Compartimos aquí el texto leído por TEM en el marco del coloquio en homenaje a Carlos Fuentes el 18 de noviembre de 2008, en México. El coloquio se realizó mientras el autor de “La región más transparente” cumplía 80 años. Falleció el 15 de mayo de 2012.

De entre los muchos libros de Carlos Fuentes que releo con frecuencia,  hay uno al que regreso tanto que he terminado por llevármelo en la memoria. De ese libro, En esto creo, voy a tomar prestada la invocación que abre paso a los predicados de cada  capítulo para exponer mi credo en el arte de narrar.  Debería comenzar diciendo, como Fuentes en su admirable declaración de fe en las novelas que, después de la terrible violencia dogmática del siglo XX, la historia se ha convertido en una posibilidad, nunca más en una certeza. “Creemos conocer al mundo –escribe Carlos– Ahora, debemos imaginarlo.”  Y donde leemos historia, yo diría también historias, porque lo que narramos parte siempre de lo que desconocemos y tratamos de descifrar, o, también, parte de lo que creemos conocer y que, de pronto nos revela su envés, su otro. Todos somos ese otro al que tratamos de dar caza en las narraciones, y que sólo alcanzamos cuando   emprendemos  la búsqueda en un estado de libertad que se parece, por su plenitud, a lo que los grandes místicos españoles llamaban estado de gracia. Sólo el estado de libertad  explica que Isak Bábel haya podido soltar su imaginación, llevándola a lo más alto,  mientras esperaba la muerte en las mazmorras subterráneas de Stalin  o que Kafka haya creado “La condena” y El artista del hambre” bajo la mirada censora e inquisitorial de su padre implacable. 

Un narrador es libre cuando se afirma en su rebeldía, cuando se desentiende de los límites y salta fuera de ellos. Es libre cuando no tiene miedo de perderse mientras intenta ver qué hay al otro lado de las palabras, en los paisajes que no se ven, en los relatos que desaparecen a medida que los despliega.  Esa libertad del narrador encuentra su sentido cuando lo que narra expande los límites del género, abre caminos desconocidos, se arriesga a contar una  historia que contiene todas las historias, como el aleph de Borges, como la Comedia de Dante y los dos magnos poemas del rapsoda al que llamamos Homero. 

Walter Benjamin ha expresado muy bienla ansiedad del novelista por ser otro, por estar en otros. En un ensayo ejemplar que se llama El narrador escribe Benjamin: “La novela no es significativa porque presenta un destino ajeno e instructivo. Es significativa porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza de la llama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos de nuestro propio destino”. En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez, o que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros.

Hace algunas noches suspendí la escritura de este  texto. En vano, porque seguí escribiéndolo en sueños. El arte de narrar se me vino encima bajo la forma de un enorme perro negro que me lamía, apremiado por hablar.  Me dijo el perro que  dentro de su cuerpo llevaba  todas las cosas que jamás existieron y aquellas que ni siquiera imaginamos que podrían haber existido. Lo que no existe está siempre buscando un padre, dijo el perro, alguien que le dé conciencia. ¿Hablas de Dios?, le  pregunté. No. Sólo hablo de un narrador. Las cosas que no existen buscan un padre que les permita vivir en las palabras, porque son muchas más que las que llegan a existir. Lo que nunca existirá es infinito. Las semillas que no encontraron su tierra ni su agua y no se convirtieron en árbol, los seres que no nacieron, los personajes que no fueron escritos. ¿Las rocas que se volvieron polvo?, le pregunté.  No, esas rocas fueron alguna vez.  Hablo de lo que pudo ser y no fue, dijo el perro. El hermano que no conociste porque tú tomaste su lugar.  Si te hubieran concebido segundos antes o segundos después, no serías quien eres y no sabrías que tu existencia se perdió en el aire de ninguna parte sin que siquiera te enteraras. Lo que no llega a ser nunca sabe que pudo haber sido. Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió. El perro se disolvió en el aire y en ese momento desperté.

Desperté pensando que el perro de mi sueño estaba, a su manera, diciéndome que, si somos seres de imaginación, no debemos permitir que la imaginación, tan atenta a las pasiones, felicidades y delirios de la naturaleza humana, desatienda aquello que, por estar a destiempo en la realidad, tampoco se nos impone como relato. Si hemos narrado infinitamente a Dios, si lo hemos imaginado infinitamente, ¿por qué dejar sin relato todo lo que llegó a las puertas de lo que existe pero no pudo convertirse en realidad? Esas riquezas que hemos abandonado son –y en eso el perro de mi sueño tenía razón– más caudalosas e inagotables que la realidad . Pensemos sólo –aunque no podamos narrarlas– en las sinfonías y cantatas de Mozart que fueron apagadas por su muerte prematura, poco antes de cumplir 36 años; pensemos en la melodía que John Lennon llevaba en la cabeza la noche de diciembre en que lo asesinaron.  Lo que los seres humanos hemos narrado es apenas la punta de un iceberg grande como el océano.

Lo dice admirablemente Carlos Fuentes en los ensayos de En esto creo, de cuyos manantiales inagotables he tomado ya tantas cosas. “[Es necesario], escribe Fuentes, que la novela se formule a sí misma como incesante conflicto de lo que aún no se ha revelado, recuerdo de cuanto ha sido olvidado, voz del silencio y alas para el deseo de cuanto ha sido rebajado por la injusticia, la indiferencia, el prejuicio, la ignorancia, el odio o el miedo”. Narrar es develar, entonces, pero también es profetizar, como puede vislumbrarlo quien lee esa novela-proeza que se llama La voluntad y la fortuna, en la que  las oscuras luces del futuro son derribadas una y otra vez no para que sus dos personajes inolvidables, Josué y Jericó, sean lo que quieren ser sino para que se conviertan en aquello que la violencia y el crimen disponen que sean. Para ser quien se es contra viento y marea, para que el narrador entregue su mundo tal como lo lleva dentro de sí, hace falta un inmenso valor. Y para tener valor es preciso tener valores. Valores como aquellos de los que les habla el padre Filópater, citando a Spinoza: la  voluntad de razón y la voluntad de fe unidas en un anhelo de libertad.  Libertad sin la cual los que narran enmudecen y los que imaginan se ciegan. El propio Spinoza, acaso el filósofo que mejor definió lo que significa expresar, dijo que no hay relato sin imaginación y sin el lenguaje que permita llevar ese lenguaje a su extremo punto de tensión, para que el narrador pueda explorar en las profundidades de su ser aquello que ocultan las profundidades de los otros seres : las tramas de la identidad, de la pasión, del poder, de la cobardía, del sexo, de la épica, de lo que los seres humanos fueron y seguirán siendo . Somos historia, como nos enseña Fuentes. Y porque somos historia  somos también historias. Del arte de narrar de Carlos Fuentes he aprendido que, mientras permanezco en mi ser, puedo también ser otros. Soy yo pero soy a la vez Ixca Cienfuegos, el coronel Artemio Cruz sin sumuerte y Laura Díaz sin sus años, soy la humanidad con la cual él nos permite identificarnos, soy México y soy los personajes atormentados e insatisfechos de la historia mexicana. Narramos para cambiar el mundo, para transfigurarlo, pero también narramos para ser el mundo, para el mundo sea pasión, imaginación y lenguaje.

Texto: Archivo Fundación TEM

Foto: Víctor Serra / Archivo Fundación TEM. (En esta foto, de izquierda a derecha, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Belisario Betancourt, José Saramago y Tomás Eloy Martínez)

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