Compartimos La pobreza es un cliché, una crónica de Martín Sivak que se publicó en la revista Surcos de América latina.

Martín Sivak / Foto: Alejandro Santa Cruz - Revista Zoom

“No sé si irme a esquiar a Las Leñas, pasar el fin de semana en Nueva York con mi amigo Tobin o directamente irme a la mierda, aunque tampoco sé bien dónde queda”, gruñó Sean Paul Langan.
Tenía un café con leche en la mano, tres churros de chocolate esperándolo en el plato y un malhumor insoportable. Era una helada tarde de julio de 2002 y Langan, en ese primer encuentro en la cafetería del Hotel Castelar de Buenos Aires, creía tener muy buenas razones para estar furioso: había pasado cuatro meses en la capital argentina filmando a piqueteros, caceroleros, funcionarios, políticos, enviados del Banco Mundial y del FMI, pero no tenía claro cómo continuar su documental. Desde su oficina en Londres lo taladraban con ultimátums y se había peleado con casi todos sus jefes. Había llegado unas horas tarde al golpe de Estado contra Chávez en Venezuela y ahora estaba harto de todo. Él mismo incluido.“No sé si irme a esquiar a Las Leñas, pasar el fin de semana en Nueva York con mi amigo Tobin o directamente irme a la mierda, aunque tampoco sé bien dónde queda”, gruñó Sean Paul Langan.

Langan tiene 38 años, pero no siempre. Después de las diez de la noche, en las veladas largas, cuenta sólo hasta 34 ó 36. Es canoso, parlanchín, paranoico, chistoso, egocéntrico y de una rigurosa impuntualidad. Más de diez veces sus ocasionales entrevistados -entre ellos algunos presidentes- le habían repetido la misma frase: “Como usted es inglés, lo esperamos con algunos minutos de antelación”. La impuntualidad, replica él, tendrían que rastrearla en su árbol genealógico: madre portuguesa y padre irlandés. Tiene, eso sí, algunos toques muy ingleses: ser un clásico antihéroe y un generador de situaciones absurdas. En una fiesta de lo que él llama “el ambiente groovie de Londres”, Mick Jagger se acercó para conocerlo y averiguar qué estaba preparando. Langan respondió que una serie documental sobre América Latina, y agregó una pregunta poco afortunada: “¿Y tú qué haces?” “Canto”, le contestó Jagger.

En los últimos cinco años Langan ha estado realizando documentales para la BBC. Empezó con los video-diaries: la TV estatal proporcionaba cámaras pequeñas y fáciles de manipular para que soldados, amas de casa u otra gente de a pie se animaran a filmar sus vidas. Langan pidió una cámara sin saber usarla. Lo suyo, durante los diez años anteriores, había sido el periodismo gráfico: escribió en The Guardian, fue corresponsal en la ex Unión Soviética para The Independent y trabajó como free-lance reporteando sobre nuevas tendencias y haciendo crónicas de viaje.

La BBC le dio a Langan unos pocos dólares para que contara la historia de unos rehenes en Cachemira, la región que comparten -o se disputan- la India y Pakistán. Su documental fue muy elogiado por la prensa. Después vino una serie sobre el Islam. Estuvo en Irak, Israel, la franja de Gaza, Egipto, Pakistán otra vez, y Afganistán. Las dos horas de Té con los talibanes le dieron notoriedad, y más aún a partir del 11 de septiembre de 2001.

Después de los ataques a las Torres Gemelas, la BBC y el Canal 4 de Londres se peleaban por los servicios de Langan. El Canal 4 llegó más lejos con su propuesta económica: 600 mil dólares por tres episodios de 48 minutos cada uno. Aunque el tema que él les propuso no los convencía -el impacto de la globalización en América Latina, un viaje desde la crisis argentina hasta los “mojados” que cruzan de México a los Estados Unidos-, lo querían a él. Langan vio por televisión la caída del presidente Fernando de la Rúa y se rió en voz alta de la cobertura que le dieron al hecho las cadenas internacionales:

-De las protestas en la Argentina -explica-, el público europeo sólo recibió imágenes de actos violentos protagonizados por marginales. Pero lo primero que yo vi, frente a la puerta de un banco, fue a una señora con anteojos Gucci que abría su cartera Christian Dior, sacaba un aerosol y prolijamente escribía “chorros” en el frente. No comparto la idea de que a los jóvenes no les interesa la política. El tema es que se sientan tratados como personas inteligentes.

Lo primero que le impresionó de la Argentina fue que los taxistas, los viejitos de las plazas y hasta las señoras que limpiaban su cuarto en el hotel supieran el nombre de las autoridades del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. En Londres solamente los economistas especializados saben quiénes son.

Langan hizo guardia en el Sheraton de Buenos Aires hasta encontrarse cara a cara con el indio Anoop Singh, enviado del FMI. Al saber que se trataba del Canal 4 de Londres, Singh fue todo lo simpático que no había sido con los periodistas argentinos. Y dejó de serlo apenas oyó la primera pregunta: “¿Por qué los argentinos deberían escucharlo, si el FMI no ha resuelto la crisis de Indonesia y, muy por el contrario, profundizó la recesión?” Singh respondió, primero, con un largo silencio. “Lo hablaremos en su momento”, remató.

Más incómodos se mostraron otros funcionarios del Banco Mundial y del FMI, a quienes Langan sorprendió después de un excursión de compras por uno de los centros comerciales de Buenos Aires: “Qué buenos precios hay aquí, ¿no?”, les dijo. “Sí”, contestó feliz el que lucía un sombrero de cuero marrón y una bolsa con regalitos.

Les pidió el nombre de tres argentinos famosos. “Gardel y Maradona”, dijo uno. Otro reprendió a su compañero: “Vas a perder tu trabajo si hablas con la prensa”. Un tercero, argentino, dejó mudo al documentalista inglés: “Susana Giménez”.

Más tarde, en un bar, Langan entrevistó a uno de los responsables para América Latina del Banco Mundial. El diálogo fue tenso y artificial. “¿La pobreza es un cliché?”, preguntó el documentalista, esperando un “no” rotundo. El funcionario dijo: “La pobreza es un cliché. Efectivamente”.

Con un churro en una mano y uno de sus cincuenta cigarrillos diarios en la otra, Langan me confesó, en nuestro encuentro del Hotel Castelar, que con su documental quería demostrar que la pobreza, precisamente, no es un cliché.

“Debemos seguir el viaje de Ernesto Guevara en moto, el que hizo en los años 50, y después se nos va a ocurrir qué hacer”, propuso.

Encendió su cámara en un hospital de Bariloche donde no había ni siquiera gasas. Filmó caras hambrientas alrededor de las ollas populares de La Matanza, en las afueras de Buenos Aires. Después quiso viajar hacia el norte argentino. “¡Estos es Kabul, estos es Kabul!”, diría excitado tiempo después. Recorríamos un asentamiento de chozas de lata en las afueras de Salta, donde los niños miran dibujitos de South Park colgados ilegalmente del cable, los adolescentes se matan jugando a la ruleta rusa y los viejos se pelean con los perros por restos de comida a medio podrir: “¿Dónde está el Estado?”, se preguntó Langan arriba de una montaña de chatarra, desperdicios y mierda. “¡¿Dónde está el maldito Estado?!”, volvió a gritar. Langan es hijo del thatcherismo inglés. Votó por Tony Blair y sentía cierta afinidad con el neolaborismo, pero nuestro viaje lo radicalizó: terminó furioso con los Estados Unidos, con los organismos de crédito inter-nacionales, con las grandes corporaciones y con la famosa “globalización”, una de las palabras que más le escuché pronunciar. En uno de los dos intervalos de nuestro viaje, voló a Londres para el nacimiento de su primer hijo: le puso Luc Che Langan. Tony, jamás.

Después de Salta cruzamos a Oruro, Bolivia, en un tren que atravesó 500 kilómetros en dieciocho horas. Nos recibió el estruendo de los cartuchos de dinamita. Los mineros se habían tomado la ciudad reclamando por la renacionalización de las minas de Huanuni. Protestaban contra la empresa inglesa All Ideals porque ésta no había cumplido todas las promesas que les había hecho años atrás, y porque -según sus detractores- se había llevado las enormes riquezas naturales del distrito minero a cambio de casi nada. Un buen negocio.

“¡Muerte al gringo!”, aullaron los mineros al ver a Langan. Le escribí apresuradamente una frase en español para ayudarlo a disuadir a eventuales agresores: “Vine aquí para conocer su lucha”. Langan casi no habla el español y en los primeros dos intentos se confundió: “Vine acá y no luchan”, farfulló. No pasó nada, pero el inglés se ofendió cuando no lo miraron a los ojos al estrecharle la mano.

“Queremos que haya mil Bin Ladens”, nos dijo sin arrugarse un dirigente minero que admiraba a León Trotski. Esa frase del trabajador boliviano hizo que invitaran a Langan, un par de meses después, al talk-show de Oprah Winfrey -el más visto de la televisión estadounidense-, que esa noche planteaba una pregunta inquietante: “¿Por qué nos odian tanto a los norteamericanos?”

Sean Langan no volvió muy contento del talk-show, porque le dieron poco tiempo para hablar y le negaron un boleto en business-class. “Los mineros fueron más hospitalarios”, refunfuñó al saludarme. En Oruro terminamos festejando la nacionalización de las minas entre petardos, alcohol y hojitas de coca compartidas con los trabajadores. Competimos, Langan y yo, por el cariño de una mujer minera que lucía dientes de oro, pero ella prefirió al mejor amigo que Osama tiene en Oruro.

La ruta del Che Guevara, en todo caso, pasó al olvido cuando Langan se topó con un dirigente cocalero que disputaba voto a voto la presidencia de la república: Evo Morales, líder del Movimiento Al Socialismo (MAS). Un mes antes, el entonces embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha, había dicho que, si Morales ganaba, Washington suspendería toda ayuda a los bolivianos. Evo le respondió a Rocha con un regalo: unas hojitas de coca para que masticara en los festejos del 4 de julio, día de la Independencia de los Estados Unidos.

Cuando llegamos a La Paz, Morales nos atendió en el bar del Torino, un hotel de mochileros de tres o cuatro dólares la noche. A la mañana siguiente le propuse que fuéramos a la puerta de la embajada de los Estados Unidos para grabar la entrevista.

-¿Nunca fuiste a la embajada? -le pregunté.

-No -dijo él.

Morales perdió la elección en el Congreso. El líder cocalero se transformó entonces en el principal opositor a Sánchez de Lozada, quien el 17 de octubre de 2003 renunció a la presidencia de Bolivia ante una rebelión popular que golpeó las puertas del Palacio Quemado en protesta por un paquete de estrictas medidas de ajuste y por la venta del gas a los Estados Unidos vía territorio chileno. Horas después, el impredecible Hugo Chávez llegaba a La Paz invitado a la asunción del mando de Gonzalo Sánchez de Lozada. El presidente venezolano alentó a Morales en el breve encuentro que tuvieron a pocos centímetros de la incansable cámara de Langan: “La revolución lleva tiempo, tienes que tener paciencia. Para hacer una revolución hay que tener paciencia”. Y acto seguido citó la Biblia.

Juan del Granado, alcalde de La Paz, nos presentó a Chávez en una reunión convocada en su oficina. El jefe de Estado no vaciló: “Los invito a Venezuela”, nos dijo, “vénganse lo antes posible a Caracas”.

Langan estaba impaciente: decidió volar de La Paz a Miami y de Miami a Caracas para llegar cuatro horas antes que haciendo lo que era una combinación más sensata: La Paz-Lima y Lima-Caracas. Tenía miedo, claro, de perderse un golpe de Estado. Así, llegamos a una Venezuela quebrada implacablemente entre chavistas y antichavistas.

El último sábado de agosto de 2003, el líder habló ante cien mil personas en uno de esos actos maratónicos que lo caracterizan. Después del discurso, a las ocho de la noche, entró al salón Sol del Perú del Palacio de Miraflores, donde Langan y yo lo esperábamos para la entrevista formal.

-Hola, muchachos, disculpen la demora -dijo Chávez, y pidió un “negrito”, el café cargado que junto a las duchas rápidas y los caramelos de coco lo mantienen trabajando sin pausa de lunes a domingo, hasta las dos o tres de la mañana.

Nos sorprendió el despliegue de seguridad que funciona, incluso, dentro del palacio de gobierno. Hasta la latita de Coca-Cola de Langan fue analizada por el responsable de detectar explosivos.

Langan quiso preguntarle a Chávez sobre sus referentes internacionales, ya que ése ha sido un terreno accidentado para el presidente venezolano: en China dijo que su revolución era la hermana menor de la de Mao; después elogió a Fidel y a Gadafi, y alguna vez declaró sentirse cercano a Blair.

-¿De quién se siente realmente cerca, presidente?

-Cada revolución tiene sus particularidades. Nosotros nos sentimos la hermana menor de la de China. En lo social, la nuestra tiene objetivos muy parecidos a la revolución cubana, como elevar los niveles de salud, educación y deportes. Nuestra revolución es un camino propio para romper con el neoliberalismo y presentar un camino alternativo, después de la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética.

-¿Qué posición deberían adoptar los estados latinoamericanos en relación a los planteos del FMI y otros organismos de crédito internacionales? -le pregunté.

-No creo ser yo el más indicado para dar sugerencias.

-¿Pero qué piensa?

-Te hablo por Venezuela. Nosotros recibimos misiones del FMI y del Banco Mundial. Nosotros oímos, analizamos, pero como gobierno soberano no aceptamos sus recetas. Elaboramos nuestras propias recetas para nuestros males. Porque nadie mejor que nosotros va a conocer las raíces y las causas de nuestros males.

Langan dice que a él no le gustan las entrevistas formales. Que no sabe preguntar ni -mucho menos- repreguntar. Le gustan los momentos distendidos, como cuando el presidente practicó su inglés con él. O cuando, después de la entrevista, nos invitó a Los Roques, una versión venezolana del paraíso.

-Vénganse conmigo al “Aló, Presidente” -dijo Chávez, refiriéndose al programa televisivo-radial que cada domingo conduce en distintos lugares del país.

Ese domingo se transmitió desde el estado de Trujillo, en los Andes venezolanos. El gobierno instaló el miniestudio de televisión en medio de un ingenio azucarero perteneciente a un gallego fascinado por la revolución bolivariana. Miles de personas se agolparon en las rejas de entrada. “Alerta, alerta, alerta que camina/ la espada de Bolívar por América Latina”, cantaron hasta quedar roncos. El presidente habló durante cinco horas, atendió llamados de los oyentes, y al recibir a una delegación progresista de San Francisco cantó Imagine de John Lennon. Presentó el trabajo de sus ministros y disertó sobre las características del jugo de la caña de azúcar.

Del ingenio al aeropuerto, miles de chavistas lo acompañaron en una caravana interminable. En la pista de aterrizaje lo esperaban soldados formados -algunos camuflados- y oficiales del ejército. Chávez se dio un rato largo para saludarlos uno por uno. En una pequeña libreta tomó apuntes. En la pista lo esperaba también su flamante airbus: en su interior tiene un dormitorio que ha despertado las más variadas fantasías de los antichavistas, un business-class con una acuarela de Bolívar, y una clase turista para treinta personas donde predomina la cuerina blanca, con detalles en dorado. El airbus bolivariano tiene un cierto aire saudí, por así decir. Y ahí viajamos.

Antes de despedirnos, le hice al presidente la última pregunta:

-Hace unos días usted dijo que se quedaría hasta el 2013. ¿Por qué quiere quedarse tantos años más?

-¿Por qué? Bueno, no es que yo quiera. Siento que es una obligación. Además, es una posibilidad que está en la Constitución. Tenemos que trabajar muy duro hasta el 2006, nos quedan cuatro años. Estamos haciendo el piso, hay que construir las paredes de la nueva casa, de la nueva patria. Entonces vendrán seis años más, y entregaré el poder en el 2013. Y en el 2013, Dios sabrá, pero yo no tengo la obsesión de ser presidente. Ya te lo he dicho: soy un soldado y un servidor público.

Sean Langan ha leído a Graham Greene, y quiso saber -desde que llegó a América Latina- qué hay detrás de las embajadas de los Estados Unidos. O, mejor dicho, si es cierto que las embajadas están detrás de casi todo, como había leído en sus libros de izquierda.

Dos días después del segundo encuentro con Chávez, conocimos a un funcionario de segundo nivel de la embajada de los Estados Unidos en Caracas. Fue en el Centro San Ignacio, un shopping en Altamira. Los antichavistas compran allí durante el día y en la noche atiborran bares y restaurantes para divertirse. Era un funcionario treintañero, de anteojos y sonrisa fácil, que se parecía bastante al entrevistador peruano Jaime Bayly. Al quinto Cuba Libre hizo su catarsis:

-Nos equivocamos al elegir a Carmona para el golpe -de abril de 2002, un fracaso-. Nosotros queremos solamente que el capitalismo funcione aquí, que los venezolanos puedan hacer dinero de buena ley. Pero a veces este país es tan bananero Todos ellos -señala a los clientes del San Ignacio- se merecen a Chávez por treinta años más.

En nuestro último día en Caracas, nos instalamos frente a la puerta de la embajada. Langan pensaba hacer un chiste a cámara sobre los norteamericanos. Ni bien pisamos la cuadra, nos rodearon cinco agentes de seguridad. Después llegó un funcionario del Departamento de Defensa montado en una scooter. Sonriendo, Langan le dijo:

-Sólo quería decir que en este lugar se preparó un golpe de Estado.

El funcionario se rió.

-De todos modos, éste es un país libre y puedo filmar -siguió el inglés.

-Es un país libre por el momento -“right now”, dijo el estadounidense.

Había sido otro funcionario de la embajada, aquella vez en La Paz, quien nos dijo, off the record, lo que la Administración Bush deseaba para este continente: “Queremos gerentes, viene la ola de gerentes. Como Fox, como pudo haber sido Carmona, como puede ser Sánchez de Lozada. En algunos años más los políticos tendrán que buscar empleo”.

Envalentonados por esta cadena de episodios con funcionarios estadounidenses, pedimos a la embajada en La Paz una entrevista con el entonces embajador Rocha. La respuesta, enviada por fax a Londres, fue graciosa: se lee una anotación favorable sobre el pedido de entrevista -“suena interesante”, dice-, pero está tachada, también a lápiz, con un lapidario “olvídenlo”.

Y lo olvidamos.

Meses después, y antes de empezar la tercera parte del documental -Honduras, Guatemala y México-, Langan expresó su perplejidad frente a la cámara:

-Ninguna embajada de los Estados Unidos me concedió una entrevista, los miembros del Banco Mundial y el FMI no me dan la información que les pido. Tampoco sobre el Plan Puebla-Panamá. Todas estas instituciones pertenecen al Occidente de los valores democráticos, pero en la práctica las veo demasiado lejos de esa palabra.

Apagó la cámara y me preguntó: “¿Tú crees que nos están siguiendo?”

La paranoia de Langan comenzó con sus coberturas en la ex URSS, se agudizó gracias a los chistes del servicio secreto indio, las expulsiones de Afganistán y el mes que pasó de incógnito en Zimbabwe. Una noche entré a su habitación en San Pedro Sula, en Honduras, y lo sorprendí desarmando el aparato del aire acondicionado para esconder los casetes de video.

-Es que Chiquita -la empresa bananera- quizás ya informó al gobierno y pueden venir a secuestrar el material.

El “material” no ayudaba a la empresa bananera. Llegamos a Honduras con la idea de contar cómo esa nación pasó de ser un enclave bananero a un país de “maquilas”, esas enormes factorías donde reina la extrema flexibilidad laboral. En Chiquita había un gran conflicto entre los trabajadores y la empresa, que quería despedir a unos dos mil.

Recorriendo las plantaciones, con el sol encima, pudimos sentir el olor insoportable de los pesticidas y vimos los ojos heridos de los trabajadores. A uno de ellos, que llevaba treinta años en los campos, Langan le hizo una pregunta que me incomodó:

-¿Usted ha sido feliz?

-No, no he sido feliz.

En esos campos los trabajadores nos preguntaban a cada momento cómo cruzar a los Estados Unidos. Y en medio de esos campos está la sede de Chiquita y su campo de golf. Hasta allí nos condujo uno de los abogados de la bananera: un gordito que hablaba un inglés nasal y que nos creyó amigos de la causa de su empresa.

-¿Sabe lo que pasa? Nosotros equipamos a los trabajadores para que usen sus trajes de protección contra los pesticidas, pero ellos no quieren usarlos.

Era una mentira grosera. Almorzamos pescado caro, en el restaurante caro que da a los campos de golf. El abogado nos dijo: “Me encantaría que conocieran lo bien que están nuestros trabajadores”.

Más tarde cruzamos toda Guatemala en taxi. Hicimos base en Antigua, esa ciudad que los autodenominados “viajeros” rechazan por creer que está disfrazada para el turismo. Tanto a Langan como a mí nos molestaron los mochileros premunidos de guías Lonely Planet para viajar barato, su pintoresca exaltación del sufrimiento y su desprecio por los que no pernoctan en hoteles sin estrellas. Langan sabía cómo herirlos. Les preguntaba si eran turistas o si estaban trabajando. “No, somos viajeros”, respondían. “Entonces son turistas”, remataba él.

En Guatemala, Langan quiso detenerse en las plantaciones de café. Tenía algunos reportes sobre la crisis del café provocada, entre otras razones, por los subsidios estadounidenses que no permiten la comercialización de la producción guatemalteca. Durante el recorrido por las plantaciones nos topamos con las voces adultas de la protesta, pero sobre todo con los niños. Con sus risitas traviesas y sus manos curtidas por la cosecha.

-Esto es trabajo infantil -murmuró Langan, conmocionado.

Un jornal diario de esos niños equivale a la taza de café que Langan toma en su casa de Notting Hill. Mirando la cámara, les habló a los que saborean el café sin saber de dónde viene. El trabajo infantil quiebra a la mayoría de los europeos. El barro de las plantaciones propone una discusión más compleja sobre la necesidad que tienen las familias -para subsistir- de llevar a sus hijos, una o dos veces a la semana, a recoger los frutos rojos del café. Pero Langan no estuvo dispuesto a esa discusión.

Desde las plantaciones, cruzamos a Chiapas, en el sur de México. Langan quería con-versar con el subco-mandante Marcos, que lleva más de dos años sin conceder entrevistas. O, al me-nos, cruzarse con algún guerrillero. Los imaginaba montados a caballo y armados. Pasamos allí, en total, veinte días, a la espera de una respuesta. Pero Langan tuvo que conformarse con ver a los zapatistas en los pósters y las camisetas que se venden en las tiendas de San Cristóbal de las Casas. Mientras esperábamos una respuesta de los zapatistas, volamos a la selva lacandona para conocer a los damnificados del Plan Puebla-Panamá (PPP).

Impulsado por el presidente mexicano Vicente Fox, el PPP es un megaproyecto para crear infraestructura. Según sus detractores, favorece a las grandes empresas interesadas en realizar inversiones en América Central, y perjudica al medio ambiente y a cientos de pueblos originarios que deberán dejar sus tierras para permitir la realización de las obras. Casi nos matamos: la avioneta tenía ya treinta años, había viento, llovía, las montañas eran altas y en la selva no aparecía un claro donde aterrizar. Además, el piloto estaba borracho.

Nuestro último destino fue la frontera con los Estados Unidos. Mejor dicho, un punto en los más de dos mil kilómetros que separan a México de su vecino del norte.

Por miles, por decenas de miles, los jóvenes norteamericanos cruzan hacia el sur la línea de San Diego para llegar a Tijuana. De este lado del mundo, pueden quedarse ciegos tomando Margaritas. El gramo de coca se consigue a veinte dólares y la motita no es más cara que un boleto de autobús. El menú de oportunidades incluye los table-dance, a veinte dólares la canción en un reservado protegido por cortinas. Es el pasatiempo favorito de los marineros de la base naval de San Diego, donde está anclada media Flota del Pacífico. “Bienvenidos a América”, me dijo Dulce, la chica más solicitada en uno de los table-dance (omito su nombre porque me trataban de “mister” y no creían en mi argentinidad). En el reservado, detrás de las cortinas y a cambio de mis veinte dólares, me contó que le encanta darles clases de geografía a los gringuitos mientras los masturba.

-Son tan ignorantes que, cuando cruce a los Estados Unidos, me voy a ofrecer como profesora en esas universidades adonde dicen que van.

En Tijuana todo consiste en pasar o no pasar. Se pasa por los motivos más raros. “Cruzo a comprar leche para mis hijas y comida para el perro, porque no come comida mexicana”, nos dijo el corresponsal de La Jornada en Tijuana, Jorge Cornejo. “Voy para ver algunos partidos de fútbol (americano) y hacer algunas apuestitas”, nos dijo uno de los responsables de Migraciones del Estado mexicano, quien -por razones obvias- pidió no ser nombrado. “Cruzo a retirar los últimos dólares que nos dejó la productora”, dirá a su vez Langan, unas horas después de romper el teléfono del hotel tras una discusión con su productor ejecutivo.

Nos importaban los que cruzan ilegalmente a los Estados Unidos. Habíamos escuchado, desde Buenos Aires a Ciudad de México, a cientos de latinoamericanos que soñaban con llegar de algún modo al otro lado. Pasamos un día en el desierto de Tecate junto a los Beta, una fuerza especial del Estado mexicano -sí, del Estado mexicano- que asiste a los que van a cruzar de manera ilegal. Les dan agua, los orientan para que no los mate el sol o la sed, y persiguen a los “coyotes”, los “cuentapropistas” que cobran para cruzar a los inmigrantes. Esta fuerza ha sido objeto de más de una denuncia por abusos varios, pero con nosotros fueron simpáticos. En medio del desierto nos topamos con dos desahuciados que pensaban llegar a los Estados Unidos con un poco de agua y unas latas de comida. “Vamos a las cosechas”, explicó uno al pasar, y no quisieron seguir con la charla para guardar energías. Los tratados de libre comercio y el ALCA han generado un vasto movimiento social que se llama “El Campo No Aguanta Más”. Según su propia definición, este movimiento “lucha por defender y valorar el patrimonio de los campesinos e indígenas, de los ejidos y las comunidades de México; por tener acceso al agua y a la tierra; por que mujeres y jóvenes rurales tengan empleo con remuneración digna; y también luchamos por el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, haciendo frente a la grave situación económica, social y ambiental del campo mexicano”.

Pasamos cinco noches con campesinos que no aguantan más y que llegaron a Tijuana decididos a cruzar la frontera. Casi todos eran estudiosos de los movimientos de la “migra”, la fuerza estadounidense que, al otro lado, persigue a los inmigrantes ilegales. La primera noche, Roberto, un campesino que anhelaba cruzar para trabajar en las granjas, nos sorprendió con un grito:

-¡Se durmió, la migra se durmió!

Nosotros veíamos lo mismo que él: un jeep con las luces encendidas. Pero Roberto insistía. Y cruzó. La migra, efectivamente, estaba durmiendo.ç

La noche siguiente conocimos a Miguel Sánchez, otro especialista. Nos habló del cruce con la tranquilidad de los goleadores experimentados. Al otro lado del muro lo esperaba su ocupación de siempre: limpiar las suelas en el Golf Club de San Diego. “Mi trabajo es muy específico y ningún americano quiere hacerlo”, nos dijo esa noche, mientras esperaba su oportunidad.

A Laura la conocimos en la madrugada del último día de nuestros siete meses de viaje. Era chiapaneca, tímida y encantadora. Tiritaba de frío. Tenía dieciséis años y llevaba en su panza un bebé de nueve meses y cinco días. El plan de Laura era cruzar unos cien metros, acostarse en la arena y tratar de dar a luz a “Danielito”: así, según ella, Danielito sería ciudadano norteamericano. Quince días atrás lo había intentado, pero la migra la deportó.

Le dije que no lo intentara otra vez, que fuéramos al hospital y no sé cuántas obviedades más. “No quiero que Danielito sufra como yo he sufrido”, respondió negándose.

Mientras conversábamos, a unos pocos metros los inmigrantes iban cruzando en grupos de a tres. Por el frío cubrían sus ropas con bolsas negras de basura y al pasar saludaban a la cámara encendida. A las cinco y media de la madrugada nos despedimos de Laura. “No se olviden de mí ni de ninguno de nosotros”, fueron sus últimas palabras. Los tres lloramos como niños. Después pasó lo de siempre: los periodistas abandonan el cruel escenario de la historia para volver a su hotel cuatro estrellas. Como cualquier mala película de segunda clase, la nuestra terminaba con un cliché.

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*Martín Sivak nació en Buenos Aires, en 1975. Es egresado de la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires y de la Escuela de Periodismo TEA. Trabaja como periodista desde los 18 años. En Argentina escribió, entre otros, en los diarios Página/12 y Perfil y las revistas 21, 22, 23 y TXT; publicó artículos en distintos medios latinoamericanos como Brecha (Uruguay), Pulso, Hoy y Presencia (Bolivia), Gatopardo (Colombia), Caros Amigos (Brasil). Es autor de los libros El asesinato de Juan José Torres (1997), El dictador elegido, una biografía no autorizada de Hugo Banzer (2001) y está terminando una historia de Mariano Grondona que el sello Santillana publicará en el transcurso del 2005. Participó de los ciclos televisivos de Jorge Lanata (Día D y Detrás de las noticias). Hizo radio en Nacional (Supernova) y De la Ciudad. Actualmente es columnista de Lanata AM en Del Plata. Es autor de Jefazo, biografía de Evo Morales.

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