Entrevista a Martín Caparrós donde el cronista menciona el Taller de Libros Periodísticos que coordina en Oaxaca, como iniciativa conjunta entre la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, la Fundación TEM y la Feria del libro de Oaxaca (México).

El texto fue escrito por Diego Rojas.  Se publicó en Infoabe el 4 de octubre de 2017.

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Se reproduce aquí abajo. 

Una vida entre aeropuertos caracteriza la cotidianidad de Martín Caparrós, que se prepara para participar del Festival Gabo que organiza la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano en Medellín, Colombia; luego partirá a Nueva York para recibir el premio María Moorse Cabot, que otorga la Universidad de Columbia a periodistas por su trayectoria y su siguiente paso en el periplo tendrá lugar en Oaxaca, México, donde brindará un taller para ocho periodistas que estén escribiendo libros en el marce de la Feria del Libro de esa ciudad y auspiciados por la FNPI y la Fundación Tomás Eloy Martínez. Unos días agitados, sin duda, pero que no perturbaron el plan de Caparrós de pasar por Buenos Aires para darse el gusto de presentar la reedición de su novela La Historia, que el autor considera la más querida de su literatura. Sin embargo, el voluminoso libro (la nueva edición que publica Anagrama tiene 1022 páginas) no había tenido tantos lectores, como contará en unos instantes Caparrós a Infobae. Pero antes contó un poco acerca del taller para periodistas de México.

-Es un taller para trabajar libros periodísticos, no es para hablar sobre qué es un libro, sino que van ocho personas de toda Latinoamérica que están con un trabajo avanzado de sus libros y entonces estamos una semana en la que cada media jornada trabajamos uno de los proyectos. Todos tienen que haberlo leído todo y discutimos materiales.

-Suena interesante, ese método de trabajo se usa en talleres literarios que trabajan novelas, pero no conocía algo así para libros periodísticos.

-Yo no vi ninguno. Además está bueno porque hacer un libro es un trabajo tan solitario en general que al poder compartirlo con ocho ñatos que están haciendo lo mismo y tienen intereses parecidos se sale de esa soledad y se discute.

-También sucede que los periodistas tienen ese resguardo con sus trabajos para no se pisen con otros.

-En este caso se promete que no se divulga nada y se discute lindo, es realmente interesante.

-Ahora viene a presentar su novela La Historia.

-Yo digo que es el libro que más me importa. Lo releí y sigo pensando así. Me parece que es radicalmente distinta a las novelas que he leído durante las últimas décadas. Muchas de mis novelas participan de la uniformidad general, pero esta no. No digo que sea bueno o malo en sí, pero sí es un dato.

-Lo que pude leer denota un trabajo sobre el tono, el lenguaje.

-Quería que fuera un castellano que le sonara extraño a cualquier hispanoparlante, no sólo a los argentinos. Que todos lo sintieran ajeno. Lo tuve que buscar mucho. De hecho, al encontrarlo, tuve que rehacer trescientas páginas que ya tenía escritas de la novela.

-Es una novela ambiciosa. ¿Le puso antes el título o después de escrita?

-No, antes. Pero por eso me pasé diez años escribiéndola y tiene esas mil páginas. Tenía que estar a la altura del título. En el año 1992 me invitaron a una semana sobre Carlos Fuentes en El Escorial, en Madrid. Había 30 escritores. Hubo un momento en que me pusieron -para ellos era el jovencito y debía tener 34 años-, a discutir con Bryce Echenique y Goytisolo. Y les decía que probablemente el peor daño que habían hecho a mi generación era habernos quitado la posibilidad de ser ambiciosos. Como ellos habían sido tan ambiciosos, nosotros como forma de rebelarnos habíamos optado por lo pequeño, por lo menor, y yo no aceptaba eso.

-Incluso en los más jóvenes también sigue existiendo el giro por la literatura del yo, que es replegarse aún por lo más íntimo.

-Nos quedamos a un metro de distancia de nosotros mismos. Creo que ese programa de ser ambicioso se refleja en la novela y en trabajos como El hambre, que intenta contar un fenómeno global.

-En el ámbito del periodismo.

-Yo prefiero llamarlo no ficción porque son géneros literarios.

-Bueno, usted es considerado uno de los maestros de la crónica en el continente. ¿Cómo cree que se lo considera? ¿Cronista, periodista, escritor?

-Probablemente haya distintos círculos. Si salgo a la calle tal vez haya gente que me haya visto en algún programa político y me considere periodista. Después habrá un círculo más restringido de quienes hayan leído mis novelas y me consideren novelista. Qué sé yo. La cuestión cuantitativa es importante. La Historia cuando fue editado salió con mil ejemplares.

-¿Solamente?

-Sí, numerados a mano por el autor. Era una edición buscadamente restringida. Creo que después Norma sacó mil más en rústica. Pero la original era de tapa dura, con ilustraciones pegadas a mano. Nos encerraron en un galpón a dos señoras y a mí durante no sé cuánto tiempo y las señoras pegaban las ilustraciones. Me di todos los gustos con esa edición. Tenía cubierta y sobre cubierta, la cubierta era verde como las obras de Borges en Emecé y tenía una cintita violeta como tenían las obras de Borges en Emecé. Y la sobrecubierta era blanca con letras blancas, así que no se veía una mierda. Ahora sé que algunos los venden en Internet. Por eso no lo leyó casi nadie y quería que saliera nuevamente. Y me parece interesante que salga en Anagrama.

-¿Cuáles son sus ocupaciones cotidianas en términos laborales?

-Escribo dos notas mensuales para el suplemento dominical de El País, de España, y dos notas mensuales para el New York Times en español. Después hago cosas… Estuve hace poco en Shangai porque salía la edición china de El hambre, estuve en un campamento de las FARC, estuve en Senegal haciendo una nota. Hago por año cuatro o cinco crónicas que me gusten y el resto del tiempo estoy en mi casa. Escribo. Pero más de seis meses por año estoy fuera de mi casa de Madrid.

-Una nota que tuvo mucha repercusión fue su nota sobre Santiago Maldonado en el New York Times. Este país parece seguir siendo muy sensible a los ataques a las libertades democráticas. Con el 2×1 se movilizaron centenares de miles, por Maldonado también.

-El artículo tenía dos ejes. Uno era que equiparar la terrible desaparición de Santiago Maldonado con un plan sistemático de exterminio como el del ejército en los setenta, que mató a miles y miles de personas, es banalizar la dictadura de los setenta. Siendo tremendo, no hay medida en absoluto. También es sorprendente ver que el gobierno de Macri tropieza una y otra vez con la misma estúpida piedra. Se ve que no consiguen entender que cuando aparece un tema de derechos humanos tienen que ocuparse. Me intriga si es por una identidad cultural de Macri y sus amigos y que realmente no les interesa por formación o si es más deliberado porque entienden que a sus electores no les preocupa el tema. Creo que debe ser una sabia mezcla. Me dicen amigos que el gobierno dice que este hecho no influye en el voto. Y quizás sea cierto. Lo cual lleva a preguntarse cómo se construye la representación política de los dos lados. Qué significa que haya 400 mil personas en la calle y eso no impacte en el sufragio. Tal vez hay que repensar lo que uno cree sobre el poder de la gente en la calle. Y sobre ciertos realineamientos. Me sorprende que habiendo pasado dos años de gobierno de Macri no haya habido modificaciones en los campos, en los sectores y que la realidad no hiciera ninguna mella en la percepción que tienen los que están a favor y en contra previamente, hay debates interesantes de autores que se preguntan si todavía sirve salir a la calle y llaman a eso “política folclórica”, que son situaciones heredadas de tradiciones de cuando eso sí tenía un peso, pero que ahora no es más que un acto de autosatisfacción que no produce efectos. No lo estoy afirmando yo, pero sí creo que hay todo un debate sobre esto.

 

-Pero 2001 produjo cambios.

-Sí, pero hay que discutirlo. Muchos aceptábamos como una verdad revelada que la gente en la calle producía cambios. Ahora hay autores de izquierda que proponen nuevas formas de organización postcapitalista, nuevas formas de producción más autónoma.

-Un poco hippies.

-(Ríe) Sí, puede ser.

-Sobre los campos que mencionaba y sus realineamientos, mucha gente que viene del progresismo o del liberalismo de izquierda, por decirlo de algún modo, puso al kirchnermo como centro de su oposición y como ese antikirchnerismo persiste, se convirtieron en macristas. No parece ser su caso.

-Lo noto. Trato de no ponerme suspicaz y pensar que lo hacen para favorecer al gobierno actual sino que de algún modo quedaron fijados en eso. Pero a veces no me sale no ponerme suspicaz.

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