Compartimos aquí un texto de Héctor Pavón vinculado al Taller Investigación Cultural que coordina los martes  de abril en Fundación TEM y que retoma algunos de los ejes que se trabajarán a lo largo del Taller. Se publicó originalmente en el sitio saladeprensa.com.

El escritor argentino italiano J. Rodolfo Wilcock tenía una extraña y, aparente, inútil manía: le gustaba juntar recortes de diarios con noticias insólitas, ocurrentes y llamativas. En apariencia no lo hacía por algo en especial. Tal vez fuera por una inexplicable pasión investigativa. Uno a uno los guardó con paciencia hasta que finalmente decidió recrearlas y publicarlas en un maravilloso libro que se llama “Hechos inquietantes”. Su olfato no se había equivocado. Todo cobraba sentido, si se lo sabía interpretar.

Wilcock no era un periodista de investigación, pero sabía que se podían juntar datos aparentemente inconexos, darles un tiempo de maduración y, por fin, llenarlos de sentido en un rompecabezas donde cada pieza jugaba un papel fundamental. “Hechos inquietantes” es un conjunto de las más asombrosas noticias que no tendrían valor en forma aislada, pero sí reunidas. Wilcock tenía un ojo rapidísimo que aislaba las novedades curiosas, ésas que el lector común hubiera dejado dentro de la nebulosa de las cotidianeidades. Para él no eran detalles menores, sino datos sueltos que esperaban ser conectados para construir un todo.

Algo muy parecido pasa con la actitud del periodista de investigación. Él no permite que nada sea obvio: es un gran lector, busca y encuentra información útil para la investigación presente o futura donde el hombre común sólo encuentra información pasatista. Diarios, revistas, libros estadísticos y de censos, bases de datos en internet, archivos públicos y privados… la información está ahí afuera, sólo hay que ir por ella, recogerla, clasificarla, contextualizarla, interpretarla para que en algún momento salga a la luz. Un periodista de investigación arma y desarma, realiza lecturas entre líneas, no da nada por sobreentendido. Todo es objeto de sospecha y de posible interés. Ninguna verdad es aceptada de antemano. Imaginación y lógica son sus herramientas preferidas.

Así han trabajado los grandes periodistas de investigación en la Argentina y en el mundo. Rodolfo Walsh, en su triple papel de militante, periodista y escritor argentino solía leer los avisos fúnebres de los diarios. Allí podía encontrar los nombres de las personas que enviaban saludos a los familiares de los muertos y unir relaciones ocultas y diseñar el mapa de las conexiones de distintos grupos políticos. Muchos periodistas de esa generación, y muchos de los actuales, suelen tener en sus casas viejos ficheros, al lado de su computadora, con nombres de personajes conocidos o no tanto y sus apariciones en la prensa en noticias poco notables. Cruzar la información política, con la económica y social es un ejercicio bien recompensado.

Hay que aprender a ver. El periodista estadounidense Zoltan Grossman, de la revista Counterpunch, publicó en un sitio web la investigación “Un siglo de intervenciones militares de EE.UU. desde Wounded Knee hasta Afganistán”, basada en los registros del Congreso y de la Biblioteca del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos. Grossman enumeró 134 intervenciones realizadas entre 1880 y 2001 en el Tercer Mundo por las fuerzas armadas estadounidenses en nombre de la “democracia”. El trabajo de Grossman es impactante, pero no constituye una exhaustiva búsqueda de lo oculto sino de aquello que está en las fuentes de información públicas y que nadie lo toma en cuenta porque es obvio. Sucede lo mismo que en el cuento “La carta robada” de Edgar Allan Poe: alguien quiere esconder una carta y cree que el mejor escondite es mezclarlo con otras en su estudio a la vista de todos, menos de quien la busca desesperadamente.

También hay que saber oír. No se trata sólo de ver qué pasa con las noticias extrañas que publica la prensa y lo que sucede a nuestro alrededor. Escuchar y percibir el dato que luego llamamos “disparador”, capaz de dar inicio a la investigación. Como el que escuchó Bob Wodward, periodista del Washington Post que investigó el Watergate, en la sede policial adonde habían llevado a los detenidos por el asalto al comité demócrata. Cuando uno de los sospechosos dijo ser “consejero de seguridad de la CIA”, Woodward sintió que algo realmente importante comenzaba. Escuchar de sus labios la palabra “CIA” fue el indicador de que había algo mucho más interesante que un simple delito detrás de ese arresto. Cuando a Walsh (en su investigación que dio origen a Operación Masacre) alguien le dice que “hay un fusilado que vive”, se da cuenta que está siendo llamado a realizar una investigación reveladora y que no puede escapar de esa misión.

Wilcock, Grossman, Walsh, Woodward, Bernstein, no se han destacado sólo por ser buenos escritores o periodistas. Sino porque el motor de sus vidas ha sido la pasión, el inconformismo, la incredulidad, la desconfianza. Defectos para muchos, virtudes para un periodista de investigación. Y por sobre todas las cosas, han sabido utilizar sus sentidos: ésos que nos orientan en la oscuridad de una realidad que pide a gritos ser iluminada.

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