bue­no, y lue­go es­pe­ra­ba con pa­cien­cia en la ca­pi­lla de la pri­sión has­ta que apa­re­cían los pri­sio­ne­ros. Si bien ca­da uno de ellos te­nía un pro­tec­tor en Tre­lew —al­guien que fi­gu­ra­ba ofi­cial­men­te co­mo su “apo­de­ra­do”—, ra­ra vez pa­sa­ba el tiem­po con él o ella: a me­nu­do tra­ta­ba de con­ver­sar con otro, o con dos a la vez. A fi­nes de 1971, los de afue­ra y los de aden­tro ya ha­bían for­ma­do una co­mu­ni­dad que veía el mun­do de la mis­ma ma­ne­ra: eran se­res afi­nes pe­ro a la vez eran di­fe­ren­tes. Por eso se en­ten­dían. Los que no po­dían en­ten­der ese len­gua­je se­cre­to eran los otros, los car­ce­le­ros.

Du­ran­te la pri­ma­ve­ra, los apo­de­ra­dos su­ma­ban cua­ren­ta o cin­cuen­ta. Pe­ro en no­viem­bre ya eran más del do­ble. De­ci­die­ron or­ga­ni­zar­se. For­ma­ron una co­mi­sión de so­li­da­ri­dad que re­gla­men­ta­ba las vi­si­tas y cla­si­fi­ca­ba las en­co­mien­das. An­tes de Na­vi­dad, to­das las agru­pa­cio­nes po­lí­ti­cas del va­lle es­ta­ban re­pre­sen­ta­das en la co­mi­sión y no ha­bía en­cuen­tro hu­ma­no en Tre­lew que no res­pi­ra­se con los pul­mo­nes de la cár­cel.

La fra­ter­ni­dad se in­te­rrum­pió abrup­ta­men­te el 15 de agos­to de 1972, cuan­do los pre­sos se apo­de­ra­ron del pe­nal y seis de ellos se fu­ga­ron en un avión que los lle­vó a Chi­le. “Des­de en­ton­ces se pro­hi­bió cual­quier ac­ti­vi­dad de los apo­de­ra­dos”, di­ría Chi­che Ló­pez. Sus ca­sas fue­ron vi­gi­la­das, en bus­ca de in­di­cios que de­mos­tra­ran su com­pli­ci­dad con la fu­ga. El tiem­po era so­lea­do y se­co, co­mo siem­pre: la tem­pe­ra­tu­ra lle­ga­ba a los 22 gra­dos por la tar­de, y el vien­to so­pla­ba con una man­se­dum­bre ra­ra en esa vís­pe­ra de pri­ma­ve­ra. El mo­vi­mien­to de avio­nes se ha­bía nor­ma­li­za­do en el ae­ro­puer­to: se man­te­nía la ru­ti­na de dos vue­los dia­rios a Bue­nos Ai­res y un vue­lo día por me­dio a Ba­ri­lo­che y Es­quel. El Chu­but y Jor­na­da, los pe­rió­di­cos lo­ca­les, se­guían anun­cian­do de cua­tro a seis ca­sa­mien­tos por sá­ba­do, un par de bau­tis­mos dia­rios y me­dia do­ce­na de cum­plea­ños. Pe­ro en las ca­lles la at­mós­fe­ra era de ocu­pa­ción y de si­len­cio: las pa­tru­llas mi­li­ta­res iban y ve­nían des­de la ca­rre­te­ra al cen­tro y da­ban vuel­tas al­re­de­dor de las lo­mas ba­jas que do­mi­nan la ciu­dad. Po­ca gen­te te­nía ya ga­nas de ir al ci­ne o de to­mar un ca­fé en la con­fi­te­ría Apo­lo 11, fren­te a la pla­za. Cuan­do no se veía la re­pre­sión, se adi­vi­na­ba: “Creo que el co­ra­zón nos es­ta­ba la­tien­do más des­pa­cio —di­ría Chi­che Ló­pez—, pe­ro co­mo no pen­sá­ba­mos en el co­ra­zón, no nos dá­ba­mos cuen­ta”.

Tres días des­pués de la eva­sión de­tu­vie­ron al abo­ga­do Ma­rio Abel Ama­ya, que ha­bía acom­pa­ña­do en el ae­ro­puer­to a los die­ci­nue­ve fu­gi­ti­vos re­tra­sa­dos y que ha­bía ac­tua­do co­mo me­dia­dor en­tre ellos y las fuer­zas de re­pre­sión, has­ta que se rin­die­ron y fue­ron lle­va­dos a la ba­se ae­ro­na­val. “Ama­ya sir­vió co­mo chi­vo emi­sa­rio —di­ría Chi­che dos me­ses más tar­de—. Vi­vía so­lo con su ma­dre en una ca­sa muy mo­des­ta y la Unión Cí­vi­ca Ra­di­cal era el cen­tro de su vi­da. Creo que nun­ca he co­no­ci­do a un hom­bre más bue­no y más in­de­fen­so. La gen­te se dio cuen­ta de que su arres­to era en ver­dad el de to­dos no­so­tros. Pen­sa­mos mo­vi­li­zar­nos pa­ra que lo li­be­ra­ran, pe­ro no sa­bía­mos cuál era el me­jor ca­mi­no. To­do pa­re­cía con­fu­so. El dia­rio Jor­na­da pu­so en bo­ca de un ofi­cial del ejér­ci­to la ver­sión de que Ama­ya y Ro­ber­to Ma­rio San­tu­cho, je­fe mi­li­tar del erp, ha­bían cam­bia­do al­gu­nas pa­la­bras com­pro­me­te­do­ras du­ran­te las es­ca­ra­mu­zas del ae­ro­puer­to, y no fal­tó quien las die­ra por cier­tas. Al fin re­sol­vi­mos ha­cer un ac­to de pro­tes­ta en el tea­tro Es­pa­ñol, que sa­lió ti­bio y te­me­ro­so. Así an­dá­ba­mos tam­bién no­so­tros: a mi­tad de ca­mi­no.”

Des­pués del mar­tes 22 de agos­to la vi­da y la muer­te to­ma­ron otro rum­bo. Tre­lew si­guió des­per­tán­do­se a la mis­ma ho­ra, en­tre las nue­ve y las diez; el ci­ne Co­li­seo man­tu­vo el rit­mo de dos fun­cio­nes dia­rias (o una fun­ción con dos pe­lí­cu­las, a par­tir de las 20.45); los ne­go­cios abrían y ce­rra­ban las puer­tas con la pun­tua­li­dad de la res­pi­ra­ción. Só­lo la gen­te no era ya la mis­ma ni vol­ve­ría a ser­lo.

Aun­que a fi­nes de se­tiem­bre amai­na­ron las pa­tru­llas mi­li­ta­res, la ten­sión si­guió cre­cien­do. Chi­che me con­tó que la gen­te se mo­vía con in­co­mo­di­dad y des­con­fian­za, co­mo si se les hu­bie­ra des­cla­va­do la sue­la de los za­pa­tos. Cier­ta ma­ña­na, las ve­re­das apa­re­cie­ron cu­bier­tas por unos vo­lan­tes anó­ni­mos que fir­ma­ba el des­co­no­ci­do Co­man­do San Mar­tín, en los que se leían ame­na­zas de cár­cel y de muer­te. “Agen­tes del co­mu­nis­mo in­ter­na­cio­nal, ¡tem­blad! —de­cían los pa­pe­les—. Las fuer­zas ar­ma­das ar­gen­ti­nas os ex­ter­mi­na­rán sin pie­dad.” Al pie, los vo­lan­tes con­sig­na­ban una lis­ta de quin­ce a vein­te acu­sa­dos, ca­si siem­pre miem­bros de la co­mi­sión de so­li­da­ri­dad. Los nom­bres di­fe­rían de un pa­pel a otro y eso ele­va­ba al do­ble el to­tal de ame­na­za­dos.

Las mu­je­res ba­rrie­ron los pa­pe­les a la ma­ña­na tem­pra­no, y al­gu­nos chi­cos los api­la­ron pa­ra ju­gar con ellos. Na­die les dio im­por­tan­cia has­ta el 11 de oc­tu­bre, cuan­do un avión mi­li­tar lle­gó de Ba­hía Blan­ca con tro­pas del V Cuer­po de Ejér­ci­to, que se des­ple­ga­ron pa­ra un ope­ra­ti­vo de ras­treo que du­ró cua­tro ho­ras. Vein­te per­so­nas fue­ron sa­ca­das de sus ca­mas y lle­va­das al cam­pa­men­to que se ha­bía im­pro­vi­sa­do en el ex­tre­mo nor­te del ae­ro­puer­to. Otras cien fue­ron alla­na­das, re­qui­sa­das, mo­les­ta­das y de­mo­ra­das sin otra jus­ti­fi­ca­ción que una or­den la­có­ni­ca: “De­cre­to del Po­der Eje­cu­ti­vo”.

Deja un comentario