La Fundación Tomás Eloy Martínez despide con gran tristeza a uno de sus grandes amigos y miembro de su Comité de Honor, Gabriel García Márquez. Compartimos con ustedes algunas imágenes y recuerdos que dan testimonio de la estrecha relación que mantuvieron GGM y TEM durante más de cuatro décadas. Una amistad personal y un respeto y admiración profesional que -como lo cuenta el artículo de TEM que reproducimos a continuación- comenzó en Buenos Aires en 1967 y no se extinguió jamás. 

GABO Y TEM

Por Tomás Eloy Martínez

Aunque todas las solapas de sus libros y las cronologías académicas informan que Gabriel García Márquez nació en 1928, lo cierto es que su certificado de nacimiento sostiene que fue un año antes, el 6 de marzo de 1927, en Aracataca, Colombia. Desde que el dato fue descubierto por el periodismo, el novelista vive en estado de sitio. Lo persiguen para que declare ya no sólo sobre la política laberíntica de su país sino también sobre algo mucho más difícil: cómo se sienten los seres humanos cuando cumplen setenta años.

Abrumado por la avalancha, García Márquez se refugió en una casa secreta de Los Angeles, California, donde no pudieron alcanzarlo los estruendos del mundo. Otra celebración, sin embargo, está amenazándolo ahora: los treinta años redondos de su novela más famosa, Cien años de soledad, con cuya publicación comenzó la enorme y devastadora fama del novelista.

Fui uno de los pocos testigos personales del nacimiento y la gloria instantánea de ese libro. No tengo otro remedio, por lo tanto, que escribir este artículo en primera persona.

García Márquez era un autor de culto, al que unos pocos centenares de lectores admiraban en secreto, cuando el crítico Luis Harss lo entrevistó en México y recomendó a la editorial Sudamericana de Buenos Aires que editara su obra completa. Como el editor mexicano de las tres novelas anteriores de García Márquez no quería cederlas a otros mercados, Sudamericana decidió entonces enviar al autor quinientos dólares como pago anticipado por los derechos de la cuarta.

ARCHIVO FUNDACION TEM
Dedicatorias de GGM a TEM.

García Márquez escribió las páginas finales de Cien años de soledad entre febrero y marzo de 1967, acosado por las deudas, sin tener siquiera dinero para sacar una copia del manuscrito. Tuvo que vender una procesadora de alimentos que era su más preciado regalo de matrimonio para poder pagar el envío postal de las quinientas páginas del libro desde México a Buenos Aires. A mediados de abril, el director editorial de Sudamericana, Francisco Porrúa, me llamó por teléfono con una voz exaltada. «Tienes que venir ahora a mismo a mi casa y leer un libro extraordinario», me dijo. «Es tan delirante que no sé si el autor es un genio o está completamente loco».

Llovía a cántaros. En la acera de la calle donde vivía Porrúa había dos baldosas flojas. Al pisarlas, me empapé. El largo pasillo que iba desde la entrada del apartamento hasta el estudio estaba alfombrado por hileras de papeles que invitaban a limpiarse los zapatos embarrados. Fue lo que hice: los pisé. Eran los originales de Cien años de soledad que Porrúa, en la excitación de la lectura, había ido dejando por el camino. Por suerte, las huellas de los zapatos no borraron ninguna de aquellas frases que los lectores de García Márquez siguen repitiendo devotamente, como si fueran plegarias.

Al amanecer del día siguiente, después de la lectura, Porrúa y yo nos pusimos de acuerdo en invitar a Buenos Aires al gran escritor. El pretexto no fue el lanzamiento de Cien años de soledad ­previsto para el 10 de junio­ sino un concurso de novela al que Sudamericana y el semanario «Primera Plana» convocaban todos los años, en agosto. García Márquez iría como uno de los tres jurados.

Primera-PLanaEn junio, el semanario ­del que yo era jefe de redacción­ dedicó su portada a Cien años de soledad, consagrándola como «la gran novela de América» con una reseña crítica que yo mismo escribí. El éxito de ventas de la primera semana había sido inusual ­ochocientos ejemplares para la obra de un desconocido­, pero se triplicó a la semana siguiente, después de la portada. Las dos primeras ediciones ­unas once mil copias en total­ se agotaron en menos de un mes. Cuando García Márquez llegó a Buenos Aires el 19 de agosto, su novela llevaba ya seis semanas al tope de la lista de best-sellers.

Su avión aterrizó a las dos y media de la madrugada. Porrúa, el poeta César Fernández Moreno y yo éramos las únicas personas que velaban en el aeropuerto, atormentados por el frío inclemente de aquel final de invierno. Lo vimos bajar con una indescriptible chaqueta a cuadros, en la que se entretejían los rojos chillones con los azules eléctricos. Lo acompañaba una mujer bellísima, de grandes ojos orientales, que parecía la reina Nefertiti en versión indígena. Era su esposa, Mercedes Barcha.

Los dos arrastraban un hambre atroz. Pretendían ver el sol del amanecer alzándose de la pampa infinita, junto a un fogón de carne asada. Y así fue. La luz del día nos sorprendió en un restaurante cerca del río de la Plata, en el que García Márquez entretenía a los mesoneros con cuentos sin fin. Por primera vez, los tres argentinos que lo acompañábamos veíamos el trópico en plena erupción.

García Márquez y Mercedes pasaron dos o tres días en el más injusto anonimato. Los argentinos seguían devorando su novela por millares pero habían olvidado el retrato de dos meses antes en la portada de «Primera Plana». A la tercera mañana, sin embargo, sucedió algo extraño. La pareja estaba desayunando en un café y, mientras observaba el letargo dela calle, vio pasar a un ama de casa que volvía del mercado, con un ejemplar de Cien años de soledad humedeciéndose entre las lechugas y los tomates frescos.

Aquella misma noche fuimos al teatro. Estrenaban Los siameses, una de las mejores piezas de la dramaturga argentina Griselda Gambaro. Entramos en la sala poco antes de que se alzara el telón, con las luces aún encendidas. García Márquez y Mercedes parecían desorientados por el despliegue de pieles innecesarias y de plumas resplandecientes. Yo los seguía a tres pasos. Estaban por sentarse cuando un desconocido gritó «¡Bravo, bravo!», y empezó a aplaudir. Una mujer lo secundó: «¡Por su novela, García Márquez!». Al oír el nombre, la sala entera se puso de pie y encendió la lumbre de una larga ovación. En ese instante preciso, sentí que la fama bajaba del cielo y se posaba sobre los hombros del novelista, como si fuera una criatura viva.

Esquela enviada por GGM a TEM pocos días después de partir de Buenos Aires.

Tres días después lo perdí de vista. Hubo que ponerle secretarias para que le filtraran las llamadas de teléfono y mudarlo de hotel para que los lectores lo dejaran descansar. La penúltima vez que lo vi en Buenos Aires fue para indicarle en un mapa el rincón secreto del bosque de Palermo donde podría, por fin, besar a Mercedes sin que lo interrumpieran. La última fue en el aeropuerto, cuando los dos regresaban a su casa de México, abrumados de flores. El iba cubierto por una gloria que desde entonces sería como su segunda piel.

Hay que entender entonces por qué García Márquez no quiere celebrar sus setenta años ni cualquier otro aniversario que le recuerde el movimiento del tiempo. En 1967 la fama lo alcanzó como un rayo y desde entonces no hay medida del tiempo para él. Todo lo que vive está suspendido en la pura eternidad. gabriel-garcia-marquez-Congreso

3 thoughts on “Los cien años de García Márquez

  1. Justo esd ecir que Garcia Márquez ya había hecho conocer el argumento y fragmentos de la novela a sus amigos más cercanos, y que les leía parrafadas enteras en su casa de Mejico a medida que la iba escrbiendo.- Carlos Fuentes había escrito en un periódico una elogiosísima crítica sobre lo que estaba escribiendo GGM.- De hecho, el conceso unánime de los que conocieron partes del manuscrito, antes de su publicación, era que estaban ante una Obra Maestra.- El más convencido era GGM.- Un gran saludo-

  2. Es maravilloso releer esta crónica de Tomás Eloy Martínez hoy, cuando se cumple el primer día en que ambos están nuevamente juntos, en algún lugar. Gracias a Uds. puedo agregarle ahora la dedicatoria de García Márquez a Tomás Eloy en el que aquel se autotitula: “del que no escribió Santa Evita”. Mejor escrito, imposible.
    Un fuerte abrazo desde Mendoza.
    Dante.-

  3. Fue un genio de la narracion, una mente brillante que nos hace mucha falta a los colombianos, pero nos legaste toda tu sabiduria. Muchisima falta nos haces y todos estamos orgullosos de tu legado. Por siempre viviras en nuestra memoria por tu obra cumbre con la cual le diste grandeza a nuestro pais. Otro igual a ti no nacera en estas tierras porque no hacen sino imitarte sin ser originales. En donde quiera que estes te recordaremos y echaremos de menos. Lo unico que hacemos los colombianos es releerte a diario como un homenaje a un grande. Adios por siempre genio.

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