Mariana Skiadaressis es docente y escritora. Durante el 2011 cursó el taller de novela a cargo de Carlos Busqued en la Fundación Tomás Eloy Martínez. A continuación compartimos La felicidad, un cuento derivado del proyecto novelístico que trabajó en el taller.

Por Mariana Skiadaressis*

Acabo de salir de una sesión de terapia con nuevo analista. Se parece al maestro Yoda sólo que más joven y menos verde. Usa zapatillas de trekking y me trata de vos. Estoy en un bar que me recomendó Miguel, un escritor del que era fanática hasta que lo conocí y terminamos teniendo una historia. Él me dijo que éste era un lindo lugar para escribir. Es una pizzería porteña, paredes color naranja y cuadritos de tango, burros y celebridades argentinas populares como el gordo Porcel o Maradona. No llevo la computadora encima, pero igual necesito acomodar algunas ideas así que permanezco acodada junto a la ventana, por donde veo a la gente pasar apurada, con ganas de llegar a su casa luego de una jornada laboral. En cambio yo, intento retrasar ese momento porque el malestar que me llevó a entrar en un nuevo análisis es el deseo de separarme de mi marido y tengo dificultades para afrontar la situación.

Pido una porción de fugazzeta rellena, una coca light y abro el último libro de Josefina Ludmer, un ensayo-ficción sobre América latina. Una de las primeras ideas que me gustan y que utiliza como concepto inicial es la explicación del doble significado de la palabra especular: pensar una cuestión y, por otro lado, reflejar. Miguel me dice que debo separarme. Yo le digo que es un sádico y él responde que sólo está reflejando en palabras lo que yo le transmito: las imágenes rebotan para volver elaboradas.

En esta primera sesión hablé de Miguel sin utilizar su nombre porque es un tipo conocido. Dije que nunca hubo en mi vida un hombre tan importante como él, capaz de hacerme pensar y sentir cosas que jamás había sospechado. El analista me dijo:

-Y por qué no plantearlo como una posibilidad futura, no ahora que no estás clara, qué importa que el escritor sea mayor que vos.

-No, no, no. Sería una tontería de mi parte pensarlo así, él me dice todo el tiempo que no va a ser mi pareja, que está conmigo sólo porque le gusta estar conmigo. No me importan los veintipico de años que me lleva, es otra cosa. Es un escritor totalmente egocéntrico con el que no se puede contar, que sólo piensa en que le chupen la pija.

Cara de póker del analista. Continúo mi idea:

-Bueno, no es una opción, no tengo que pensar en él como una opción, no porque no quiera, pero sería un sufrimiento en vano. Lo que sí creo que me hizo descubrir es que quiero un hombre como él, y no como con los que estuve hasta ahora.

Salí tambaleante de la sesión, decidida a no llamar a Miguel. Caminé por la ciudad hasta llegar a este bar. Vine porque es el bar que a él le gusta. Pensé que tal vez podía encontrarlo leyendo en una de las mesas, pero vive lejos y hoy no es el día en que busca a su hija, que sí vive por acá.
Trato de continuar con Ludmer. La gente entra y sale del bar, comen algo y siguen viaje. El celular está en modo silencioso porque no quiero atender a mi marido que ya llamó tres veces, tendría que haber llegado a casa hace más de hora y media. La vista se me nubla y me cuesta seguir leyendo debido a la humedad de unas pocas lágrimas que no tienen el volumen necesario para desbordar el hueco de mis ojos. Pido la cuenta, pago y salgo a la noche mugrosa en las inmediaciones de una estación de tren. Estoy a pocas cuadras de casa, pero me encamino en dirección opuesta. El celular vibra de nuevo y lo apago.

Apenas está fresco así que decido ir al norte y al este, a la primera playita que encuentre al salir de la Capital. Camino durante algunas horas, llego a pasar muy cerca de la casa de Miguel, pero sé que no debo refugiarme donde no hay refugio. Paso cerca de la casa de papá, pero tampoco hay mucho cobijo ahí. Caminar no me calla la cabeza pero me calma de una forma efectiva. Tengo un primo psicótico que, antes de brotarse, tuvo períodos en los que era capaz de caminar kilómetros, supongo que si a él que es enfermo mental le sirvió, para mí debe funcionar como una especie de convulsión lenta y liberadora.

La luz del alumbrado público de Libertador del lado de provincia es especial por la noche, se refleja en las copas verdes de los árboles y los haces atraviesan la humedad del río que flota en el aire. Concesionarios de autos importados y de colección. Comercios de muebles europeos. Locales de ropa que la gente de la Capital no usa. El silencio es casi total a las dos de la mañana, pasa un vehículo de vez en cuando. Doblo hacia el río en Perú, aunque tengo zapatillas mis pasos suenan secos por la calle descendente, escucho el roce de mi ropa y de los elementos en el interior de la cartera. Cruzo la vía y un perro flacucho me asusta al salir de las sombras. Mueve la cola, se acerca con la cabeza gacha. Le doy unas palmaditas en el lomo y sigue conmigo hacia una reja cerrada que me separa del complejo con acceso al río. Salto. Camino con cuidado por si hay algún guardia. Llego al deck del bar y me siento en el borde, con los pies colgando. La brisa es perfecta. Una luna menguante ilumina los trazos negros de los juncos y destella en las ondulaciones del agua.

Se me estrujan los sentimientos a la altura del esternón, el dolor en el pecho es casi orgánico. Es raro que no haya lágrimas, siempre fui una llorona. Pero hay algo de la madurez que me llega con todo esto, siento que puedo dar pasos firmes porque tengo deseos. Miguel me dijo el otro día que la angustia significa deseo. Nunca lo había pensado así, creo que me pasé años sin desear nada hasta que lo conocí, años de comodidad y conformismo. Mi vida como un electrocardiograma plano, sin sufrimiento pero sin emoción. Aprendí a vivir anestesiada y pensé que eso era la felicidad.

Miguel, la puta madre, como una fanática idiota te busqué y vos decidiste quedarte. Ahora nada tiene el mismo sabor para mí. No sé bien cuál es tu mérito pero sé que estoy más expuesta al sufrimiento y que de aquí en más voy a profundizar mi relación con el dolor.

Escucho las uñas de un perro que camina por el deck. Giro para ver y es el mismo que movía la cola al otro lado de la reja. Se sienta a mi lado, lo acaricio un rato. Me pregunto a qué deseo respondo con esta angustia, si al deseo no realizado de ser libre o al deseo de encadenarme a una existencia miserable junto a Miguel. Cualquier opción es dolorosa, pero al menos parece que tengo sangre adentro, que bulle y reclama que la saquen a pasear. Imagino a Miguel que dice “Aunque duela quedate acá”, pero él nunca hace eso, en verdad no mueve la boca, sólo me abraza fuerte desde atrás para que yo no grite cuando me duele. Sólo dice “sh!”.

Un pequeño cambio en el tono del cielo indica la inminencia del amanecer, deben ser cerca de las cinco de la mañana, pero no quiero ver el reloj del celular. Despierto al perro con una caricia de despedida en la cabeza. Me mira, mueve la cola un par de veces y sigue durmiendo. Me calzo mi cartea en bandolera, camino hasta la reja y la salto nuevamente. Muy cerca, por Libertador, hay una estación de servicio con bar 24hs. Se me antoja un café con leche de la desolación. Entro. Una señora mayor duerme en una de las mesas. A sus pies hay un montón de bolsas entrelazadas con hilos y sogas, convirtiendo la multiplicidad en un solo atado más fácil de cargar. Pienso que si me separo de mi marido ahora es muy probable que quede como esa señora, sin familia y sin dinero. Quizás debería ser más comprensiva con él, pero a veces siento que estoy lidiando con un fantasma sin voluntad.

El café de máquina no es muy rico pero es café. En una silla incómoda espero sentada, aunque no sé exactamente qué espero. Triste y patética, rechazo a quien me ama y reclamo amor a quien me utiliza, ¿cuándo me volví tan inteligente? El día se instala y salgo del espantoso local amarillo y rojo. Cruzo la calle hasta la parada del colectivo que me devuelve a la Capital.
Estoy cansada, lo cual me va a permitir dormir. Lo único que quiero es ir a lo de Miguel. Me imagino su cara de hastío al verme tan temprano, temo que ni siquiera abra la puerta. Quizás no se alegre de mi visita sin aviso, pero igual me deje pasar debido al mal momento que estoy pasando. Aunque no se canse de repetir que él no tiene nada que ver, hizo mucho para que yo esté pensando seriamente en separarme.

Pasaron meses desde la primera vez que estuve con Miguel, pero todavía me duele la panza y el corazón golpea en mi pecho cada vez que voy a verlo. Toco el timbre dos veces. Se asoma por detrás de la cortinita de la puerta cancel. Está dormido y despeinado. Abre, me saluda con un beso así nomás y sin palabras me invita a pasar. No tiene un humor genial ni un asombro positivo por mi repentina aparición, igual está dispuesto a recibirme. Se acuesta en su cama y abriendo las sábanas me dice:

-Podés dormir acá.

Mientras me saco la ropa, Miguel ya está roncando. Voy al baño, me lavo las manos y la cara. Paso un dedo con dentífrico por mis dientes. Regreso a la habitación y me deslizo en la cama con suavidad para no despertarlo. Él vuelve su cuerpo de costado, con su cara hacia mí. Resopla. Lo abrazo y él hace lo mismo conmigo. Aunque su brazo me resulta pesado, me reconforta. No sé qué pasará mañana ni dentro de diez minutos, pero esto para mí es la felicidad.

*Mariana Skiadaressis nació en Buenos Aires. Es Profesora en Letras (UBA) y trabaja como redactora publicitaria. Publicó algunos cuentos en antologías de jóvenes escritores.

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