Juan Mendoza es el coordinador de Periodismo desde las calles. Aquí, este cronista brinda detalles sobre el taller que comienza en septiembre en Fundación TEM. Además, cuenta por qué es necesario volver al territorio y cuáles son los desafíos no sólo de encontrar una buena historia sino también, de saber contarla. 
 
-¿Por qué planteás la necesidad de sumergirse en las calles para volver a buscar historias ahí?
 
-Fundamentalmente por dos razones: la calle es la fuente primigenia de la que todo periodista nunca debe dejar de beber. La calle le brinda la posibilidad al cronista de poner en práctica todos sus sentidos. El saberse expuesto provoca en él un roce, una fricción con el entorno que lo lleva a un estado de alerta permanente. Y es en esta instancia donde el periodista no solo ejercita sus sentidos sino que también los potencia. Este estado de “alerta” es el paso fundante para que el periodista comience a percibir dónde habita una historia. La segunda de las razones es que, según como yo percibo a este oficio, el periodismo conlleva riesgo, aventura y también compromiso. Tres características que difícilmente pueden experimentarse cuando el periodista queda sujeto a ser un mero reproductor de información que circula por las redes y su principal (y a veces única) fuente, es Google. 
  
-En cuanto a la metodología, la propuesta es que los cronistas del taller vayan a locaciones específicas. ¿Por qué? 
 
-Esta metodología que conlleva potenciar cada uno de los sentidos para poder devenir en un “cazador de historias vivas”, necesita de territorios propicios donde el cronista se vea “obligado” a entrar en ese “estado máximo de alerta”. Existen puntos neurálgicos donde confluyen una variedad de elementos que estimulan o requieren de nuestros sentidos de una manera extraordinaria. Por ejemplo, es probable que el cronista encuentre más cosas para contar si observa la fila que hacen los familiares de presos afuera de una cárcel previo a la requisa, que si observa la fila de personas que aguardan frente a un cajero para pagar sus impuestos. Estas locaciones específicas son el escenario propicio para que el cronista comience a entrenar su capacidad de observación. 
 
-¿Cuáles son las principales herramientas que debe tener un cronista al salir al territorio?
 
-Fundamentalmente, y en primer lugar, saber que está transitando un territorio de una manera muy distinta de como lo puede transitar cualquier otra persona. El poder detectar una historia y luego poder contarla, dependerá de su capacidad de observación. El cronista observa y percibe a la historia con todos sus sentidos. Esas son sus herramientas claves. Agregaría algo y que es de suma importancia en relación a estas herramientas y la historia que va a buscar el cronista. Si existe un desafío, no es solo el de poder hallar una historia, sino el de poder dar con “el nervio doloroso” que la atraviesa. Lograr esto, también es un ejercicio. Y para esta práctica ya no nos valemos de los sentidos en su manera habitual. 
 
-¿Cuál es la importancia de acompañar la escritura con lectura de autores de no ficción?
 
-La lectura  como fuente complementaria es fundamental en el trabajo de campo. No haría una distinción entre ficción y no ficción. La lectura es un ingrediente vital en el proceso de la escritura. Se puede ser un lector voraz sin tener necesidad de cultivar la escritura, pero no se puede pretender escribir si se deja de lado la lectura. 
 
-Has trabajado mucho en el campo del rock. ¿Qué te interesa del rock como fenómeno cultural? ¿Se puede pensar alguna vinculación entre el rock y la necesidad de volver a contar historias que ocurran en las calles? 
 
-Viví el rock como una experiencia contracultural más que como un estilo musical. El rock abrevó en mí una forma de vida en la que confluían ciertos principios filosóficos y existenciales, y desde ahí siento que fui fogueado por ese fenómeno cultural. Creo que como todo movimiento orgánico, el rock cumplió su ciclo vital y hoy ya no se puede hablar de “movimiento” como tal, sino de expresiones aisladas que recurren a su lenguaje para “contar el mundo”. Tal vez desde esta óptica se pueda trazar una analogía con la necesidad de que el periodista vuelva a caminar las calles y recupere la pasión por volver a contar historias. 

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