Compartimos el texto leído por Martín Caparrós en el cierre del Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2, organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes –Conaculta- y la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano –FNPI-.

MARTÍN CAPARRÓS / Foto: FNPI

Empezamos despacio. Superamos custodias y custodios, tomamos cafés, admiramos paisajes, nos empequeñecimos en la grandeza del Imperio, tomamos más cafés. Y, por fin, para empezar al fin, escuchamos a la maestra Elena Poniatowska. Que dijo que escribía sus crónicas –que empezó a escribir crónicas como La noche de Tlatelolco– porque los medios silenciaban cosas.

La maestra estableció una genealogía: crónicas fundacionales tenían un propósito fundador: hablar de lo que nadie hablaba, darle la famosa voz a los que no la tienen, esas cosas. Ya veremos –ya habremos discutido– si ese propósito sigue siendo el suyo.

La maestra, después, definió una condición: “Soy mujer, soy subjetiva y emocional”, dijo Poniatowska. Pero es muy fácil replicar su frase: “Soy cronista, soy subjetiva y emocional”. Los cronistas –tardamos en terminar de descubrirlo– somos periodistas en su verdadero femenino: subjetivos, emocionales, reivindicativos, caprichosos. Periodistas, sí. O quizá no, quién sabe. Pero yo creo que sí, y que ése es el secreto.

 

Hubo un cambio: creo que hace cuatro años, la primera vez que reunimos nuevos cronistas de indias, nuestra preocupación principal era convencernos de que existíamos, de que éramos, de qué eramos.

Tratábamos de completar la fundación y, por eso, en esos días, la discusión central consistía, más que nada, en saber de qué hablábamos cuando hablamos de crónicas, y nos dedicábamos a reconocernos los unos a los otros. Siempre pasa: cuando uno no está seguro de ser, sobreactúa. Recuerdo que eso me causó algún problema.

Entonces escribí:

 

“Dicen que son cronistas. Ponen cara de busto de mármol, la barbilla elevada, el ceño levemente fruncido, la mirada perdida en lontananza y dicen sí, porque yo, en la crónica aquella. O incluso dicen no, porque yo, en la crónica ésta. O a veces dicen quién sabe porque yo. Son plaga módica, langostal de maceta, marabunta bonsai. Vaya a saber cómo fue, qué nos pasó, pero ahora parece que el mundo está lleno de unos señores y señoras que se llaman cronistas.”

 

Yo reacciono: es lo que hago en la vida, me parece. Entonces reaccioné contra ese exceso de orgullo que se debía, supongo, a nuestra etapa adolescente: queríamos que nos reconocieran.

 

Pero pasaron cuatro años. Nos hicimos más grandes. En el medio tuvimos ese famoso éxito de estima. Se nos pasó –supongo, espero– ese síndrome adolescente. Se han publicado antologías de crónica, abundan los cursos de crónica, aparecen tesis que estudian la crónica, nos reunimos en un castillo del Imperio: ahí están las posibilidades –y el peligro.

 

Aprendimos, entretanto, que aquella función de romper el silencio ahora quedó más bien en manos de las redes sociales, de la virtualidad inmediata. Hace cuatro años la irrupción de esos medios nos problematizaba; los debatíamos, nos debatíamos, los temíamos. Ahora, tantos twits más tarde, ya no los discutimos: pensamos cómo hacer para aprovecharlos.

(Con cierta resignación a no seguir buscando, por ahora, formas narrativas propias de esa virtualidad. Ahora, en este encuentro, varios me sorprendieron diciendo que el mejor uso que podemos hacer, por el momento, de la red, es que sea un buen soporte, fácil de difundir, para el viejo texto escrito.)

 

Aquella mañana, hace tanto tiempo, anteayer, la maestra Poniatowska, al fin, habló un poco más de quiénes somos: somos lo que escuchamos, somos la confianza que hemos recibido, dijo: las historias que otros nos prestaron, con la esperanza de que las contáramos, si no mejor, a más personas.

Y ahí empezó la discusión. Tres días de discusión, rica, variada, dispersa, agotadora, interesante.

 

Creo que su síntesis es el cambio de pregunta. Ahora la principal ya no es de qué hablamos cuando hablamos de crónica; ahora sería de qué hablamos cuando escribimos una crónica.

O sea: qué queremos contar, qué nos atrae, qué mundos miramos.

 

Pero antes, para intentar saber qué vamos a contar, nos preguntamos para qué. Por qué nos tomaríamos el trabajo de hacer nuestro trabajo.

Una mesa entre tantas me sirve como ejemplo –que de eso se trata todo esto: usar una parcela de pretendida realidad para crear la realidad que uno pretende.

Una mesa, decía, de jóvenes cronistas. Toro, puertorriqueña, dice que lo hace porque quiere que su país sea un país. Martínez, salvadoreño, que su país conozca su país –y que lo cambie. Salinas, nicaragüense, que un país marginal reconozca sus márgenes –y los estreche. Pires, brasileña, que porque sí, sin vocación social; que lo que le gusta es escribir historias –aunque no sirvan para nada.

Y varios con ella: la tarea de los periodistas es contar bien una historia, dijeron muchos, y ya está.

Y varios, otra vez: que lo hacen para cambiar algo, para afirmar algo: con una meta externa.

A mí me gusta ese deseo –pero ése es mi problema. ¿Es ambicioso, vano, inútil?

O, dicho de otro modo: ¿no es mucho más agradable hacerlo si creemos que sirve? ¿Es un engaño? ¿Es mejor engañarse que no? ¿Y si fuera verdad? ¿Y si no fuera?

 

La intención se muestra, por supuesto, en la elección. En la pregunta por la historia: ¿de qué escribimos cuando escribimos crónicas?

Y la intención, insisto, puede ser solo ésa: contar bien una historia, cualquier historia. O puede ser contar bien una historia que, de algún modo, se ocupa de un problema del que uno cree que vale la pena ocuparse.

Se discute, lo discutimos. En esa discusión está, sin duda, la riqueza.

 

Aunque se corren riesgos. El peligro, dijo alguien, de caer en la tentación de armar la Freak’s Collection: una galería de raros, de singulares, de atracciones de feria. O el paseo autocomplaciente: la crónica en su formato cuando yo –cada vez mejor escrita, más compuesta. El peligro de que las maneras de la crónica se vuelvan manierismos.

Otros dijeron que eso no eran peligros sino libertades.

 

En todo caso hubo cierto consenso en huir de un empecinamiento en la miseria que ya no suele cumplir con las metas que busca, y buscarle otros modos. E insistir en contar el poder –de otra manera.

Y, entre esos poderes, uno que por aquí se cuenta mucho porque cuenta mucho: el poder de la violencia, bandas, narcos.

 

Por momentos, también, intentamos pensar para quién lo hacíamos, ahora que la audiencia se ve cada vez más, ahora que vemos leyendo a los lectores. Alguien decía que la crónica era para élites. Y quién le contestaba que los diarios también eran productos de nicho: 120.000 ejemplares en un país de 100 millones de habitantes demuestran que la cantidad no siempre es el valor determinante.

 

Y, por otro lado, otra sorpresa: hablamos de soportes, de medios para las crónicas pero ya no hablamos de los grandes medios, de los periódicos más tradicionales. Es como si los hubiésemos descartado como vehículo para nuestro trabajo; ahora nos congratulamos –yo también– por la permanencia de nuestras revistas amigas y la aparición de esos medios virtuales donde aparecen nuestros textos como si en una hoja de papel: Anfibia, Silla Vacía, FronteraD, Puercoespín, y siguen firmas.

 

Y que no hay por qué innovar en las formas de la crónica, dijeron varios: hubo cierto consenso raro en que es mejor no cambiar mucho la manera en que las crónicas se hacen, se presentan.

Y un joven ecuatoriano, Andrade: que el problema no es el género crónica y sus cambios; que la pelea es conseguir que seamos distintos entre nosotros, que cada cual escriba con su voz.

Y yo creo que eso sería, si es, una prueba de que hemos llegado a alguna parte. Digo: a un punto de partida.

 

Hubo, también –hubo sobre todo–, cruces, propuestas, contactos, más trabajo de redes. Uno de los cronistas más jóvenes me decía que ya se había conectado con tres editores con los que quizá podría hacer algo. Otros armaban libros, otros mejoraban sus páginas virtuales; la fundación García Márquez lanzó su web de cronistas, la fundación TEM su beca en alianza con Soho, más encuentros, cantidad de proyectos.

 

Son retazos, jirones de cuatro días tan acelerados que terminaremos de oír lo que dijimos en semanas, meses.

 

Me queda, en medio de todo estos restos, claro un punto menor. Nos encontramos, nos buscamos, nos encontramos algo más. Hacemos lo que muchos querrían y, mejor, lo que nosotros mismos querríamos.

Somos privilegiados. Hemos decidido hacer el trabajo que nos gusta y, a veces, incluso lo logramos.

Hacemos lo que queremos porque hemos decidido tomar el riesgo de hacer lo que queremos.

Somos privilegiados. Pero lo que vale es hacerlo, no jactarse.

Hace cuatro años me incomodó la vanidad. Es nuestro trabajo escaparnos de eso.

 

Y aquí estamos, en los 15 minutos de éxito, en los bordes de la corriente principal. A mí siempre me interesó que la crónica fuera un género marginal, siempre me interesó la crónica porque era un género marginal.

La posibilidad del centro me incomoda porque me incomodan esas cosas, cualquier centro. Pero, más allá de la incomodidad personal, lo importante es cómo esa tentación influye en lo que hacemos, en nuestras notas, en nuestras historias. Esa es la cuestión.

 

Hace cuatro años escribí que la crónica debía ser política –y definí de varias formas esa condición. Digo: la crónica puede ser femenina, caprichosa, pretenciosa, buscavidas. Digo: la crónica puede poner en crisis las formas tradicionales del lenguaje de la prensa, las formas engañosas del lenguaje de la prensa; la crónica puede cambiar el foco de lo que hay que mirar, decía.

 

Y ahora querría terminar diciéndolo de otra manera.

Digo –y creo que muchos lo hemos dicho en estos días:

la crónica será marginal o no será.

 

Nuestro trabajo, estos días, todos los días, consiste en saber qué significa marginal

y llevarlo a la práctica.

 

One thought on “Por la crónica

  1. Comparto y celebro el encuentro en el que distintos escribas discutieron sobre la crónica,historias de gente anónima,intrascendente tal vez a la que le pasan cosas tremendas o simples,que transcurren sus vidas sin que esos hechos sean titulares de los grandes medios y sin embargo valen la pena ser contados y leidos porque nos devuelven el sentido de algunas vidas, nos muestran como el hombre cada día puede transformar su entorno, o resignarse y aguantar, pero sobre todo nos cuentan qué cosas soportan y por qué clase de injusticia pasan nuestros hermanos, sin que a los que tienen el poder se les mueva un pelo.Adhiero a eso de que la crónica pertenece A UN GÉNERO MARGINAL Y ES ESCENCIALMENTE POLITICA. Un abrazo fraterno para Martín Caparrós

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