Hoy, en la crónica de los martes: Hormiga negra, el último de los gauchos matreros, una crónica de Javier Sinay que amplió exclusivamente para esta ocasión. Una versión más corta se puede leer en el sitio de cultura negra El Identikit.

Javier Sinay / Foto: Leo Libermann

No es lo mismo matar a un hombre de verdad, en carne y sangre, que matarlo en el papel de las novelas y los poemas. Lo dijo, a sabiendas, ese gaucho viejo –sabedor de las cosas amargas de la vida- en que se había convertido Guillermo Hoyo, el Hormiga Negra de San Nicolás de los Arroyos, cuya fama había trascendido las pulperías con el folletín biográfico “Hormiga Negra”, que el febril Eduardo Gutiérrez publicó en el diario La Patria Argentina en 1881 –y que se terminó convirtiendo en una de las mayores entre las treinta y un obras que escribió aquel en sólo diez años. “Ya sabemos lo que son novelas y lo que son cuentos…”, le dijo el gaucho a un repórter de Caras y Caretas que lo fue a visitar en 1912 (y que publicó la entrevista en la edición del 24 de agosto bajo el título de “El último gaucho”). Para entonces, Hormiga Negra ya había purgado varios años a la sombra y otros tantos a la luz prófuga de las estrellas de los campos alejados de la ley, y llevaba en sus manos la sangre de varias víctimas: el peón Santiago Andino, el malandrín Pedro Soria, el gaucho Pedro José Rodríguez, la vieja Lina Penza de Marzo, varios soldados patrios enviados tras él, un niño al que había degollado no más que para quitarle unos quesos y el músico ambulante Mariano Rivero, a quien le había robado su acordeón, dejándolo herido con un disparo de trabuco en el pecho… No en vano los diarios lo señalaron una y cien veces como el último gaucho malo. Y si muchos de esos crímenes no habían sido obra propia, no importaba: su mito, aun en vida, era más grande que su verdad. Su culpa ante la opinión pública, más grande que sus confesiones más íntimas.

Es cierto, de todos modos, decir que de Hormiga Negra, o de Guillermo Hoyo, se sabe mucho. A diferencia de Juan Moreira, de Antonio Mamerto Gil, de Juan Cuello, de Juan Yacaré, del Gato Moro, de Calandria, de Pastor Luna y de los hermanos Barrientos, este gaucho matrero es un hombre de los tiempos modernos; el último de una dinastía brava y feroz que hizo del coraje su religión y del duelo un modo de las relaciones sociales. Pero también, que se habituó al desorden y se entregó a “la vida bárbara de las pulperías, vida que no es más que una serie de trancas que no se interrumpe nunca, amenizada por un par de homicidios al mes”, según anotó Gutiérrez en las páginas de la novela “Hormiga Negra”. Sin embargo –y como ningún otro-, el matrero Hoyo murió de viejo, en paz, el 1º de enero de 1918. Lejos del filo de los facones. Pero cuidado, que esto no significa que el alba del nuevo siglo lo hubiera encontrado lejos de la ilegalidad: “si en la juventud fue apresado como gaucho malo, en la vejez sería perseguido como una especie de enemigo público”, comenta Osvaldo Aguirre, con el avance de los tiempos, en su libro “Enemigos públicos”.

El último capítulo de la leyenda de Hormiga Negra comienza el 14 de septiembre de 1902, con el relámpago de dos cuchilladas fatales sobre el pecho de Lina Penza de Marzo, una italiana que vendía verduras en una chacra de San Nicolás donde aquel solía abastecerse. “¡Unas puñaladas que le abrían el pecho cuanto era, un garrazo de tigre de los que sólo Hormiga Negra era capaz de dar, viejo y todo!”, a decir de Albino Dardo López, en la edición de Caras y Caretas del 7 de septiembre de 1918 –otro de los artículos que la revista de la modernidad le dedicó a su bandido preferido. El mismo día del crimen llegaron los gendarmes a la casa de Hoyo: alguien lo había visto en el lugar del hecho y él mismo había admitido que había ido a comprar siete kilos de batatas a la chacra de la víctima. Que se hubiera despedido de la mujer con una sonrisa, dejándola vivita y coleando, no importaba. Al viejo Hoyo ya nadie le creía.

Eduardo Gutiérrez había muerto de tuberculosis hacía más de diez años y la Justicia moderna no iba a dejar pasar los delitos que varios jueces de paz –algunos de ellos, analfabetos- habían permitido en otras épocas. “Para ser malo no basta querer serlo”, dice Hormiga Negra en el papel del folletín, y es suficiente para atraer el respeto de la criollada y las sospechas de los pesquisas de la vida real, que lo enviaron a la penitenciaría en cuanto pudieron. El proceso fue largo: el gaucho ya encorvado por los años vio pasar 1903, 1904 y 1905 desde la cárcel. Sólo en 1906 se cayeron los endebles testimonios de varios testigos, cuando el sargento Inocencio Moreira presentó a un nuevo informante que decía saber que el asesino era otro. Y es que esta vez Hormiga Negra era inocente.

A decir verdad, la paisanada lo había salvado: Inocencio Moreira no era cualquier policía, sino el primo de otro bandido famoso, Juan Moreira, quizás el más famoso entre los gauchos malos. Reclutado en castigo por sus travesuras delictivas de campo, Inocencio había terminado por hacer carrera en la policía y había descubierto al matador de la vieja italiana, que se llamaba Martín Díaz y que le guardaba rencor desde que aquella le había negado un préstamo. Sólo cuando su propia mujer entregó a los jueces el botín de joyas robadas, él –ya capturado- se acercó a Hoyos y le dijo: “Perdón, don Hormiga”. Y perdón recibió.

Hormiga Negra recuperó su libertad, pero el mito y la realidad nunca dejaron de enredarse y confundirse. Vuelto a casa, vio pasar al célebre circo criollo de los hermanos Podestá, que venía de pueblo en pueblo, echando polvo y representando su vida en base al texto de Gutiérrez. “Andan diciendo que uno de ustedes va a salir delante de toda la gente y va a decir que es Hormiga Negra”, los reprendió el cuchillero. “Les prevengo que no van a engañar a nadie, porque Hormiga Negra soy yo”. Fue inútil para los actores tratar de explicarle. Si alguno se atrevía a autoproclamarse Hormiga Negra, él, aun anciano, lo atropellaría con su temible facón. Y del mismo modo su hija nonagenaria, Prudencia Hoyo, demandó a las editoriales Tor y El Boyero en la década de 1950, cuando publicaron varias ediciones –exitosas y baratas- del texto de Gutiérrez.

“No sé si el ‘verdadero’ Guillermo Hoyo fue el hombre de viaraza y de puñaladas que describe Gutiérrez; sé que el Guillermo Hoyo de Gutiérrez es verdadero”, opinó, mejor, Jorge Luis Borges –un apasionado del matrerismo y de la gauchesca, pero también de los juegos de espejos que la realidad, como extrañada de sí misma, suele poner ante el camino de los hombres. En el mismo artículo (“Eduardo Gutiérrez, escritor realista”, de la edición del 9 de abril de 1937 de la revista El Hogar), anotaba Borges: “Eduardo Gutiérrez, autor de folletines lacrimosos y ensangrentados, dedicó buena parte de sus años a novelar el gaucho según las exigencias románticas de los compadritos porteños. Un día, fatigado de esas ficciones, compuso un libro real, el ‘Hormiga Negra’. Es, desde luego, una obra ingrata. Su prosa es de una incomparable trivialidad. La salva un solo hecho, un hecho que la inmortalidad suele preferir: se parece a la vida”.

El tremendo Hormiga Negra, terror de policías y taita del gauchaje, pareció vivir sus últimos días sumido en esa confusión. Para un hijo de la pampa, la fama de las letras masivas era cosa ‘e Mandinga. ¿Y qué es la verdad cuando el Quijote es más real que Cervantes y cuando –como una convicción- lo leído pasa a formar parte de lo vivido con igual intensidad? “Ustedes los hombres de pluma, le meten no más, inventando cosas que interesen, y que resulten lindas”, le reprochó Hormiga Negra al repórter de Caras y Caretas en 1912, ya cerca de su muerte. “Y el gaucho se presta pa’ todo. Después que ha servido de juguete para la polesia lo toman los leteratos para contar d’él á la gente lo que se les ocurre. Así debe ser el gaucho de novela, peleador hasta que no queden polesias, ó hasta que se lo limpien a él de un bayonetaso, como á Moreira…”. Y es que matar, como bien sabía el viejo gaucho, no es lo mismo en carne y sangre que en el papel de las novelas y los poemas.

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*Javier Sinay es periodista y estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Sus textos han aparecido en los diarios Clarín y Crítica de la Argentina, y en las revistas Rolling Stone, El Guardián, Ñ, Hombre, TXT, Gatopardo y Zona de Obras, entre otras. Integró los equipos de producción de Forenses, Fiscales y Ser Urbano. Ganó tres Premios Perfil a la Excelencia Periodística y un Premio TEA. En 2009 publicó el libro Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez (Tusquets), que mereció el Premio Rodolfo Walsh en la Semana Negra, dirigida por el escritor Paco Ignacio Taibo II. En 2010 presentó 100 crímenes resonantes que conmovieron a la sociedad argentina (Planeta, en coautoría con Norberto Chab). En 2011 publicó la nouvelle El que a hierro mata (Sigueleyendo.es). Actualmente escribe en el blog de cultura negra El Identikit.

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