Betina González (Foto: lainformacion.com)
Betina González (Foto: lainformacion.com)

A pocos días de comenzar con el taller de producción de novela a cargo de Betina González, compartimos un adelanto de su próxima novela. El título todavía es un secreto y la primicia es para la Fundación TEM.

Betina González (Buenos Aires, 1972), es Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Es autora de Arte Menor, obra con la que ganó el Premio Clarín de Novela en 2006. Ese mismo año su libro de relatos Juegos de playa fue galardonado por el Fondo Nacional de las Artes. Su segunda novela, Las poseídas, resultó ganadora del Premio Tusquets de Novela en 2012. 

1. Beryl

Mi primer ciervo todavía tenía pintas en el lomo. Lo maté con un Marlin 336. Entonces yo no lo sabía, pero las pintas significaban que el animal no tenía más de seis meses. Se supone que es ilegal cazarlos tan jóvenes. Papá no me dijo nada de eso. Me felicitó y masajeó un rato mi hombro, donde el rifle, después de varios días de práctica intensiva, me había dejado un moretón azul.

Muchos años pasaron antes de que volviera a la tarea. Tantas cosas pueden ocurrirle a una chica en una ciudad como ésta. Especialmente cuando se llega a cierta edad. La gente te pasa por al lado y frunce la nariz como si fuera capaz de oler las miles de células muertas que una carga adentro, los pedazos microscópicos de piel que vas dejando como un rastro, igual que las babosas o los caracoles. No es cierto. No todo dentro de mí se está descomponiendo. Aunque a veces quisiera darles la razón. No hay nada peor en el mundo que alguien que te devuelve tus propias aprehensiones envueltas para regalo. ¿Por qué no, entonces, regalarles una pequeña muestra de lo que les espera a la vuelta del camino? La mayoría actúa como si fueran invencibles. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo para decidirse entre la leche totalmente descremada y la que tiene sólo dos por ciento de grasa y suficientes vitaminas para que el momento en que una sea incapaz de contener su propio pis se vaya dilatando infinitamente. A veces pienso en hacer algo terrible, detener a la tipa que avanza con su carrito delante mío, el crío bien aferrado para que la bruja no se lo coma y soltar un pedo directamente en la cara pecosa del niño que cree que soy una especie de máscara de Halloween o una pila de ropa sucia que alguien se ha olvidado de recoger. Se me han ocurrido (se me ocurren) cosas peores. Alguien debería empezar por darles lecciones de supervivencia, por lo menos. La familia promedio en este país desperdicia doce kilos de comida por año. Es un hecho. Por no hablar de las toneladas de basura que producen. Y todos los días, antes de irse a dormir, creen que pueden solucionarlo con poner sus diarios y revistas en un cajoncito azul, las botellas de vidrio en uno rojo y el resto en el tacho de basura. Y sueñan con una casa más grande, con salir en las revistas, con penetrar al fin a sus mujeres por todos sus agujeros. Son como niños. No sobrevivirían solos ni por unas horas. A la mañana siguiente se suben a sus camionetas enormes y se olvidan de todo, excepto de seguir pariendo pequeñas réplicas que continuarán con su desperdicio por los siglos de los siglos.

Cuando los ciervos empezaron a atacar a la gente, nadie pensó que fuera lo suficientemente importante para sacarlo en la televisión. Sólo unos pocos nos dimos cuenta de lo que eso significaba. Los demás siguieron plantando tomates, vigilando sus ingestas de fibra y leyendo noticias sobre el Medio Oriente. Ni siquiera cuando empezaron a caer por decenas reaccionaron. Siguieron creyendo en las promesas de los ecologistas, en el gobierno, en las lecciones de salsa una vez por semana. Habrán leído el caso de Ron Duda como quien lee sobre la mutación de una mosca en un lejano país tropical, o una enfermedad exótica que, gracias a Dios, sólo afecta a la gente de un solo ojo o a los que estamos siempre a punto de caernos de las estadísticas en el suplemento del domingo. No se les ocurrió que Duda podía ser uno de sus vecinos, otro más al que las cercas y los intercomunicadores no lograron proteger de su amor por la naturaleza.

Ron Duda tenía una casa al borde del bosque, una esposa frágil como papel celofán y demasiado tiempo libre. Quién sabe si para mantenerse activo y saludable o para impresionar a sus amigos con sus espaguetis caseros, tenía también una huerta en la que cultivaba tomates, berenjenas y albahaca. Invertía bastantes horas a la semana en mantener a raya al bosque. Claro que el bosque insistía en crecer más allá de sus planes, que sólo incluían las treinta y dos acuarelas que su mujer había hecho de la vista desde su salón comedor y un par de excursiones educativas al río, donde sus nietos se ensuciaban mensualmente las manos y aprendían que no todo lo bueno y bello en la vida viene con un código de barras. En estas y otras cosas del mismo calibre pensaría el buen Duda la mañana en la que, agachado sobre sus tomates ciento por ciento orgánicos, fue sorprendido por un macho de seis astas.

Ni siquiera habrá tenido tiempo de incorporarse. Uno de los cuernos le desgarró la mejilla hasta el hueso y otro le entró directamente por la boca. Un coágulo de sangre viajó inmediatamente hasta sus pulmones. Duda se arrastró desde el cantero hasta las puertas vidriadas del salón comedor, donde su esposa acababa de servir dos tazones de cereal. Tres días después, murió en el hospital por culpa del coágulo, no sin antes declarar que el venado medía al menos un metro sesenta de altura y tenía una vieja cicatriz en la pata delantera derecha.

A nadie se le ocurrió ir en busca del animal, aunque sí cambiaron las rutas de los autobuses escolares y algunos vecinos patrullaron la zona por un tiempo. A los pocos días se habían olvidado de todo. Pero algunos de nosotros ya empezábamos a prepararnos.

En una ciudad en la que los ciervos hace rato superan en número a los humanos, los demás casos no tardaron en llegar. En el estacionamiento de un centro comercial, una hembra mordió a una joven que iba a subirse a su coche. La mujer se defendió con un paraguas pero el venado igual pisoteó la bolsa con sus compras, reventó sus cremas antiarrugas, hizo polvo unos centros de mesa y se fue masticando un buen trozo de su brazo. En los parques de la universidad, varios estudiantes reportaron moretones, huesos rotos y exámenes perdidos debido a distintos ataques a la hora del almuerzo. Las autoridades consideraron restringir la visita a los dos cementerios de la ciudad, invadidos ya hace rato por los ciervos. Las emboscadas en las tumbas son tan frecuentes que la gente ya ni se molesta en denunciarlas. Algunos van a visitar a sus muertos armados con palos. Otros ni siquiera se animan a bajarse de sus autos y arrojan sus flores y sus rezos desde las ventanillas. En el otro extremo de la ciudad, al menos un ciclista y un corredor fueron atacados por una hembra que juzgó que la Avenida de los Cuatro Vientos no era el mejor lugar para que los humanos se deshicieran de sus calorías. Así están las cosas.

Pero ningún caso fue tan espectacular como el de Emilia Bourdette. Si la historia de Ron Duda no llegó a la televisión, la de Emilia, en cambio, levantó olas de protestas por toda la ciudad. El incidente ocurrió en medio del verano, cuando las rosas y petunias de Emilia estaban en flor y acababan de nacer cientos de cervatos. Una mañana, Emilia salió al jardín con sus herramientas de trabajo y descubrió no sólo dos canteros totalmente destruidos sino al culpable – un cervato de apenas unos meses – sentado cómodamente sobre un tercero. El animal ni siquiera se movió cuando la vio acercarse, lo cual irritó aún más a Emilia, que como toda chica del Sur, creció acostumbrada a tratar con toda clase de plagas. Una chica de ciudad hubiera reaccionado diferente. En cambio, Emilia levantó la pala y le acertó al ciervo un golpe de lleno en la cabeza.  No pudo parar. Siguió y siguió hasta que el animal no fue más que una masa de carne, pelos y sangre entre los pétalos amarillos.

Nunca se supo quién llamó a la policía. En un barrio como el nuestro, lleno de viejos con tanto tiempo libre, no cuesta demasiado imaginarse cómo sucedieron las cosas. Además, Emilia nunca ha sido precisamente la más popular entre nosotros. Es de esas mujeres que sacuden el árbol genealógico en cada conversación hasta que de sus ramas caen uno o dos duques franceses o algún escritor con apellido de condimento para ensalada. La policía la estuvo interrogando durante horas. Finalmente la acusaron de crueldad animal. Se organizaron campañas. Grupos de jóvenes desfilaron frente a las oficinas de Caza y Pesca con carteles que pedían la pena máxima (una multa y tres meses de servicio comunitario). Otros pegaron carteles por todo el vecindario con imágenes de Bambi y leyendas que decían “Abuelita, no me mates” y “Al infierno con Bourdette”. Un verdadero circo.

Ni siquiera los cazadores la defendieron. ¿Y cómo iban a hacerlo? El incidente va en contra de todas las reglas del deporte. Algunos salieron en televisión explicando el arte de perseguir a un mismo venado durante días. Otros invocaron la ética profesional y la necesidad de conocer la anatomía cérvida para provocar el menor sufrimiento posible en las presas.

A mí todo el asunto terminó por asquearme. Esos jóvenes escandalizados son los mismos que vienen a las recepciones de beneficencia en el museo, los que dejan que sus críos revuelvan los cajones de la tienda y jueguen a las escondidas entre las esculturas de la planta baja. Mientras sus padres, armados de varias copas de champagne y tres variedades de canapés, salvan al mundo de la comida con antibióticos y de la tala de la selva amazónica, las manitos endulzadas resbalan por lámparas de cristal de más de cien años, arruinan las sedas de los cortinados, enchastran una reproducción de un Dalí o un Rotko y roban postales y miniaturas. Si no fuera por los vidrios, ni siquiera respetarían las escenas del Salón del Hombre.

Pero algún día ellos también empezarán a perder el tres por ciento de la función orgánica por año. Algún día les parecerá que es posible sentir cómo dentro de sus cuerpos todo el tiempo algo se muere. Entrarán en pánico. Dejarán de pensar en los ciervos para ir al gimnasio al menos tres veces por semana. Intentarán unas vacaciones en Tailandia, autos a toda velocidad, el sexo azaroso con jovencitas o con tipos que ni siquiera hablan su mismo idioma. Hasta que eso también se pruebe inútil. Igual que el yoga y la pacificación de las mentes. Entonces llegará el tiempo de los médicos, jóvenes muy simpáticos casi siempre preocupados por las ballenas del Atlántico Sur que, sin dejar de mirar el chat en sus computadoras, les confirmarán el diagnóstico irreparable: ya no hay nada ni nadie a quien esperar. Para entonces ni siquiera tendrán bosques adonde huir de sus vidas complicadas. Y descubrirán que nada de eso era tan importante.

Mi primer ciervo todavía tenía pintas en el lomo. Lo maté con un Marlin 336. Y volvería a hacerlo.  De hecho, eso es lo que hacemos todo los fines de semana.

El taller de Betina González comienza el jueves  3  de abril. 
Más información en info@fundaciontem.org 

 

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