En el ciclo de cuento de los lunes, compartimos El olor de los tilos, un relato del escritor y periodista cultural Damíán Huergo, que será parte de Ida, su primer libro publicado por la joven casa editorial Parque Moebius.

DAMIÁN HUERGO / Foto: Archivo autor

Sólo pasaron cinco minutos y ya prendí la tele. Nada para ver. Ni siquiera le doy otra vuelta al zapping. Es sábado a la noche y mucho no le puedo pedir a los cinco canales de aire. Dejo en canal siete. Están dando Estudiantes – Vélez. No soy de ninguno de los dos clubes. Ni siquiera están peleando la punta o el descenso. Pero es el único de los cinco canales que no marca la hora.

La noche se ve empañada. Es por los vidrios de la ventana. Desde que me mudé, hace dos años, sólo los limpié una vez. Los abro. Un escalofrío me recorre de hombro a hombro como si fuese una víbora de hielo. Antes de clavarme en el partido, en el ángulo inferior de la pantalla de canal trece decía en blanco: 21: 11. T.: 26,8º. La tele miente. Voy a la pieza y me calzó la camisa mangas cortas que tengo preparada para cuando Carmela toque el timbre. No la abrocho. No quiero transpirarla. Quedamos en encontrarnos en mi departamento a las nueve. Miro el reloj y me siento en el futón. Por lo poco que la conozco deduzco que llegar tarde a-don-de-sea es parte de su estilo.

Goooool, escucho desde la pieza el agónico grito del relator. Corro hasta el comedor -tres metros- como si estuviese jugando la selección. Siempre me pasa lo mismo. Escucho gol y es como si oyera la sirena de los bomberos y tuviera que salir para presentarme en el cuartel. El cuartel es la televisión. El gol lo hizo “el lechuga” Maggiolo para Estudiantes de La Plata. El gol fue horrible como su apodo. De rebote. En la tele lo repiten como si fuese el de Maradona a los ingleses. Miro por la ventana del noveno piso y la noche sigue inmóvil. Ni cohetes ni bocinas. Acá, en Temperley, ser de estos clubes es como hinchar por Turquía en un mundial.

Me quedo en la ventana. Por la vereda de Anchorena camina una sombra. No distingo si es hombre o mujer. Por momentos desaparece. Las cúpulas de los tilos la cubren por completo. Cuando cruza Cangallo distingo que es una mujer. Usa pollera roja hasta las rodillas. Apago la tele y prendo el equipo de música: Moreno Veloso empieza a cantar. Vuelvo a la ventana. La chica de pollera roja no está entrando al edificio como me imaginaba. Se sentó en el banco de la remiseria Las Torres, con las piernas cruzadas.

Sigo esperando. El cielo está despejado. Hay una sola nube inmensa que tapa la mitad de la luna. En algún lado leí que Flaubert dijo que si mirás cualquier cosa más de diez minutos resulta interesante. Miro a la nube inmensa desplazarse y me da una sensación de calma. A medida que avanza, despacio, el horizonte se vuelve más profundo y limpio. Lo bueno de vivir en el conurbano, pienso, es que desde la ventana de un edificio tenés un horizonte de kilómetros, y no de metros como en las ciudades capitales.

La chica con pollera roja se sube a un Clio azul. La semana pasada viajé en ese auto. Sigo su recorrido: parece un autito de juguete transitando la maqueta de una ciudad rodeada de árboles. Desde la altura todo se ve en otra escala. Me pregunto si alguien me estará mirando mientras miro. Hago un breve paneo y despejo la duda. Todas las persianas alrededor están cerradas o a media asta. Una decena de murciélagos ronda por los edificios. Son pocos los vecinos que cambian la seguridad de su casa por el viento fresco que viene de afuera.

Prendo la tele. Arrancó el segundo tiempo de Estudiantes – Vélez. Cincuenta y cinco minutos de demora pasan de ser un estilo a convertirse en un problema. Igual no la llamo. Abro una cerveza y apago la tele. Al tercer vaso me acerco, de nuevo, a la ventana. Con un litro de cerveza, también todo se ve en otra escala. El olor de los tilos sube hasta el noveno piso. Cierro los ojos para sentirlo más intenso. Respiro hondo, una, dos, tres veces, como si quisiera perfumarme el interior. Por Anchorena veo cruzar otra sombra. No la sigo con la mirada. Vuelvo a cerrar los ojos y a respirar hondo. Me olvido de Carmela, de la música, de los murciélagos, del partido, de la hora y de la ventana.

Cuando abro los ojos en la calle no hay nadie. La remiseria parece cerrada. No llega ni se va ningún auto. En el cielo la nube inmensa ya no está. Se desplazó o se rompió en mil pedazos: la luna llena resplandece. Moreno + 2 terminó. En el departamento sólo se escucha el ruido del ascensor que viene del pasillo. La cortina blanca flamea por el viento que entra por la ventana. Me abrocho dos botones de la camisa y apuro lo que queda de cerveza en el vaso para sacar otra del congelador.

Apoyo la botella llena en la biblioteca. Antes de abrirla quiero poner algo de música. Es un buen momento para escuchar a Tom Waits. Busco Closing times y lo pongo en el equipo. Lleno el vaso y apoyo los codos en el marco de la ventana. Siento el viento en la cara. Y levanto el vaso para tomar el primer sorbo de la segunda botella. Me interrumpe el sonido del timbre que suena como el chirrido de un chancho. El reloj del celular marca las diez y veintitrés. Dudo en contestar. Tomo otro sorbo de cerveza. El chancho vuelve a gritar. Dejo el vaso en el marco de la ventana. Y a paso lento voy hasta el portero eléctrico, para abrir la puerta de abajo.

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*Damián Huergo nació en Longchamps en 1983. Es escritor, sociólogo y docente. Publicó ficción y crítica cultural en las revistas LaMujerdemiVida, Sudestada, Miradas al Sur, Radar, Ñ, Diez Pinos, Ahí va el agua (México), Fábula (España) y La Tecla EÑE. Su libro de cuentos Ida obtuvo una mención de honor en el certamen Luis José de Tejeda 2010 y fue publicado en el 2012 por Editorial Parque Moebius. A su vez, el cuento Dos hombres y un sillón fue finalista del I Premio Alejandría de Cuento Breve y su relato integra la antología Trece creada a partir del concurso. Próximamente un extracto de su novela Un verano integrará la antología Escuela de Escritores 2012 a cargo del C. C. Ricardo Rojas. En la actualidad escribe para el suplemento Radar Libros del diario Página/12.

2 thoughts on “El olor de los tilos

  1. Me gustó mucho el cuento . Muy sugerente. Parece que no pasara nada y es cuando el foco se pone en los estados interiores del protagonista. Felicitaciones!

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