Hoy, 25 de noviembre, se cumple un aniversario de la muerte del escritor y dramaturgo japonés Yukio Mishima. Sobre “el ritual de que se sirvió para morir” escribió Tomás Eloy Martínez en el diario El Nacional de Caracas, en 1981. Reproducimos aquí el artículo completo, cuyo rescate ha sido posible gracias a la construcción del Archivo TEM.

MishimaDe pronto, sin otra razón aparente que la certeza de su genio, la obra de Yukio Mishima suscita reediciones, biografías y ensayos exploratorios sobre sus liturgias de muerte. Como nada es casual en el reino de la escritura, se podría inferir que hay secretas relaciones de parentesco entre las ficciones de Mishima y las tribulaciones de esta época: entre sus añoranzas del heroísmo feudal, la búsqueda de la pureza a través del suicidio y de las ceremonias caníbales, y por otro lado, las malsanas sensaciones de vacío que deparan estos tiempos abrumados de discursos y huérfanos de actos verdaderos.

No volveré a contar la extraña aventura de Mishima: él ya lo hizo, de manera insuperable, en Confesiones de una máscara (memorias de una infancia tiranizada por la abuela materna y trastornada por el descubrimiento de los olores y la sangre que sirven de cortejo a las luces del sexo) o en su tetralogía El mar de la fertilidad, a la que puso fin la noche antes de morir.

Allí alude a la formación de su ejército de fieles –literalmente un ejército- llamado “la Sociedad del Escudo”, cuyo objetivo era convencer a la sociedad del bienestar de que “la vida humana está en proceso de declinación y caída”.

Son suficientes, apenas, algunas fechas: la de su nacimiento el 14 de enero de 1925 en el hogar de un funcionario de principios rígidos y una noble arruinada; la de su muerte estrepitosa, el 25 de noviembre de 1970, ante un millar de soldados que lo increpaban, bajo las aspas de los helicópteros policiales y los teleobjetivos de los reporteros gráficos.

Puede que muchos recuerden el ritual de que Mishima se sirvió para morir: la extraña ceremonia que comenzó con su irrupción en el Cuartel General de las Fuerzas de Autodefensa –en Tokio–, acompañado por cuatro lugartenientes; siguió con la captura del jefe de la guarnición, y culminó con un harakiri público en el patio de honor, ante la tropa. Menos conocido es el testamento que leyó antes de suicidarse, una de cuyas frases finales decía: “No voy a hablarles de libertad  ni de democracia. NO se trata de eso, sino de la hipocresía que infama nuestro modo de vida. De la renuncia a lo que somos, de nuestra sumisión a las leyes del vacío”.

El delirio de un reaccionario: así protestaron las agencias occidentales. A la luz de nuestros códigos de conducta el testamento era, en efecto, una efusión fascista, y el asalto de Mishima al cuartel, el desplante de un insano. Pero él veía las cosas de otro modo: era un samurái fuera de época (y también fuera del espacio), fascinado por la visión de un inminente apocalipsis. Eso explica su testamento. Porque, ¿para qué quiere un hombre la libertad sino para ser él mismo? ¿Para qué la democracia sino para ejercer el derecho a vivir como cree y a sembrar en la intemperie sus pensamientos?

“Habrá un tiempo en que la carne dará testimonio de la destrucción y descomposición en que vivimos” escribió Mishima en la última página de su último libro. Ese tiempo fue para él, el día siguiente. Son ahora los otros –nosotros- los que cuentan: aquellos que siguen dando testimonio, y no lo saben. O no se atreven a saberlo.

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