Con motivo de la conferencia magistral que brindará Carlos Fuentes hoy a las 18 horas en la 38° edición de la Feria Internacional del Libro, lo homenajeamos con un texto que escribió Tomás Eloy Martínez en octubre de 2006 en el diario La Nación.


Todas las familias felices, el último libro de Carlos Fuentes, tiene más de un punto de contacto con otra de sus grandes novelas, La muerte de Artemio Cruz, publicada en 1962. En las dos, el lenguaje de todas las regiones y clases sociales de México respira con sus impurezas y mestizajes, con sus albures y sus estribillos.

A Fuentes le basta una línea de diálogo para iluminar a sus personajes de cuerpo entero y para poner al descubierto sus pasados. Desde sus libros iniciales, Los días enmascarados y La región más transparente, publicados hace medio siglo, las narraciones de Fuentes han sido desafíos para el lector, duelos cuerpo a cuerpo, invitaciones al desconcierto. En todas ellas, las estructuras y aun el lenguaje dan giros de 90 o de 180 grados con relación a la anterior.

La muerte de Artemio Cruz experimentó por primera vez con las tres personas narrativas y jugó en cada párrafo con los tiempos verbales. Cristóbal Nonato (1987), otro de sus relatos renovadores, creaba un México desconocido y futuro a través de un Lector Elector que descubre, dondequiera que pone su mirada, un libro apócrifo titulado Cristóbal Nonato, cuyo autor es Carlos Fuentes, como en la segunda parte del Quijote. Las seiscientas páginas apretadas de esa novela parecen haber sido escritas bajo el efecto de algún alucinógeno, pero cuando se vuelve a ella se advierte que cada pieza del rompecabezas ha sido colocada con extrema lucidez.

Todas las familias felices es un mosaico de dieciséis relatos que parecen independientes, pero que están entrelazados por las mismas obsesiones: la violencia, la corrupción, el autoritarismo, las atrocidades de la miseria.

Al final de cada capítulo se alza un coro que, como los de la tragedia griega, es el signo de que todos los actos humanos tienen testigos con una voz digna de ser oída. Los coros son a la vez poemas, música, narración, historia, y podrían entonarse con el ritmo de rock que Fuentes aprendió de su hijo Carlos, muerto a los 25 años, en 1999, o declamarse como si fueran los raps que le enseñó su hija Natasha, a la que perdió a mediados de 2005 en la ciudad de México, cuando ella no había cumplido treinta años.

La edad del tiempo ha llamado Fuentes a la gran comedia humana de sus ficciones. Edad, allí, significa también identidad. En el vaivén de las parejas, en el juego incesante de la pasión, advierte que todos somos lo que somos, pero a la vez somos otros cuando se nos sitúa en relación con alguien. Es lo que sucede, por ejemplo, con la prima Valentina en “Una prima sin gracia”, tercer relato de Todas las familias felices . La prima es fea, desabrida, esquelética, y ha pasado los cuarenta sin que alguien la haya mirado. Pero Jesús Aníbal de Lillo, el apuesto primo político de Valentina, descubre la voluptuosidad y el ardor que yacen bajo esa nada intocable, y le permite a Fuentes componer las páginas de más subido y menos explícito erotismo de toda su obra. Hay llamas en cada línea, pero no se las ve: sólo se las siente en la carne.

Es también lo que sucede en esa especie de rey Lear al revés que asoma sin ser visto en la última historia, “El padre eterno”. Por novena vez desde la muerte del padre, tres hermanas que casi no se hablan durante el año, se reúnen ante un féretro vacío y evocan a un muerto que no les permitirá tocar su herencia a menos que cumplan con el rito fantasmal de velarlo en su ausencia y rezar por su alma perdida.

Las tres han sido las mismas personas sin voluntad de rebelión ante el padre; las tres fingen no haber cambiado ante las otras hermanas. Y sin embargo cada una de ellas sabe que la otra es otra y que la máscara detrás de la cual se encubren es, precisamente, lo que las delata.

En los dieciséis relatos, las protagonistas son mujeres, precisamente porque las mujeres son las víctimas de una larga herencia de sometimiento, de barbarie brutal. El autoritarismo, el ancestral dominio masculino, es siempre una piedra en el camino de las familias felices, parecería decir Fuentes.

Las felicidades son incompletas, las ilusiones siempre quedan incumplidas. Esa declaración, en apariencia pesimista (aunque el pesimismo, para él como para Oscar Wilde, es sólo “un optimismo bien informado”), no oculta la alegría de narrar que hay en cada página de este libro, la contagiosa pasión con que se avanza sin resuello hasta el final.

* * *

Nunca antes yo había trabajado en reseña alguna sobre un libro de Fuentes, pero esta vez el peso del lenguaje, la fuerza hipnótica de la narración, me hizo sentir el deseo de hacerlo. He escrito prólogos para algunos de sus ensayos, y ensayos sobre su obra y su figura, como el que acaba de publicarse en Cahiers de l Herne , la mitológica revista francesa que le dedicó un número de homenaje. Pero no reseñas. Enseñé Terra Nostra en los cursos para graduados de Maryland, La muerte de Artemio Cruz y Aura en los de Rutgers. Observar por dentro la relojería de esas construcciones, leer entre líneas, entrar a fondo en su lenguaje, me ha deparado más admiraciones y sorpresas que las primeras, ávidas lecturas.

Conocí a Carlos Fuentes en Buenos Aires, la primavera austral de 1962, cuando él volvía del Congreso de Intelectuales organizado por la Universidad de Concepción, en Chile. Allí había deslumbrado a todos, desde Gonzalo Rojas y Pablo Neruda hasta el arisco José María Arguedas. Lo recuerdo de pie en un frágil balcón de la calle Arenales, en el séptimo piso de un departamento elegante, a la caída de la tarde, admirando las espaldas de una mujer espléndida que escuchaba, extasiada, una disertación de Ernesto Sabato sobre la decadencia de la novela francesa.

Junto a Fuentes estábamos Augusto Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y yo mismo, un adolescente casi que no osaba abrir la boca. El suele decir que también el actor Francisco Petrone se incorporó al grupo, pero a mí se me ha borrado de la memoria, quizá porque no aparece en las fotografías de ese anochecer.

En Buenos Aires acabábamos de leer Aura y ya habíamos releído La región más transparente . A todos nos parecía imposible que alguien tan joven (entonces Fuentes tenía poco más de treinta años) fuera a la vez tan maduro, tan dueño del instrumento que tañía y, a la vez, tan sabio, con un sentido del humor tan veloz.

Fue la primera vez que lo oí hablar de un proyecto de varias novelas sobre dictadores, compuestas por los jóvenes recién llegados a la literatura latinoamericana, cuyo irónico título común debía ser Los padres de la patria . Este era todavía un continente provinciano, que canonizaba el regionalismo y abjuraba -un año después de la consagración de Borges en Formentor- de los vientos nuevos que despuntaban en Pedro Páramo , de las vidas breves y atormentadas de Onetti y de los pensamientos que se caían sobre las teclas del piano de Felisberto Hernández.

Fuentes fue el primero que se propuso imponer a la narrativa latinoamericana la conciencia de que era única, universal, libre de falsas tradiciones telúricas y de fantasmas campesinos; el primero que la salvó de su secular complejo de inferioridad y la forzó a respirar el oxígeno de todas las latitudes. A él, más que a ningún otro, se debe la idea de que el lenguaje común y la naciente fe común en América latina podían convertir al continente en el laboratorio de un mundo mejor.

Para los argentinos, las implacables reflexiones sobre lo mexicano que Fuentes ponía en boca de sus personajes, como quien no quiere la cosa, vertían sobre nosotros una naturalidad y un aire fresco con el que lavábamos el almidón de nuestros próceres literarios. Recuerdo la marca de fuego que nos había dejado en la imaginación la divisa de Ixca Cienfuegos, uno de los inolvidables personajes de La región más transparente : “Sé tú mismo, con todas las condiciones de tu vida”.

* * *

Volví a encontrar a Fuentes muchas veces en los años que siguieron, tanto en su casa de Hampstead, Londres, como en la que le alquiló al novelista James Jones en la isla Saint-Louis, París; lo vi en la embajada de México ante el gobierno de Francia, donde tuvo la generosidad de cobijarme cuando yo, exiliado reciente, andaba en busca de un país al que huir de la barbarie argentina.

Luego nos vimos en nuestras propias casas vecinas de Washington, durante las semanas en que ambos coincidimos como investigadores en el Wilson Center, y hasta en algún desayuno en el hotel Carlyle de Nueva York, mientras él corregía las pruebas de la edición norteamericana de Cristóbal Nonato . Y tres o más veces por año en el ya difunto hotel Delmónico o en el sobreviviente Monkey Bar de Manhattan, así como en las asambleas anuales del Foro Iberoamérica.

Hace poco, al final de un año aciago para él y al comienzo de un año terrible para mí, decidimos cruzar juntos la línea del tiempo en el hotel Waldorf Astoria, entre los fantasmas de Victoria Ocampo y de una Nueva York en la que el zar inmobiliario Donald Trump apagaba todos los días la luz de algún mito feliz. Ya entonces contó, con su pudor de siempre, la idea general de Todas las familias . “Las novelas largas me dejan exhausto -dijo-. Esta de ahora ya va por las 400.”

La terminó con el impulso que le daba el recuerdo de sus hijos muertos, como un exorcismo contra la desgracia de sus vidas demasiado breves. Exhausto, dijo. Todo lo escribe con un solo dedo (a mano o en la computadora), y por eso el índice de la mano derecha tiene la falange superior irremediablemente torcida. Me han contado que ya estaba así después de las 800 apretadas páginas de Terra Nostra , y sin duda empeoró con las 600 de Cristóbal Nonato y con las 500 de Los amores de Laura Díaz . La última vez que nos vimos -hace cinco meses, en Boston-, la falange estaba lustrosa, barrida por la fatiga.

Uno de los placeres de su compañía son sus infatigables juegos intelectuales, que pueden aludir a una novela olvidada del premio Nobel Halldór Laxness o a versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet. Lo he oído enhebrarlos y entreverarlos al azar, hacia arriba y abajo, hasta componer la música de un poema que no es de ninguno de los tres. Lo he oído también improvisar corridos mexicanos sobre el tema que se le pusiera por delante, sin vacilar en las rimas ni en las cadencias, con un arte que resucita el de los rapsodas griegos.

Cuando se entra en Todas las familias felices , se descubre a cada paso el destello de una voz remota que Fuentes deja caer para sus lectores cómplices. Por acá está Cervantes, por allá Quevedo, a un costado Kawabata y en la última línea, de manera explícita, Joseph Conrad. La novela termina con una exclamación que evoca las últimas palabras de Kurtz en El corazón de las tinieblas . Ya no se dice, como allí, “¡el horror, el horror!”, sino “la violencia, la violencia”.

Pero por encima de esas invocaciones literarias se alza la inconfundible voz de Fuentes, con sus prodigiosos juegos verbales, la fiesta de sus adjetivos, la tensión de sus tramas. En Todas las familias felices , esa voz es tan de él que, una vez terminada la novela, se la sigue oyendo, como si la repitiera al oído de sus lectores. Se la oye por días y días, bañada por una música que no se olvida.

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