Como adelanto exclusivo de Anfibia, compartimos un fragmento de Corea del Sur: Mensajes desde el día siguiente, una larga crónica del periodista mexicano Juan Villoro, que saldrá en el primer número de la revista.

Juan Villoro

Estar juntos ante un plato es una prioridad coreana. Pero eso no basta: hay que lograrlo con rapidez. La expresión más frecuente es “pali-pali” (rápido-rápido). El almuerzo dura media hora. Esto permite que la mesa de un restaurante tenga cuatro rotaciones de comensales. Si el primer plato tarda más de diez minutos en llegar, el servicio es pésimo (en cada mesa hay un timbre para recordar urgencias).

La voracidad coreana se explica por sus muchas guerras y el hedonismo de haberlas superado. Entre los variados guisos preferí barbacoas con salsas picantes. “Tiene apetito de posguerra”, me informó Daniel. Los más jóvenes favorecen las combinaciones de la abundancia.

La aceleración vital se extiende a la capacidad de hacer negocios: hay que ganar mientras se pueda. La vida empresarial se rige por el corto plazo. En la ansiosa Corea, la mano extendida del paciente Buda se interpreta en clave irónica: “dame dinero”.

El horizonte de innovación es tan decisivo que en 2004 la compañía LG estableció un peculiar pacto de confianza, eximiendo a su división de nuevos productos de presentar reportes de trabajo a cambio de entregaran un invento al año. Así surgió el celular “Etiqueta Negra”, que vendió 21 millones de aparatos.

En forma lógica, un artista coreano se especializa en captar el raudo tránsito de los hombres. El fotógrafo Atta Kim hace tomas con ocho horas de exposición. En el museo Leeum cuelga su visión de Times Square: los edificios se perfilan con nitidez en la noche, entre una bruma brillante, que sugiere un polvo astral; es lo que queda del paso de la gente, la huella de una especie apresurada.
¿Es concebible que un territorio que ha sido invadido por China y Japón se dedique al lujo suntuario de hacer planes? Sí, pero todos son para hoy. “Pali-pali”: al destino se le hace tarde.

Después de la guerra con Corea del Norte, el país se sometió a un gobierno autoritario. Wang Sok-Yong, autor de la extraordinaria novela El huésped, sobre una masacre cometida por coreanos erróneamente atribuida al ejército estadounidense, y del relato “La pagoda”, sobre sus experiencias como recogedor de cadáveres durante la guerra de Vietnam, es uno de los muchos que padecieron cárcel en los años sesenta. El escritor tuvo que proseguir su obra en el exilio. No fue sino hasta 1988, con la amnistía a disidentes, que Corea del Sur transitó hacia un régimen progresivamente democrático.

Hoy las turbulencias de otros tiempos se transforman en velocidad y el pánico en gozoso apremio.
El sentido del humor, las fondas de comida exprés, la tumultuosa pasión por los deportes y el gusto por la fiesta hacen que el latinoamericano entienda Corea del Sur como un Japón “normalizado”. Además, los coches circulan del lado derecho.

Con frecuencia, el aire huele a una ilocalizable descomposición. El origen del tufo es la dieta rica en ajo. América Latina no huele así, pero los rincones más entrañables de nuestras patrias suelen soltar la reveladora vaharada de algo que está rancio o se pudrió cerca o se maceró en exceso. No asociamos el progreso con esos olores contundentes; lo verdaderamente nuestro apesta un poco. En forma primitiva, Corea del Sur remite a tufos del terruño. Su alucinante desarrollo se normaliza en la nariz.

Mi primer almuerzo ocurrió en el mercado de Andong, pequeña ciudad de provincia, no muy lejos de Seúl. Los peces crudos y las serpientes marinas eran poco apetitosos. Me costó trabajo sentarme en el suelo, me golpeé con lámparas de madera y lamenté llevar zapatos de agujetas. Viajeros más curtidos me habían aconsejado usar mocasines para descalzarme sin problemas en templos y restaurantes. Pero mi espíritu depende del doble nudo. En casi todos los lugares era el único occidental. Mis maniobras se observaban con discreta piedad. Daniel me aguardaba con paciencia, comiendo su botana de nabos en vinagre. Al completar el protocolo, una mesera me entregaba un vasito de metal con agua. El gesto me hacía sentir como un peregrino que atravesó el desierto o se deshidrató por el esfuerzo de sentarse.

En la mesa, junto a los cubiertos, encontré unas tijeras, señal de que el apetito necesita atajos. En el siglo XVIII, Lichtenberg escribió que los alimentos tendrían otro sabor si los cortáramos con tijeras. Tenía razón.

El restaurante del mercado de Andong se dividía en pequeños gabinetes, como vagones de ferrocarril. En la televisión, una joven hacía el rictus inconfundible de quien sufre mucho a causa de un desgraciado. Corea del Sur es la Venezuela asiática. Sus telenovelas permiten que la llore con gusto.

En el gabinete de enfrente, un hombre de mi edad hablaba de sus experiencias en el extranjero. Decía que los peores enemigos de los coreanos son los coreanos. “Tiene razón”, comentó Daniel: “Si un policía de origen chino busca a un sospechoso en el barrio chino de San Francisco, no lo encuentra nunca; en cambio, si un policía de origen coreano busca a un coreano, lo encuentra de inmediato”. “¿Esto no contradice el jong?”, pregunté. “¡Claro que no!”, se sorprendió: “Los celos, la envidia y la competitividad son lazos que no puedes romper; forman parte del jong. Es como un matrimonio”, Daniel, sorbió su último fideo.

Al salir vi una alarmante raíz de ginseng. Flotaba en una sustancia amarillenta, como un feto en formol. La incontenible energía coreana proviene en parte de esa raíz antropomorfa, que sugiere a un hermano alterado de Aquaman, superhéroe de la televisión japonesa.

El ginseng se puede tomar en chicle, té, pastillas o caramelo. Esos derivados tienen un gusto agradable y generan un suave estímulo. Sin embargo, es difícil dejar de asociarlos con la raíz originaria, esa criatura flotante -mitad hombre, mitad nabo- que se tomó demasiado trabajo para existir.

¿Es posible sospechar tanto de una raíz? Sí, si la causa es la propia raíz. Mi recelo venía de haber bebido demasiado té de ginseng. Las ideas que provoca son suficientemente lúcidas para desconfiar de su origen.

Para mitigar de una vez por todas el aspecto del ginseng, se creó su presentación en spray. Sin embargo, esa vaporosa solución es demasiado tenue. Supongo que a medida que uno se adapta a Corea, la horrenda raíz se vuelve llevadera, del mismo modo en que en algún momento de la vida aceptamos que nuestras ideas provengan de una masa con molesto aspecto de tubérculo, el cerebro.

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