Rodrigo Abd
Rodrigo Abd (1976) es un fotoperiodista argentino que trabaja para la agencia de noticias estadounidense AP. La semana pasada ganó el prestigioso premio Pulitzer por una cobertura de la guerra civil en Siria, premio que comparte con otros cuatro reporteros gráficos que trabajaron en el mismo reportaje.

Hace casi una década que Abd no vive en su país natal: radicado desde hace seis meses en Lima -desde donde dialogó por Skype con la Fundación TEM-, vivió durante nueve años en Guatemala, país en el que registró uno de sus trabajos más célebres, que le valió el tercer premio de World Press Photo en 2006: las maras.

De manera que los grandes premios no son una novedad para Abd. Y aunque está contento, su teléfono no deje de sonar y todo el mundo quiera entrevistarlo, sabe que tras la vorágine habrá que pasar a “otra cosa”: “yo empecé comprando un rollo en un supermercado, después fui a un diario pequeño, luego a otro más grande, me pegué todos los palos del mundo. Sé lo que es remarla desde la nada. Entiendo que esto del premio es… hasta azaroso”, dice riendo.

¿Cómo describirías los objetivos de tu trabajo? ¿Informar? ¿Crear conciencia? ¿Arte documental? ¿Una combinación de todo ello?
A través de la fotografía me gusta hacer periodismo, que también es parte de documentar. No creo que haya una ruptura entre ser fotoperiodista y documentar para la posteridad. Nosotros trabajamos en dos sentidos: la inmediatez de informar sobre un momento particular, una coyuntura, y al mismo tiempo, esas imágenes o ensayos fotográficos son parte del registro histórico de un país. En cuanto a “crear consciencia”, lo bueno de la agencia en la que trabajo es que el material es muy masivo. Lo que hacemos llega a cientos de miles de personas, dependiendo de la magnitud de la noticia, y da a conocer una parcela, una pequeña opinión, una pequeña síntesis de lo que uno, como fotógrafo, cree que ha pasado en ese momento. Ahora bien, hace mucho tiempo que el fotoperiodismo dejó de usarse sólo para llenar las páginas de los diarios. Antes, si pasaban de las seis de la tarde la foto ya no entraba. Hoy la web se actualiza a cada minuto, y eso hace que haya una distribución y una actualización impresionante y que nuestras imágenes sean muy utilizadas, lo que es también un problema, porque si hacemos una foto mala, va a ser distribuida en todos lados.

Si estás en una zona de conflicto, con peligro real para tu integridad física, ¿dónde queda la conciencia acerca de una foto buena o mala?
En una zona de conflicto cambia la velocidad con que uno hace las cosas y la tranquilidad que pueda tener, pero estando en cualquier lugar y en cualquier escenario, el objetivo es hacer la mejor foto posible; una que pueda contar lo que vos viste de la mejor manera. Si estás en el parque Saavedra de la ciudad de Buenos Aires, o en Siria, es más o menos lo mismo: la idea de querer hacer una foto que transmita un momento no cambia. Y a veces te diría que es más complicado hacer una foto en parque Saavedra que en Siria.

Aida llora mientras se recupera de graves heridas después de que el ejército sirio bombardeara su casa, sábado 10 de marzo, 2012. Esta es una de las imágenes ganadoras del Pulitzer

Tu reportaje sobre las maras de Guatemala ganó el tercer lugar en World Press Photo 2006. ¿Cómo lograste penetrar en ese mundo?
Cuando llegué a Guatemala supe rápidamente que el tema de las maras era central en los medios de comunicación, en la calle, en las conversaciones. Y como era tan central para la vida del país, pensé que era importante intentar hacerlo. Guatemala es para la agencia en la que trabajo una plaza medio olvidada; no hay una atención mediática sobre el país, y por eso yo contaba con bastante tiempo. Y ese fue el tiempo que me permitió hilvanar contactos de a poco, crear confianza, mantener reuniones en las que muchas veces no avanzaba nada, y tener un poco de suerte en encontrar algún líder de la mara que se abriera más que otros.

El Soldado, líder de la mara Salvatrucha en el barrio de Villa Nueva, besa a su hijo Castulo, Guatemala, 2003

 Querer trabajar sobre las maras no tuvo sólo que ver con su centralidad en la vida de Guatemala sino con entender el por qué del fenómeno. Y para intentar entenderlo, hay que ir sin prejuicios. Creo que eso es importantísimo: siento que muchos periodistas tienen muchísimos prejuicios frente a los temas, lo que hace que les sea imposible abordarlos realmente. No se trata de justificar a un asesino ni un asesinato, sino de hacer el esfuerzo por entender los porqués y los procesos históricos y políticos. La existencia de la mara está íntimamente relacionada con la historia política del país, con años de conflicto interno, con emigración a Estados Unidos y deportación tras el fin de la guerra, con familias desintegradas, con sobrevivir en la jungla urbana, donde hay muy pocas oportunidades laborales y ni hablar del sistema educativo. Y estos chicos organizados en la mara son también manipulados por el crimen organizado, por narcotraficantes enquistados en la misma esfera del estado y que los usan como mano de obra barata. Es muy complejo, y desde la fotografía intenté contar su historia.

 ¿Y cuando te toca trabajar en una zona a la que acabás de llegar y de la que no sabés casi nada?
Es un poco frustrante: tengo que asimilar muy rápidamente una situación ajena, donde básicamente mi conocimiento del tema es a través de los medios de comunicación tradicionales, que delinean lo que está pasando y lo muestran durante semanas y meses, y uno llega con todo eso, con esa carga encima. Esos viajes tienen que ver con lo que se llama breaking news, “noticias de último momento”: algo está pasando en algún lugar y te mandan. Y ese algo requiere que tengas que correr, que resolver el día al día, enviar fotografías en cuanto las tengas, ir al lugar de los hechos… No te podés dar el lujo de tontear por ahí a ver qué estás pasando. Vas a lo que vas. Y por eso es un poco frustrante: porque uno a veces repite estereotipos y resuelve de una forma muy rápida. Ahí aparece el desafío de tratar, dentro de la inmediatez, de hacer algo que cuente un poquito más. Por eso me tomo el trabajo -y también un poco el descaro-, de mandar, por ejemplo, fotos de vida cotidiana. Aparte del combate, que es algo que de hecho está pasando, a veces hago fotos de una panadería, de un tipo cargando bolsas de papas.

Khaled Boshala atiende un cliente en su carnicería de la ciudad vieja de Benghazi, Libia, junio 2011

Cuando estuve en Afganistán fui con la armada de Estados Unidos, como periodista “empotrado” (en inglés: embedded), donde viajás con las tropas. Intenté no sólo mostrar las operaciones militares, sino la vida cotidiana de esos jovencitos que vienen desde otro lugar del mundo y que de repente se encuentran en un desierto. Un niño de Texas de 19 años se puso contento porque la foto que le tomé salió en el diario de su pueblo, y me agradecía porque su madre lo pudo ver y saber que estaba bien. Y a pesar de que después lo retaron porque no tenía puestos los anteojos reglamentarios –gracias a mi fotos estuvo en penitencia varios días, con unas gafas puestas las veinticuatro horas–, así y todo lo contaba como una gracia, porque su mamá estaba contenta.
Así que dentro del “breaking news” intenté mostrar algo que yo creo que es importante: la vida de estos pibes que están ahí, aislados de todo, intentando entender qué está pasando, sin ninguna idea de la historia del país, ni del conflicto…

 ¿Cómo manejás el tema de saber que ese es el ejército, en definitiva, invasor?
Diré algo que no es políticamente correcto. Nos encanta decir que los gringos son unos ignorantes, es como nuestra venganza (ríe). Pero nosotros también somos muy ignorantes. Yo no sabía cómo era el ejercito de Estados Unidos, no sabía que ganaban un salario, por ejemplo. Un día un chico de Brooklyn me dijo que Brooklyn era más peligroso que Kandahar. Que a su hermana la habían querido violar, que el salió y lo acuchilló su vecino. Y me decía, además, que para ayudar a mantener a su familia -la mayoría desocupados-, tenía que hacerlo en un lugar que le permitiera tener una determinada cantidad de plata a fin de año y ese lugar era el ejército.
Así que no se trata de aprobar con esto la invasión a Afganistán o a Irak, pero sí de tener más herramientas para entender por qué ese tipo está ahí. Y nosotros deberíamos saber un poco más, intentar comprender las cosas y no sólo juzgarlas.

Soldados del 2nd Platoon Charlie Company saltan sobre el Tte. Chris Farrington de Pownal, Maine, en su último día en el cargo del pelotón en el puesto de combate de Terra Nova, Kandahar, Afganistán, domingo 18 de julio de 2010

 ¿Cómo te llevás con el hecho de no saber qué tipo de nota ilustrará tu foto?
A veces es complicado. Nosotros mandamos las fotos a una mesa de edición, con el epígrafe, que es de autoría propia. Lo pueden editar, pero la frase es del fotógrafo. Se fijan también si la retocaste mal; te pueden pedir que les mandes el raw, chequean la información, disipan dudas. Eso es un paso. Una vez que ese paso está resuelto, esa foto va al servicio. Y ya no hay control alguno: no tenés el control de lo que ponga el cliente en el título de la noticia. El único control que tenés, como fotoperiodista, es intentar, con tus imágenes, mostrar lo que creés que es interesante mostrar. Nada más.

¿Qué podrías aportar al debate acerca de la manipulación digital de la fotografía periodística o documental?
Yo no retoco tanto. La agencia no nos deja, además, retocar tanto. En la mesa de edición, si ven algo extraño, rápidamente salta. Te dicen: esto está medio raro, ¿por qué no me mandás el original? A un compañero mío lo echaron. No sólo lo echaron sino que sacaron todas sus fotos del archivo. Porque -y creo que es interesante decirlo-, hoy por hoy, con los smartphones, los iPod, iPad y todos los dispositivos que existen, una de las pocas cosas realmente de valor que tienen las agencias de noticias ya no es más la inmediatez. La inmediatez la tiene cualquiera en cualquier esquina, que saca una foto y la manda por Twitter, la sube a Facebook, o a cualquier otra red. El único valor que tienen hoy las agencias es la credibilidad. Si perdiste con eso, ya está, se acabó todo. Por eso son tan estrictos y cuidadosos.

 ¿Y cuáles son los límites de la manipulación?
Creo que lo más importante es que vos, como fotógrafo, respetes en primer lugar los elementos de la foto: en eso no hay discusión posible, aunque de hecho se han irrespetado: alguien que agrega a la imagen un tanque que no existía, o suprime a una persona de la escena porque así la foto queda mejor. En segundo lugar, hay que mantener la atmósfera de lo que viste, y que en todo caso el Photoshop te ayude a reforzar esa atmósfera, la luz, el contexto, la temperatura que existe en cada uno de los momentos que estás fotografiando. Si por hacerlo “más lindo” o “más dramático” modificás esa atmósfera que tenías ante tus ojos, y que vos sos el único que conoce, ¿quién la va a conocer, entonces? El tipo que recibe la foto en una mesa de edición o tu editor del diario, no sabe qué viste vos, no estaba ahí, no entiende la atmósfera del lugar, y está en el fotógrafo respetarla. El debate es muy necesario: si ahora podemos entender por qué es una locura que se agregue un tanque o un poco de humo a una escena, es porque en algún momento hubo discusiones acerca de eso.
Por otro lado, estamos todos muy concentrados en la manipulación digital, pero otra cosa en la que deberíamos fijarnos, y que he visto miles de veces, es la manipulación a la hora de hacer la foto: “Poné la bandera ahí”; “decile a aquel que se suba al tanque”. Es decir, no agrego un tanque, pero pongo a un tipo encima. Creo que el debate es súper amplio, porque también tiene que ver con las presiones y la inmediatez. No voy justificar la manipulación arbitraria de una imagen, pero también está bien hacer una autocrítica de nuestro medio, de que cada vez hay menos recursos para que vos cada día impactes más.

¿Algún consejo para alguien que está decidiéndose por el fotoperiodismo?
Siento que el fotoperiodismo en general está visto con demasiado glamour. En las películas, el fotoperiodista siempre aparece como un canchero que gana premios… Y en realidad es un trabajo bastante demandante, que requiere mucho sacrificio personal, mucho esfuerzo, dejar de lado un montón de cosas que el común de la gente quizá no sacrificaría.  Trabajamos domingos, feriados, tenés que bancarte que un día te caguen a palos, tenés que bancarte trabajar en las peores condiciones. Y está lleno de frustraciones; me ha pasado de trabajar jornadas muy extensas para que luego no salga nada de lo que hice, porque una noticia tapó a la otra, o porque no era lo que se esperaba.
En fin, te tiene que gustar mucho hacer esto, tenés que estar dispuesto a invertir horas, días, semanas en un proyecto. Tenés que estar interesado en aprender, en conocer la vida de los demás, en explorar rincones de la sociedad, de la vida, a los que sería imposible acceder en otro tipo de trabajo. Para mí eso es lo mejor del fotoperiodismo: estar un día en el Golf de San Isidro y ver cómo hay gente que se puede gastar miles de dólares en ese evento, y a los pocos días estar en una villa miseria. Y entender cómo esos dos mundos conviven, tratar de comprender por qué conviven. Eso sólo te lo da el periodismo.

Rodrigo Abd. Retrato con cámara de madera, Guatemala 2012

Por Ana Prieto.

4 thoughts on ““Lo único que queda es la credibilidad” – entrevista al fotoperiodista Rodrigo Abd

  1. Gran fotógrafo, sigo su trabajo en la agencia. Es de los mejores. Su trabajo de la playa de Perú, es una delicia. Sus imágenes saltan a los ojos de nosotros los editores gráficos. Enhorabuena

  2. Hola Rodrigo, Soy fiel seguidor de tu trabajo trabajo y siempre me gusta seguir a los compañeros a nivel Mundial ya sea en Afganistan, Gaza , Centro y Suramericana, Dos cosas que caracterizan a un fotógrafo, tener pasión y humildad en cada foto y ayudar a la gente como se que lo haces, Espero algún día tener la oportunidad de intercambiar palabra, y conocer mas a fondo tu trabajo, Avaro Nicolas Reyes, Ciudad de Panamá.

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