Con motivo de la entrevista pública que realizará la periodista mexicana Cecilia González a los escritores Martín Solares y Francisco Goldman en la Fundación TEM el próximo viernes 23 de marzo, compartimos la necrológica que el escritor azteca escribió sobre el migrante hondureño baleado en Tapachula, Chiapas, y formó parte del proyecto 72 Migrantes.

De un tiempo a la fecha sueño un dispositivo con leones. Con variantes, pero siempre es lo mismo. En el más reciente de estos casos me encuentro en un territorio desierto, una sabana apta para la sobrevivencia animal. La acción comienza en el instante en que me veo corriendo con un grupo de gente por una especie de pasillo, a lo largo del cual están dispuestas doce habitaciones, una por cada mes del año, y en cada una aguarda un león. Podemos verlos ya que las puertas están hechas de un material transparente y al mismo tiempo tan sólido como para contener a estas moles. Hay más personas conmigo; desconocidos, sobre todo: los rostros que uno podría encontrar al salir a la calle. Somos un grupo numeroso, que corre en fila india, como para llegar al trabajo. De vez en cuando una de las puertas se abre y un león sale para devorar a alguien, provocando el pánico de quienes están a su lado. Entonces alguien le asigna un número al caído y poco a poco olvidamos su nombre. El grupo sigue avanzando y al final del día hemos dado una vuelta completa. Hoy le ocurrió a uno que estaba delante de mí. No lo había advertido, pero el dispositivo nos trata como si fuésemos un rebaño anónimo y bruto, destinado a morir. Así está hecho el edificio, de una cruel perfección. La arquitectura por sí misma no alcanza a explicarlo todo. Suponemos que está involucrada la magia, porque aquí sucede algo más: cada vez que se completa una vuelta dejamos de usar una palabra. Jamás hubiera creído lo rápido que pueden olvidarse ciertas de entre ellas, cuánto nos empobrece el perderlas de vista. Quizás eso explica porqué algunos han comenzado a berrear. Contra lo que dicen los maledicentes, no estamos cruzados de brazos. Lo hemos intentado todo en las variantes del sueño: desde escapar de la situación hasta encerrar a estos seres. Pero nadie quiere morir, las paredes son altas y nunca se nos enseñó a detenerlos. Muchos sucumben a la desesperación o al desgano. Basta reparar en que no fuimos nosotros quienes diseñamos esto, ni lo merecemos. O quizá bastó que ignoráramos la existencia de los leones durante todos estos años para que ellos se impusieran en el lugar donde están. El dispositivo es resistente y duradero. Acaso se ponga peor. En días como éste, nada que venga de la mente o del espíritu promete ser capaz de atenuar el dolor. Pero llega otra noche en que, desilusionados y exhaustos volvemos a nuestras casas y concluimos cuánta falta nos hacen una mitología, unas leyendas que hablen de aquellos que estuvieron encerrados aquí antes que nosotros y sus intentos afortunados o ingenuos por encontrar la salida.

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